Por qué las muertes por suicidio de hombres triplican las de mujeres: “Los mandatos rígidos de la masculinidad aumentan el riesgo cuando se viven de forma extrema”

El coordinador del Plan de Prevención del Suicidio en Andalucía, Miguel Guerrero Díaz, expone los factores de riesgo que afectan a los varones, pero que no derivan en la creación de planes preventivos con perspectiva de género

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Aficionados que siguen en pantallas gigantes en un sport bar un partido. 
(Eduardo Briones / Europa Press)
Aficionados que siguen en pantallas gigantes en un sport bar un partido. (Eduardo Briones/Europa Press)

En España, las muertes por suicidio de hombres triplican las de mujeres. Según los últimos datos disponibles del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 murieron 3.953 personas por esta causa. Los hombres (2.902) representan el 73,4% del total, con una tasa de 12,1 por 100.000 frente al 4,2 en mujeres (1.051). Esta proporción se mantiene en el tiempo desde que hay registros en los años 80, aunque entonces no eran tan rigurosos y muchos casos quedaban sin catalogar. Aun así, el gráfico que registra casi 50 años deja claro que ser hombre es un factor de riesgo.

Bajo esta premisa, Miguel Guerrero Díaz, psicólogo clínico especializado en conductas suicidas y coordinador autonómico del Plan de Prevención del Suicidio en Andalucía, denuncia que aún no existen estrategias preventivas con perspectiva de género. La pasada semana, durante su exposición en el V Encuentro Papageno sobre prevención y posvención del suicidio, al que asistieron decenas de expertos, Guerrero expuso que, a pesar de las cifras, resulta “polémico” pedir planes específicos de prevención, al tiempo que defendía que “abrazar el feminismo es prevenir el suicidio”.

-Pregunta: ¿Por qué resulta polémico pedir la creación de planes de prevención del suicidio específicos para hombres?

-Respuesta: Resulta polémico porque confronta varios niveles de incomodidad simultánea: cultural, política y también profesional. Por un lado, cuestiona una idea muy instalada en salud pública, que es la neutralidad de las intervenciones. Sin embargo, cuando el riesgo no es neutro y los datos son contundentes en cuanto a la sobrerrepresentación masculina en la mortalidad por suicidio, mantener estrategias generalistas no es una posición técnica, sino ideológica.

Además, incomoda porque tensiona el marco narrativo dominante sobre vulnerabilidad. Hablar de hombres y suicidio obliga a sostener una idea compleja, que un grupo que históricamente ha tenido posiciones de poder también puede ser profundamente vulnerable en determinados ejes, y que esa vulnerabilidad está mediada por los mismos mandatos culturales que socialmente reforzamos. Esto genera resistencias, porque se percibe erróneamente como una competición de sufrimientos o como una amenaza a otros avances en equidad, cuando en realidad se trata de afinar la mirada y hacerla más precisa. También hay una resistencia clínica y profesional. Durante años hemos repetido que “los hombres no piden ayuda”, cuando los datos muestran que sí contactan con el sistema, pero no son identificados como de alto riesgo.

Por último, hay un componente ético que es probablemente el más incómodo. Si aceptamos que la prevención del suicidio consiste en reducir muertes evitables, la pregunta ya no es técnica, sino moral: ¿es aceptable que el grupo con mayor mortalidad no tenga estrategias específicas? La polémica aparece precisamente ahí, porque deja de ser una cuestión opinable y se convierte en una interpelación directa a nuestra responsabilidad como sistema sanitario y como sociedad.

Fallecidos por suicidio en España en 2024, según el INE.
Fallecidos por suicidio en España en 2024, según el INE.

-P: Durante la exposición, explicabas que “abrazar el feminismo es prevenir el suicidio”, ¿por que?

-R: Me refiero a algo clínico y estructural, ya que, en mi opinión, el feminismo cuestiona los mandatos rígidos de la masculinidad que sabemos que aumentan el riesgo suicida cuando se viven de forma extrema. Reducir ese peso no es ideología, es intervenir sobre un factor real de vulnerabilidad. En la práctica, permite legitimar la vulnerabilidad masculina. Muchos hombres sí sufren, pero no tienen un marco para reconocerlo sin vivirse como fracasados. Si expresar malestar deja de ser “debilidad”, aumenta la posibilidad de pedir ayuda, se reduce la desesperanza y mejora la conexión con otros, que son factores claramente protectores.

Además, amplía las formas de identidad masculina. Cuando el valor de un hombre no depende solo del éxito, el control o el rol de proveedor, las crisis laborales, afectivas o vitales dejan de vivirse como un colapso total del yo. Y en suicidio, tener alternativas identitarias y emocionales es decisivo.

-P: ¿Qué hace que los hombres sean más vulnerables al suicidio?

-R: La mayor vulnerabilidad de los hombres al suicidio no puede explicarse por un único factor, sino por la convergencia de elementos culturales, clínicos y sociales que interactúan entre sí. En primer lugar, los mandatos tradicionales de la masculinidad de autosuficiencia, control emocional, éxito y fortaleza actúan como un modulador del riesgo. Cuando estos se internalizan de forma rígida, dificultan reconocer el malestar, pedir ayuda o dejarse cuidar. El sufrimiento no desaparece, pero cambia de forma: se vuelve más silencioso, más conductual y menos detectable para los sistemas de evaluación clínica.

En segundo lugar, existen diferencias en la forma en que se desarrolla la crisis suicida. En muchos hombres, el proceso es más breve, menos verbalizado y con menor trayectoria previa de intentos. A menudo, el primer intento es letal. Esto se combina con una mayor accesibilidad, conocimiento y uso de métodos de alta letalidad, lo que incrementa significativamente la probabilidad de muerte. También hay factores contextuales clave. El peso del rol de proveedor, la vinculación de la identidad al rendimiento y la mayor exposición a eventos como desempleo, problemas económicos, rupturas o aislamiento social tienen un impacto especialmente relevante. Estas experiencias no solo generan estrés, sino que pueden vivirse como fracaso personal o pérdida de valor, intensificando la desesperanza y el sentimiento de carga. Desde el punto de vista del sistema sanitario, sabemos que muchos hombres sí contactan con servicios de salud antes del suicidio, pero no son identificados como de alto riesgo. Esto señala una limitación importante: no estamos interpretando adecuadamente sus formas de expresar el malestar, que a menudo se presentan como irritabilidad, consumo de sustancias, somatización o conductas de riesgo, más que como tristeza explícita.

-P: ¿Cuáles son las conductas o actitudes inherentes a las masculinidades hegemónicas que hacen que los hombres tengan dificultades para pedir ayuda?

-R: Las masculinidades hegemónicas promueven la autosuficiencia extrema —“yo puedo solo”—, el rechazo a la vulnerabilidad y la supresión emocional, donde expresar malestar se vive como debilidad. A esto se suma una identidad muy ligada al éxito, el control y el rol de proveedor, de modo que pedir ayuda se interpreta como fracaso personal. Además, existe una tendencia a afrontar el malestar de forma conductual —irritabilidad, consumo, aislamiento— en lugar de verbalizarlo, y una desconfianza hacia el cuidado o la dependencia. Todo ello actúa como una barrera directa. No es que no haya sufrimiento, es que pedir ayuda contradice el modelo de hombre que se espera ser.

-P: ¿Qué formas de sufrimiento masculino se quedan fuera del radar?

-R: Se quedan fuera del radar, sobre todo, las formas de sufrimiento que no encajan en el lenguaje emocional clásico. Son expresiones conductuales que a menudo se leen como “problemas de conducta” o rasgos de personalidad, y no como indicadores de dolor psicológico. También quedan invisibles los procesos de vergüenza, humillación o sensación de fracaso ligados a no cumplir con los mandatos de éxito, control o provisión. Estos estados son clínicamente muy relevantes, pero rara vez se exploran de forma directa en entrevistas o escalas de riesgo, y pueden generar un intenso sentimiento de carga y pérdida de valor personal. Otra dimensión poco detectada es el sufrimiento silencioso en crisis breves e intensas, donde no hay una trayectoria larga de ideación ni señales claras previas. Desde fuera “todo parece estar bien”, pero internamente hay un vacío que no estamos sabiendo detectar.

Varios centenares de familiares de menores escolarizados en el colegio Irlandesas Loreto de Sevilla se han concentrado este viernes en una plaza cercana a la vivienda de la joven de 14 años que este miércoles se precipitó desde un balcón en la calle Rafael Laffón, en la que han rendido homenaje a la menor, y han denunciado presuntos casos de acoso escolar en el centro. El tío de la menor, presente en la concentración, ha anunciado que tomarán las medidas legales necesarias. (Europa Press)

-P: ¿Qué es la paradoja cultural a la que haces referencia?

-R: La paradoja cultural a la que me refiero es que socializamos a los hombres para no mostrar vulnerabilidad y, al mismo tiempo, les pedimos que pidan ayuda cuando están en crisis. Es decir, exigimos una conducta que contradice directamente el modelo de masculinidad que hemos reforzado durante años.

Desde pequeños, muchos hombres aprenden que sentir es debilidad, que depender es fallar y que el valor personal está en sostener, controlar y rendir. Pero cuando ese modelo colapsa —por una pérdida, un fracaso o una crisis vital— el sistema les pide justo lo contrario: que hablen, que se abran, que confíen. El problema no es individual, es estructural, ya que en mi opinión, no se puede pedir vulnerabilidad en una cultura que penaliza la vulnerabilidad masculina.

-P: ¿Cuáles serían las principales líneas que deberían seguir los planes de prevención específicos para hombres?

-R: Los planes de prevención del suicidio dirigidos a hombres deberían partir de una idea básica: el riesgo no es neutro, y por tanto la respuesta tampoco puede serlo. Desde ahí, la primera línea es incorporar de forma explícita el género masculino en la evaluación del riesgo, incluyendo variables que hoy están infrarrepresentadas: autosuficiencia rígida, supresión emocional, vivencias de fracaso ligadas al rol de proveedor, vergüenza o humillación. En segundo lugar, es clave adaptar el sistema sanitario. Muchos hombres sí contactan con Atención Primaria, Urgencias o dispositivos sociales antes del suicidio, pero no son identificados. Necesitamos formación específica para profesionales en “expresión diferencial del sufrimiento masculino”, mejorar la continuidad asistencial y reducir el abandono, generando espacios donde el hombre no sienta que pedir ayuda le coloca en una posición de debilidad o juicio.

Otra línea fundamental es el desarrollo de recursos específicos y accesibles para hombres, especialmente en grupos de mayor riesgo como varones de mediana edad. Intervenciones grupales, programas en entornos laborales o comunitarios y dispositivos centrados en regulación emocional, gestión de crisis y rupturas vitales, donde el acceso no dependa exclusivamente de la demanda explícita.