
La familia de Cameron y Janeen Schiff ha vivido durante 16 años en una caravana en lo alto de una montaña en el condado de San Luis Obispo. Pero no lo hicieron para que fuese algo decisivo, sino que tenían una muy buena razón: recolectar materiales reciclados y desechados para levantar con sus propias manos la casa de sus sueños. Casi dos décadas después han conseguido fabricar una vivienda única, formada por estructuras independientes pero conectadas que les permite mantener una vida autosuficiente.
Todo se empezó a elucubrar cuando los Schiff adquirieron un terreno agreste cerca de Rusty Peak hace 27 años, sin más infraestructura que un camino de acceso. Con 150.000 dólares menos y dos hijos pequeños, se instalaron en una casa rodante de apenas 7,3 metros: “Nuestra hija realmente nos odiaba en ese momento”, relató Janeen Schiff para Tribune en octubre de 2024.
No obstante, esa experiencia la han podido aprovechar para llevar a cabo la preparación del terreno con hormigón y muros de materiales rescatados. Además, invirtieron más de 50.000 dólares solo en traer electricidad y agua a la cima del monte. “La privacidad es fundamental; es agradable poder entrar al taller y hacer mucho ruido porque trabajo con metal y madera, y como no tengo vecinos, puedo hacer lo que quiera”, expresaba Cameron.

“Por primera vez en 10 años, tuve una estufa sin ratones ni excrementos”
El terreno —que se compone de diferentes edificaciones— tiene una vivienda principal de 120 metros cuadrados, levantada con vigas de acero de una antigua fábrica de Lockheed Martin. Asimismo, el aislamiento de las paredes se logró a través del uso de tablas de surf desechadas de Patagonia, mientras que la encimera de la cocina está formada por docenas de piezas de mármol recuperadas. Hasta las escaleras y senderos de la vivienda se reutilizaron: usaron hormigón roto reelaborado. Para muchos, estas alternativas pueden no ser atractivas; sin embargo, Cameron tiene claro que probablemente no habría conseguido construir la casa sin esta original idea.
Una vez que la estructura ya estaba asegurada y las zonas comunes en marcha, fue el turno de las habitaciones. Primero, se pusieron manos a la obra con una pequeña estancia para los niños. Más tarde, una oficina para Janeen, quien trabajaba desde casa en ventas. Finalmente, se construyó la habitación principal, con techos de tres metros y una cocina-sala de estar abierta. “Ese año celebramos la cena de Acción de Gracias para 32 personas en esta sala”, recordó Janeen Schiff. Además, la madre de la familia afirmó que “por primera vez en 10 años, tuve una estufa sin ratones ni excrementos”.
A lo largo de los años, la familia perforó dos pozos para aprovisionarse de agua, aunque ambos terminaron por secarse. Ante esa situación, Cameron diseñó un sistema para captar y almacenar agua de lluvia que hoy abastece el 100% de las necesidades de la propiedad. Así, el agua de lluvia, captada a través de techos inclinados y canaletas, pasa por un sistema de filtración y se almacena en un depósito de 94.635 litros en la propiedad; una cantidad más que suficiente para cubrir sus necesidades durante más de un año. El agua se bombea montaña arriba a tanques de almacenamiento y se utiliza para duchas, bañera exterior y riego del huerto frutal.
No obstante, para ir al baño tienen que salir a un pequeño cobertizo independiente, equipado con un inodoro de compostaje de doble barril. “Es completamente inusual en invierno, con vientos de 160 km/h y lluvia horizontal, y tienes que correr por la zona de acceso para ir al baño con la linterna frontal o la linterna encendida. Nadie lo hace, pero nosotros sí”, admitía Janeen para Tribune. Igualmente, los residuos se depositan en dos tanques, con una capacidad máxima de dos años de almacenaje. Transcurrido ese tiempo, con presión y compostaje, transforman los desechos en tierra utilizable. De hecho, “nuestro hijo hizo un experimento en octavo”, explicaba Cam. Y es que su uso “hace crecer el césped ocho veces más rápido que la mejor composta que se puede comprar”.
“Este era nuestro sueño, pero no tiene por qué ser el suyo”
La propiedad, de 16 hectáreas, se encuentra aislada entre las rutas 41 y 46, rodeada de naturaleza y con vistas al océano Pacífico y los valles costeros. En días con niebla, la casa parece flotar sobre un mar blanco. “Nos divertimos cuando no estamos trabajando; hay muchos lugares para sentarse a leer, y estar en contacto con la naturaleza es una experiencia muy agradable”, compartían los Schiff.
Pero, a mayores, la creatividad de la familia no se quedó tan solo en utilizar estos materiales reciclados. Cameron construyó un jacuzzi solar con un recipiente industrial y reconvirtió tanques de lluvia en pista de patinaje. Además, la mayoría de las habitaciones, que normalmente estarían bajo un mismo techo, se distribuyen por toda la finca, permitiendo una mayor privacidad. Sin embargo, después de dos décadas en la cima de la montaña y más de 40 años de matrimonio, los Schiff decidieron preparar su mudanza y alquilar la propiedad a una pareja más joven.
Aunque seguirán visitando la casa una vez al mes para tareas de mantenimiento, reconocen que dejar atrás el proyecto de su vida no es sencillo. “Este era nuestro sueño, pero no tiene por qué ser el suyo”, reflexionaba Janeen Schiff. Aun así, tras dedicar 15 años a levantar su casa en la cima de la montaña, trasladarse a una vivienda de tres baños en Oceanside y equipado con todas las comodidades modernas, resultó una tarea sencilla. “Literalmente nos mudamos en un día porque todo estaba limpio, hecho, pintado y perfecto”, concluyó Janeen.
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