Jose Oliva
Barcelona, 22 oct (EFE).- El historiador Juan Eslava Galán acaba de publicar una nueva entrega de su serie "Contada para escépticos" en la que bucea en la Revolución Francesa, un acontecimiento que "determina la historia de Occidente" y en cuyos inicios, destaca, "las mujeres tuvieron un especial protagonismo".
Aunque de la revuelta de 1789 está todo explicado, Eslava Galán desliza en "La Revolución francesa contada para escépticos" (Planeta) apuntes menos conocidos, como "el protagonismo de las mujeres en el inicio, algo que se repitió en la Revolución Rusa" o que "el origen indirecto de la revuelta fue la erupción del volcán Laky en Islandia, que cubrió durante años el cielo de cenizas y malogró varias cosechas".
Sobre el papel de la mujer, Eslava argumenta que "en aquella época no tenía ningún peso, no determinaba nada y por eso poco después surgió una Declaración de los Derechos de la Ciudadana, como diciendo que también tenían derecho a la libertad y, de hecho, la mujer todavía está hoy en Occidente escalando puestos que hasta ahora se le negaban".
El Antiguo Régimen había permitido que los privilegiados no pagaran impuestos y abusaran del pueblo y con la Revolución Francesa, recuerda, se proclama la Declaración de Derechos Humanos que sitúa a todos iguales ante la ley; y "todas las democracias occidentales y todas las virtudes que podemos encontrar en la civilización occidental derivan de 1789".
Reconoce Eslava que en los diez años que dura la Revolución hubo también "abusos, muchos episodios sangrientos, pero la conclusión fue positiva con la Declaración de Derechos Humanos y la libertad de los pueblos, a la que se llegó, como en un parto, a través del dolor y de la sangre".
La evolución de los revolucionarios, el terror, la guillotina, Robespierre se explican, según Eslava, por "el contexto de amenaza de las monarquías que rodeaban Francia y que obviamente estaban interesadas en yugular la revolución para que no se extendiera a sus respectivos pueblos, y por eso reaccionaron contra la gente antirrevolucionaria y la nobleza francesas".
Aunque en otros territorios hubo conatos revolucionarios, como el Motín de Esquilache en España, en Francia cuaja por la iniciativa de las mujeres, que protagonizan una marcha sobre Versalles, porque "sus hijos en los barrios de París se está muriendo de hambre y hay una terrible diferencia entre la aristocracia que vive en la abundancia, en el abuso y en el derroche, y un pueblo que, especialmente en París, se está muriendo de hambre.
El autor ilustra esa abundancia insultante con datos irrefutables: "la reina contaba con 496 sirvientes; las tías del rey, con 210; su cuñada, con 239; el rey tenía funcionarios para traer el mazo y las bolas del juego de mallo, para tenderle la capa y el bastón, para cuidar los galgos de su recámara, para plegarle, ponerle y anudarle la corbata. Poseía 1.857 caballos, 217 carruajes y 1.458 servidores encargados del cuidado y mantenimiento de los animales y los coches".
Pero eso no era exclusivo de la realeza, sino que se extendía a la aristocracia, que "vivía en palacio, tenían reales de perros, se dedicaban a la caza, hacían fiestas continuas".
"Napoleón es, sin duda, un hijo de la revolución y de la Ilustración", comenta Eslava, quien subraya que "en realidad la revolución al final no fue tan beneficiosa para el pueblo y sí para las clases medias, para la burguesía, que fue la auténtica vencedora, fueron sus autores intelectuales pero no los que pusieron la sangre".
A pesar de que todo se inicia en París con la toma de la Bastilla, la revolución tuvo incidencia en las provincias, en unas más que en otras; por ejemplo, en la Bretaña, en Normandía y en la Vendée, "muy tradicionalistas, muy monárquicas y muy católicas", hubo una contrarrevolución que desencadenó de algún modo en una guerra civil, que los revolucionarios al final consiguieron apagar.
Sólo en La Vendée se habla de más de 220.000 muertos, una matanza considerada por algunos historiadores como el primer genocidio sistemático de la historia, con "una voluntad de exterminar al que no estaba de acuerdo con las ideas revolucionarias".
La Revolución Francesa en cierto modo se exportó al resto de Europa: "En España los afrancesados, los ilustrados españoles estaban muy de acuerdo con sus ideas y la Constitución de 1812 es hija de esa revolución", sin olvidar la contradicción de "ser hijos intelectuales de la Francia de 1789 y al mismo tiempo del deber de actuar contra Francia porque Napoleón había invadido España".
El rey José Bonaparte es, según Eslava Galán, un buen ejemplo de esa contradicción pues "era un rey cargado de buenas intenciones y cuyas decisiones fueron muy positivas para el pueblo español, pero al ser un rey impuesto por Napoleón no se podía consentir".
Puede sorprender que el rey no fuera destronado hasta tres años después, en 1792, pero, como advierte el autor, "en un principio los revolucionarios se siguen llamando monárquicos y lo único que quieren es acabar con los privilegios, y aceptan a Luis XVI, porque les parece lo natural, siempre que firme los decretos revolucionarios, los Derechos del Hombre".
Pero cuando en 1791 el rey y su familia se fugan intentando refugiarse en el extranjero para encabezar los ejércitos que se reúnen en toda Europa, aunque finalmente son capturados en Varennes y devueltos a París, "entonces lo acaban viendo como enemigo de la revolución".
Junto a los nobles, las clases más altas de la Iglesia fueron los principales perjudicados de la Revolución Francesa, no en cambio los curas más humildes, a los que "el Estado francés los convirtió en funcionarios franceses no dependientes del Vaticano y les asignó un sueldo siempre que estuvieran de acuerdo con las ideas revolucionarias". EFE
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