
Gisèle Pelicot estaba segura de que iba a morir. Durante 10 años, su cuerpo le mandaba señales inexplicables: se sentía débil, el cuerpo le dolía, perdía la memoria, se despertaba con el pijama mojado... Creía firmemente que, al igual que su madre, un tumor cerebral que los médicos no eran capaces de localizar acabaría con su vida. La causa de su sufrimiento resultó ser otra.
Una mañana de noviembre del año 2020, el inspector Perret le pidió que acudiese a la comisaría de Mazan, donde descubriría que su marido, el amor de su vida, la había drogado hasta perder la conciencia y dejado que decenas de hombres la violasen. Las pruebas eran innegables: miles de fotos y vídeos almacenados cuidadosamente por Dominique Pelicot le revelaban lo que no podía recordar.
Han pasado más de cinco años desde aquel momento. Dominique Pelicot y sus 50 compinches están entre rejas, enfrentando condenas de hasta 20 años por las agresiones perpetradas contra Gisèle. La septuagenaria, ya convertida en un icono mundial, revela en Un himno a la vida (Lumen, 2026) toda su historia, desde la llamada del inspector Perret hasta la condena de los 51 hombres que abusaron de su cuerpo inerte. “Quiero dejar constancia de lo que me sucedió”, asegura.
Los años de Mazan
Gisèle remonta el inicio de la sumisión química al año 2011: unas manchas en un pantalón que no recordaba haber ensuciado; una cerveza que, de repente, se volvió verde; un aperitivo que Dominique Pelicot tiró rápidamente a la basura cuando esta le dijo que tenía un sabor extraño... Pero las señales se le pasaron por alto frente al “hombre bueno y amable” que se presentaba ante ella.
Poco a poco, sus amigos y sus hijos se daban cuenta de sus pérdidas de memoria. “¿No recuerdas que hablamos?”, le preguntaban constantemente. Según pasaban los años, su marido se volvía más cerrado, se enfadaba más e incluso soltaba comentarios que a ella le extrañaban, pero nada levantó sus sospechas. “Estaba contenta con mi pequeña vida”, asegura en su libro.
En 2017, la actividad criminal de Dominique Pelicot se intensificó. Las violaciones se volvieron más frecuentes, ocurrían en cualquier fecha: cumpleaños, aniversarios, San Valentín... Incluso la misma noche que lo detuvieron por grabar bajo las faldas de dos jóvenes en un supermercado, el señor Pelicot drogó la comida de Gisèle. “Ya no tenía límites. No sé hasta dónde habría llegado si no lo hubieran pillado en Leclert, creo que quizá yo no estaría aquí hoy”, confiesa en su biografía.
Una manada de hombres
Descubrir los actos de su marido fue para Gisèle como si un tren de alta velocidad le hubiese golpeado la cara, confiesa en la novela. La imagen del hombre cariñoso y amable que hasta ahora le había acompañado se fue destruyendo poco a poco. “Me da asco, me siento sucia, mancillada, traicionada”, le respondió en una ocasión a la jueza de instrucción. Las pesquisas policiales conseguían, poco a poco, localizar a los hombres que aparecían en los vídeos registrados por el señor Pelicot: encontraron un total de 50. El resto, alrededor de 30 hombres, jamás serían descubiertos.
Los perfiles eran variados: había jóvenes, mayores, de diferentes nacionalidades, bomberos, enfermeros, ingenieros... “Sabía que uno de ellos tenía VIH, que había venido a casa varias veces y que no había utilizado preservativo”, cuenta Gisèle. “También sabía que otro de los tipos que me violaron me saludaba educadamente en la panadería de Mazan, porque había venido a casa a comprar unas ruedas de bicicleta (...); ahora sé que las ruedas eran solo un pretexto, una idea de Dominique, el tipo quería verme, ver la mercancía (...) antes de venir a violarme”, narra.
La investigación también descubrió otros horrores. Entre las fotos almacenadas por el señor Pelicot, aparecían también imágenes de sus cuñadas y de su hija, Caroline Darian, que a día de hoy aún sospecha que su padre pudo abusar también de ella. Según se revelaban los crímenes cometidos por su marido, Gisèle Pelicot no parecía capaz de reaccionar. “Mi cerebro se detuvo”, dice ella, una actitud que sus hijos no podían comprender. “Pero, ¡reacciona! ¡No reaccionas!“, ”¡Abre los ojos, mamá! ¡Mira lo que te ha hecho!“, le espetaron en varias ocasiones. Pero ella no se lo permitía, mucho menos en público. Si se dejaba sentir, no estaba segura de poder volver a levantarse.
La decisión que lo cambió todo: “La vergüenza debe cambiar de bando”

Gisèle se avergonzaba cada vez que alguien veía las fotos y los vídeos del caso, las descripciones de lo que le hicieron a su cuerpo mientras ella estaba inconsciente. Por eso estaba segura de querer celebrar su juicio a puerta cerrada. Hasta que un día, cambió de opinión: “Cincuenta hombres se agolparían en la sala. (...) ¿No estaba haciéndoles un regalo? ¿No les protegía al cerrar la puerta?“, se preguntaba. “Nadie se enteraría de lo que me habían hecho. Ningún periodista estaría allí para describirlos y decir sus nombres junto a sus delitos. Ningún desconocido se acercaría a mirarlos, preguntándose cómo reconocer a un violador entre sus vecinos y colegas (...). Sobre todo, ninguna mujer podría entrar y sentarse para no sentirse tan sola”, reflexiona.
La decisión estaba tomada: la vergüenza tenía que cambiar de bando. “Los abogados defensores echaban espuma por la boca. Estaban rabiosos. Stéphane [abogado de Gisèle Pelicot] me había advertido de que me lo harían pagar. Estaba preparada”, afirma. Durante los cuatro meses que duró el juicio, los letrados de la defensa argumentaron que Gisèle Pelicot había consentido los encuentros, insinuaron que los disfrutaba y negaron que sus clientes hubiesen cometido violación alguna.
Pero la puerta abierta permitió que el mundo viera el juicio. Según pasaban los días, más medios se acercaban a cubrir el proceso y, sobre todo, más mujeres se reunían a las puertas de los tribunales para apoyar a Gisèle Pelicot. “Mañana, tarde y noche hacían cola para tener la oportunidad de encontrar sitio en la sala adicional abierta al público; se quedaban delante del juzgado una vez terminada la audiencia (...) El juzgado de Aviñón era de repente un punto de reunión del dolor”, describe en su libro. El apoyo de estas mujeres le dio una fuerza extra que necesitaba para sostenerles la mirada a sus violadores, que buscaban destruirla, y a los abogados que ponían en duda su experiencia. “Me di cuenta de que me habrían destrozado si nadie hubiera estado allí escuchando los debates”, dice. “Esa multitud me salvó la vida”, confiesa.
La vida después del caso Mazan
La vida continuó para Gisèle Pelicot después del juicio, aunque ya no es la misma. Abandonó su casa en Mazan y ha encontrado de nuevo el amor en Jean-Loup, que ahora acompaña sus días. La relación con sus hijos, sin embargo, se ha resentido. “Las preguntas sin respuesta han ido separándonos”, lamenta. Espera, no obstante, volver un día a prisión a visitar a Dominique Pelicot y resolver las dudas que aún asolan su mente.
Gisèle nunca ha querido ser la “pobre víctima” y nunca se ha sentido como tal. Tampoco buscó ser una mártir ni el icono en el que se ha convertido, pero acepta el papel que le han otorgado en “una nueva ola feminista” de la que sabe poco. “Seguramente decepcionaré a algunas activistas, no soy muy radical (...) Pero he oído cómo convertían el dolor de un juicio en cantos liberadores en la escalera del juzgado, he oído la alegría y la rabia venciendo al silencio, así que estoy encantada de ofrecer mi historia como ejemplo y mi nombre como estandarte”, concluye.
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