
En septiembre de 2025, el Ministerio de Educación ponía en marcha una de sus medidas más aplaudidas: bajar el ratio por alumno a 22 en Primaria y a 25 en Secundaria, frente a los 25 y 30 que se podían anteriormente. Todo gracias a un anteproyecto de ley que todavía tiene que obtener una segunda aprobación en el Consejo de Ministros antes de aprobarse definitivamente en el Parlamento.
Sin embargo, según el informe Clases más pequeñas, impactos limitados para inversiones elevadas, liderado por José Montalbán Castilla, profesor asistente de Economía en el Instituto Sueco de Investigación Social (SOFI) de Estocolmo y publicado en EsadeEcPol, muestra que los resultados no son los esperados por el departamento que presidía Pilar Alegría hasta 2025 y que hoy dirige Milagros Tolón Jaime.
“Reducir el tamaño de la clase puede parecer beneficioso, pero el coste asociado a esta medida es elevado y podría no justificarse”, explica Montalbán. Aun así, la reducción de cinco alumnos por clase aumenta el bienestar de los profesores en torno al 5%, lo que equivale a un incremento de 1.800 euros anuales y hasta 2.100 euros en comunidades donde los salarios son más altos.
Laura Gómez se queja de los alumnos en clase (@laurimathteacher)
Los adultos ganan, pero los alumnos no
En contraste, aunque docentes y familias puedan percibir las mejoras, los efectos sobre el aprendizaje son prácticamente nulos. La reducción de cinco alumnos por clase apenas disminuye la disrupción en un 4%, aumenta levemente la revisión de deberes y el trabajo en grupos pequeños, pero no mejora el rendimiento académico, la repetición ni el bienestar subjetivo del alumnado. “Las mejoras en el bienestar de los adultos no se traducen en beneficios significativos para el alumnado”, advierte Montalbán.
Las familias, por su parte, se sienten más relajadas, ayudan menos en los deberes en casa y contratan menos clases particulares. Según el estudio, en aulas más pequeñas, los estudiantes dedican 8,4 minutos menos por semana a los deberes, y la asistencia a clases particulares disminuye en 1 punto porcentual sobre una base del 14,5%. Así, la satisfacción de los padres con la escuela aumenta en un 2,5%.
Además, implementar esta medida no ha sido barato. Entre el 70% y el 80% del presupuesto educativo se destina a los salarios, y abrir nuevas aulas o contratar más profesores supera ampliamente el valor que los docentes perciben como beneficio. Es decir, “podría ser más eficiente destinar esos recursos a otros márgenes de la política retributiva”, como invertir directamente en salarios o incentivos docentes en lugar de generar bienestar indirecto mediante aulas más pequeñas.
En este sentido, el informe subraya que existen “estrategias más eficaces y menos costosas”, como tutorías individualizadas, programas de mentores o intervenciones tempranas, para lograr un mayor rendimiento educativo por euro invertido.

La reducción de alumnos no es “la solución definitiva”
En definitiva, reducir el ratio de alumnos ha generado un “aumento salarial virtual”, sin llegar al bolsillo y siendo el impacto sobre los estudiantes insignificante. Así, Montalbán concluye que “la reducción del tamaño de la clase no puede considerarse como la solución definitiva de la política educativa”. Aunque “mejora ligeramente el día a día” y el bienestar de los adultos, no se avistan grandes cambios en el alumnado, que “es el beneficiario último”, a un coste muy elevado.
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