Era su última noche, salió de fiesta y al día siguiente se quedó ciega: “Pensé que tenía la peor resaca de mi vida”

Las intoxicaciones por metanol son frecuentes en lugares donde no está regulado el mercado de alcohol

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Un brindis en mitad de una fiesta.
Un brindis en mitad de una fiesta.

Era agosto de 2011. Ashley King tenía 18 años, estaba de año sabático y llevaba semanas viajando por Indonesia rumbo a Nueva Zelanda. La última noche en Bali salió con otros mochileros a un club en Kuta, una zona turística conocida por su vida nocturna. El local, recomendado en la guía de viajes, tenía apariencia de discoteca elegante. Nada parecía fuera de lugar.

Los camareros preparaban los cócteles a la vista y los servían en botellas de plástico reutilizables para evitar cristales en la pista de baile. King bebió, bailó y se sintió “borracha, pero no de forma memorable”. Al día siguiente tomó un vuelo hacia Christchurch (Nueva Zelanda). Jamás volvería a ver.

En el aeropuerto de Auckland comenzaron las primeras señales de alarma. King se sentía desorientada, le costaba hablar con claridad y atribuía su estado al cansancio, los nervios y los problemas del viaje. “Recuerdo hablar con los agentes de aduanas y era como si estuviera borracha. No podía articular frases con seguridad”, contó en People.

Ya en su hostal, durmió mal, con pesadillas en las que no podía respirar. Al despertar, pensó que la lámpara de su habitación se había apagado. Intentó encender su iPod, pero la pantalla no respondía. Creyó que no tenía batería. Y que el pasillo estaba mal iluminado.

Cuando salió de la habitación, ya no distinguía colores. En el hospital, fue incapaz de contar los dedos que le mostraban los médicos. “Esa fue la primera vez que pensé: ‘¿Me estoy muriendo?’”, confesó King.

Vista borrosa de una calle de bares. (Freepik)
Vista borrosa de una calle. (Freepik)

Emborracharse para sobrevivir

Los análisis revelaron la causa: intoxicación por metanol, un alcohol tóxico que puede aparecer en bebidas adulteradas. El metanol no tiene olor ni sabor y, al metabolizarse, genera compuestos altamente dañinos como el formaldehído y el ácido fórmico, que atacan el sistema nervioso. “Tu sangre básicamente te embalsama de adentro hacia afuera”, explicó King.

El tratamiento fue tan extraño como urgente. Para frenar los efectos del metanol, los médicos le administraron etanol: vodka con zumo de naranja. “Fue el juego de beber más absurdo que he jugado en mi vida”, recordó. “Cuanto más borracha estaba, mejor podía respirar, mejor podía ver”.

También fue sometida a hemodiálisis. Los médicos avisaron a su familia ante la posibilidad de un desenlace fatal. Días después, tras una leve mejoría temporal, los médicos confirmaron que sus nervios ópticos estaban muriendo. La ceguera sería permanente. Pero, afortunadamente, King sobrevivió.

Facundo Bogarín lo explica e invita a hacer un ejercicio para entenderlo

“No puedes prepararte para algo que no sabes que existe”

Antes de viajar, King había consultado recomendaciones oficiales. Encontró advertencias sobre terrorismo y robos, pero ninguna mención al metanol. “Nunca se me ocurrió que algo así pudiera ocurrir en un bar”, dijo. “Pensaba que me atacaría un tiburón antes que quedarme ciega”.

De regreso a Canadá, King tuvo que reconstruir su vida desde cero. Conserva apenas un 2% de visión, sin capacidad para percibir detalles o profundidad. “Parece la estática de una televisión… todo en tono sepia”, describe.

Al principio, rechazaba ayuda y trataba de mantener su vida anterior. Llegó a ser atropellada al cruzar la calle. “No quería ser una carga”, confesó. Sin embargo, con el tiempo, logró adaptarse. Estudió periodismo, viajó sola por Sudamérica y retomó su vocación artística. Además, escribió y protagonizó una obra basada en su experiencia, posteriormente convertida en el pódcast Static: A Party Girl’s Memoir. “Las cosas que de verdad me importan, he encontrado la manera de hacerlas realidad”, sentenció.

King ha hecho de su historia una herramienta de concienciación. “Si mi historia salva a una sola persona, habrá valido la pena compartir el mayor trauma de mi vida”, concluyó.