Adaya González
Salamanca, 7 jun (EFE).- Dos de cada tres personas que han sobrevivido a un cáncer sanguíneo desarrollan complicaciones físicas y psicosociales derivadas de la propia enfermedad o del tratamiento: nuevos tumores, enfermedades cardiovasculares o disfunciones endocrinas, ansiedad, depresión o miedo a recaer son solo algunas.
Gracias a los avances en el diagnóstico precoz y en los tratamientos, cada vez hay más largos supervivientes -aquellos que están libres de enfermedad a los cinco años de acabar la terapia- de cánceres como la leucemia o el linfoma; sin embargo, la lista es ya "tan larga" que, unida a los pacientes activos, el sistema sanitario "no está preparado" para dar respuesta a sus necesidades.
Así lo ha advertido Izaskun Zeberio, hematóloga del Hospital Universitario Donostia de Gipuzkoa, durante la VIII Jornada de Divulgación "HematoAvanza" de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH), que ha reunido este viernes en Salamanca a los principales expertos en este campo para abundar en asuntos como la prevención del cáncer sanguíneo, la trombosis venosa, los anticuerpos monoclonales biespecíficos o el futuro de las CAR-T, entre otros.
Que vivan libres del cáncer que se les diagnosticó no significa que lo hagan sin secuelas: a dos tercios, la enfermedad o el tratamiento les acaba generando problemas físicos.
La Enfermedad de Injerto Contra Receptor (EICR) -la complicación más común tras un trasplante de médula ósea, que desarrollan la mitad de los pacientes que se someten a esta intervención-, cánceres secundarios, enfermedad cardiovascular y alteraciones endocrinas suelen ser las más frecuentes.
También pueden aparecer infertilidad, hipogonadismo -por la que los testículos y los ovarios producen pocas o ninguna hormona sexual-, de enorme impacto en la calidad de vida, o fatiga, además de efectos psicosociales, en forma de ansiedad y depresión, miedo a recaer, daños cognitivos, dificultades para relacionarse, etc.
Su seguimiento suele iniciarse a los cinco años de haber finalizado la terapia, y han sido tradicionalmente los especialistas los encargados de hacerlo, pero "esto hay que mejorarlo porque no se está haciendo bien".
Existen tres modelos de abordaje, que se aplica a criterio del centro: la derivación total a Atención Primaria; otro compartido entre esta y la Especializada, y un último liderado por Enfermería Oncológica Especializada.
Las consultas del largo superviviente, ha enfatizado la doctora, deberían tener en cuenta siempre sus prioridades, que "no siempre son las mismas de los profesionales", y sus necesidades de salud holísticas, en función de sus preferencias personales.
No puede faltar un resumen minucioso del tratamiento que se le ha dado, del seguimiento que hay que hacerle y de la detección de esos posibles efectos secundarios. "Cuando el paciente se va a Primaria se tienen que ir con un informe en condiciones, y eso es responsabilidad nuestra", ha apelado.
El plan de cuidados debería centrarse en tres componentes esenciales: la prevención de la recurrencia, que no es habitual, o la aparición de nuevas neoplasias -más frecuentes porque los tejidos quedan vulnerables tras los tratamientos- u otras secuelas, así como la intervención sobre las mismas. Y, como no, en la coordinación entre Atención Primaria y Especializada.
Algunos cánceres hematológicos son curables, como la leucemia aguda promielocítica, con supervivencias de más de 10 años en el 80 % de los casos, similar a la de otros como el linfoma de Hopkins o el linfoma B difuso de células grandes, ha recordado Mariví Mateos, presidenta de la SEHH.
Uno de los retos está así en hacer que los demás también lo sean, y ahí es donde entran las estrategias de prevención que, en el caso de los cánceres sanguíneos, "en principio no hay".
Para los hematológicos se aplican entonces los mismos criterios que para los tumores sólidos -alimentación sana, ejercicio físico y tabaco cero-, y otros más específicos, como proteger la médula ósea de la exposición a radiactivos y a virus como la hepatitis o el VIH porque pueden favorecer el potencial desarrollo de determinados tipos de linfoma.
¿Tendría sentido realizar cribados en algunos de ellos? Actualmente, teniendo en cuenta retos como el coste -aunque no sería muy elevado-, el impacto psicológico y probablemente la realización de pruebas adicionales que podrían ser innecesarias, no.
"Pero no... todavía", ha resaltado Mateos, porque algunos como el mieloma múltiple van precedidos de situaciones premalignas sobre las que sí se podría actuar de manera temprana para hacer una detección e incluso un tratamiento precoz y plantear un seguimiento.
"Si al final hay un beneficio claro en supervivencia global, probablemente la conclusión final cambie y se empiecen a instaurar programas de prevención", ha vaticinado. EFE
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