
La última rotación de militares ucranianos formados en Sevilla en el manejo del sistema de misiles Hawk encara su fase final esta semana, cerrando así un nuevo ciclo de instrucción dentro de la misión de asistencia militar de la Unión Europea. No es un curso más. Es, en realidad, la expresión tangible de cómo un sistema concebido en otra guerra, en otro siglo, se ha convertido en pieza útil y en ocasiones imprescindible en uno de los conflictos más exigentes del presente.
Porque si algo ha dejado claro la guerra en Ucrania es que la tecnología más reciente no ha desplazado por completo a los sistemas veteranos. Al contrario, en determinados escenarios los ha reivindicado. La artillería, y muy especialmente la defensa antiaérea, se ha consolidado como columna vertebral de la resistencia frente a ataques sostenidos. Y ahí, casi en silencio, sin protagonismo mediático, el Hawk ha encontrado una segunda vida.
El “anciano” que resiste en primera línea
En el Ejército de Tierra español lo llaman el “anciano”. No es una etiqueta casual. El Hawk es un sistema que hunde sus raíces en la Guerra de Vietnam, diseñado en un contexto tecnológico radicalmente distinto al actual. Sin embargo, su presencia en Ucrania está lejos de ser anecdótica.
Su eficacia reside, en buena medida, en la combinación de robustez, mantenimiento y adaptación. Frente a la sofisticación de otros sistemas más modernos, el Hawk ofrece una fiabilidad que en el campo de batalla adquiere un valor incalculable. En un entorno donde los recursos se desgastan a gran velocidad, disponer de un sistema capaz de seguir operando con garantías marca la diferencia.
La historia reciente de estos misiles tiene, además, un claro acento español. Cuando Kiev lanzó sus primeras peticiones urgentes para reforzar su escudo antiaéreo, en distintos foros internacionales comenzó a hablarse de los Hawk españoles como si fueran piezas de museo, almacenadas sin uso real. La respuesta que encontraron los aliados fue bien distinta.
España no solo conservaba estos sistemas, sino que los mantenía plenamente operativos y sometidos a procesos de actualización continuos. El general de Brigada César Arienza, al frente del Mando de Artillería Antiaérea, lo resumía a Infodefensa con precisión: el estado de revista de los Hawk españoles era difícilmente mejorable pese a los años acumulados.
Ese resultado no es fruto de la casualidad. Mantener operativo un sistema de estas características implica enfrentarse a un problema estructural: la escasez de repuestos. El fabricante original ya no garantiza un suministro fluido, lo que obliga a un ejercicio constante de ingeniería logística. En ese terreno, los equipos de mantenimiento españoles han desarrollado una capacidad casi artesanal para prolongar la vida útil del sistema.

A ello se suma una modernización progresiva que ha permitido integrar mejoras tecnológicas. Los operadores actuales no trabajan exactamente con el mismo sistema que hace décadas. La automatización de procesos y la incorporación de ayudas a la detección —incluyendo sistemas que combinan señal acústica e iluminación en casco— han elevado su rendimiento en escenarios complejos.
De Sevilla al frente
La activación de estos sistemas para su envío a Ucrania fue, según Arienza, tan rápida como reveladora. En apenas 48 horas, una batería completa fue revisada, preparada y entregada. El paquete incluía una batería analógica y seis lanzadores digitales, una combinación que refleja tanto la herencia del sistema como su evolución.
Pero el impacto de esta decisión fue más allá del material enviado. España no solo aportó capacidad operativa inmediata, sino que abrió una vía que otros aliados no habían explorado con la misma determinación. La constatación de que los Hawk podían seguir siendo útiles en combate provocó un efecto en cadena dentro de la OTAN.
Países que mantenían estos sistemas en reserva, o directamente almacenados, comenzaron a reconsiderar su valor. Lo que hasta entonces eran reliquias pasó a interpretarse como un recurso disponible. La ministra de Defensa, Margarita Robles, apuntó recientemente a ese efecto multiplicador: la iniciativa española contribuyó a reactivar capacidades que parecían amortizadas.
Sin embargo, el envío de sistemas es solo una parte del esfuerzo. El desgaste en el frente ucraniano es constante y obliga a un mantenimiento intensivo. De poco sirve el material si no hay personal preparado para operarlo y sostenerlo en condiciones de combate.
Ahí es donde cobra sentido la formación que ahora concluye en Sevilla. Más de 1.000 militares ucranianos han pasado por España en el marco de la Operación EUMAM, recibiendo instrucción tanto en operación como en mantenimiento de sistemas antiaéreos. No solo Hawk, sino también Patriot y Nasams forman parte de ese programa.
Los cursos, de carácter intensivo, condensan en pocas semanas conocimientos que en condiciones normales requieren largos periodos de formación. La urgencia del conflicto obliga a acelerar los tiempos sin margen para errores.
Entre la utilidad presente y el relevo inevitable
Mientras los Hawk continúan desplegados en Ucrania, en España siguen formando parte de la defensa nacional. El Regimiento de Artillería Antiaérea número 74, con base en Sevilla, mantiene en servicio aproximadamente una batería y media, una cifra modesta pero significativa.
El esfuerzo por alargar su vida útil continúa. Una de esas baterías se encuentra actualmente en Grecia sometida a un proceso de overhaul, una revisión profunda que permitirá exprimir sus últimos años de servicio. Es, en cierto modo, una prórroga técnica para un sistema que ha superado con creces su horizonte inicial.
Pero el relevo está en marcha. El Ministerio de Defensa trabaja en el programa SAM AM/AP, destinado a sustituir progresivamente al Hawk por sistemas más modernos. Entre las opciones que se barajan figuran el IRIS-T SLM alemán, el CAMM-ER o el Nasams ER. El objetivo es alcanzar una capacidad operativa inicial en torno a 2028.
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