Antonio Villarreal, el periodista que se ha atrevido a publicar los secretos de las tertulias: “Son la forma más fácil para que el poder actúe sobre la información”

Entrevistamos al autor, que presenta ‘Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España’ (Ediciones Península)

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El periodista y escritor Antonio
El periodista y escritor Antonio Villarreal. (Marta Silvera)

Alguien tenía que hacerlo. El periodista Antonio Villarreal (ABC, El Español, El Confidencial; premio Gabriel García Márquez) ha pasado a limpio el estado de un formato “enloquecido” que domina televisión y la radio y sacude el debate público. El libro se llama Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España (Ediciones Península) y precisa lo que no hemos visto ni escuchado aún: sus secretos, valiosos para un consumo responsable o consciente. Porque explica que ya en la propia composición de una mesa de análisis hay un país resumido, una guerra de poderes en pugna con la responsabilidad de los medios y sus profesionales. O que la discusión en nuestros hogares, trabajos o círculos sociales apenas tiene tres focos, situados todos ellos a las afueras de Madrid.

“Algo que parece tan sencillo como un grupo de personas hablando por turnos alrededor de una mesa también hubo que inventarlo y después, hubo que adaptarlo a los límites de un programa, hubo que crear un lenguaje para que esa nueva criatura, el tertuliano profesional, aprendiera a hablar con los seres humanos. Hubo que darle un ritmo a todo aquello, una pizca de teatralidad, hubo que asalavajar a algunos y domesticar al resto”.

Villarreal atiende a Infobae por videollamada, en plena ronda de promoción.

-Pregunta: ¿Eres consumidor de tertulias?

-Respuesta: Me interesan desde un punto de vista sociológico y antropológico. Más que una devoción, este era un trabajo de cómo nos afectan. También conocía a compañeros con los que me cruzaba en la redacción, yendo y viniendo de tertulias, y la verdad es que era un mundo que me llamaba, aunque por otros motivos de los que uno pueda esperar: cómo afectaba esto a mi vecino, que está todo el día escuchándolas, o a mis padres, a mis amigos; por qué hemos empezado a hablar solo de política de un tiempo a esta parte; cómo las tertulias estaban manipulando el cerebro y la opinión pública en general.

-P: Sin generalizar, que las hay muy distintas, pero ¿debemos tomarlas en serio?

-R: Yo veía a mucha gente a mi alrededor que las tomaba como única fuente de información. Por un lado hay descreimiento de los medios, se dice que los periodistas estamos comprados, pero eso no se aplica siempre a las tertulias. La gente las ve con una cierta ingenuidad. Lo que quería expresar con el libro es que precisamente las tertulias son la forma más fácil para que el poder actúe sobre la información, sobre lo que llega al ciudadano, al votante. No hay que negarlas ni dejar de consumirlas, a la gente le gustan, pero no pueden ser la única fuente de conocimiento en cuanto a actualidad.

-P: ¿Qué es lo que engancha? ¿Qué explica su éxito?

-R: Las tertulias tienen un componente muy grande de espectáculo y los propios tertulianos lo saben. El otro día me contaba uno que lo que hacen es seleccionar en la mesa quién puede estar en su contra y entonces le dirigen los ataques para que se genere una especie de electricidad entre los dos, y eso tiene un componente emocional porque el espectador rápidamente se va a posicionar con una de las dos facciones. Eso se alimenta y es como una sitcom en la que te sientes más cercano a alguno de los personajes o ideologías que se representan. Y al día siguiente, da igual de lo que vayan a hablar porque lo ves, quieres estar ahí observando.

-P: Hablas en el libro de la cantidad de factores que influyen para que un tertuliano termine sentado en una mesa (“la composición esconde un sinfín de intereses, obligaciones, vasallajes, traiciones y por supuesto, lealtades”). Es una victoria de la política, del poder sobre el periodismo.

-R: Sí, es una victoria, pero siempre hay esa tensión. Es decir, el presentador puede tener en mente su tertulia ideal, o la plantilla que quiere tener de lunes a viernes, pero nunca puede tener el 100%, tiene que ceder. A veces gana y a veces pierde. Pero los presentadores saben lo que hacen, están manejándose. Saben que meter a uno les da acceso a determinados círculos, o que pueden marcarse un punto con la empresa que puede beneficiarles en otros aspectos, como decidir los temas de los que hablar. Están siempre en esa batalla.

-P: Cuando sucede algo de gran impacto y complejo, en esas primeras horas y días de atención las tertulias suman a voces autorizadas, recientemente ingenieros por el accidente de Adamuz, y resultan sumamente interesantes. Pasó con la DANA de Valencia (meteorólogos, bomberos) o con la captura de Nicolás Maduro (analistas internacionales, diplomáticos). ¿Ves una tendencia positiva hacia la especialización o se trata de excepciones?

-R: Es lo que Carles Francino llama el ‘más uno’. Tú tienes a tus tertulianos habituales y luego ese más uno. Un tertuliano no puede hablar solo de las cosas que conoce, o hablaría una o dos veces al año. Debes tener a gente con las espaldas anchas y complementarlo con alguien con conocimientos específicos. La información va muchas veces más rápido de lo que los medios podemos ofrecer, porque mandar a alguien a Adamuz o encontrar fuentes lleva tiempo y también presupuesto. Lo positivo de las tertulias es que ya en esas primeras horas pueden ofrecer algo. En el minuto cero, el público ya demanda respuestas.

Algunos de los principales presentadores
Algunos de los principales presentadores de tertulias en televisión: Silvia Intxaurrondo, Ana Rosa Quintana, Antonio García Ferreraz, Iker Jiménez, Pablo Motos, Javier Ruis y Risto Mejide.

-P: Cuentas que “eso que llamamos opinión pública sale en gran medida de dos complejos en polígonos industriales al norte de Madrid”, refiriéndote a los de Fuencarral (Mediaset) y San Sebastián de los Reyes (Atresmedia). Se suma Prado del Rey (TVE), que ha llenado la parrilla de tertulias. ¿Cómo valoras que la pública esté compitiendo de esta forma?

-R: Creo que es una derrota, en el sentido de que lo que uno espera de la tele pública es otra cosa. Porque al mismo tiempo que se ha saturado la parrilla de infoentretenimiento, se han suprimido otros espacios que no había en otro sitio, de cultura, de ciencia. Ellos pueden decir que ahora tienen el doble o el triple de audiencia que tenían antes, pero ya no se puede volver atrás porque la persona que venga mañana a encargarse de TVE se va a preguntar por qué va a hacer un programa de periodismo de investigación, de sociedad o de cualquier otro tema si va a tener mucha menos audiencia y le va a costar más. Entonces, lo más probable es que si el día de mañana hay un cambio de gobierno, cambiará el color de las tertulias, pero permanecerán. Creo que la televisión pública debería tener otro umbral más allá de medirse solo por la audiencia con el resto.

-P: ¿Y cómo analizas que haya mesa política en programas inicialmente lejanos a ella como el de Iker Jiménez o El Hormiguero? Con la polémica de Rosa Belmonte sobre Sarah Santaolalla aún reciente.

-R: Yo creo que más bien el entretenimiento se metió ya hace tiempo en la política. El momento clave es la pandemia. En pandemia pasamos mucho tiempo encerrados y programas que antes eran más neutrales tuvieron que tomar posición. Y lo han hecho todos. Presentadores como Vicente Vallés o Ana Rosa Quintana hace 10 años creo que por lo menos trataban de mantener una imagen mucho más neutral, y ahora son casi puntales contra muchas de las medidas del Gobierno. Al principio, que solo estaban las tertulias de la TDT, la de (Antonio García) Ferreras estaba escorada a la izquierda y eso era un rasgo diferenciador. Ahora es prácticamente lo normal que una tertulia vaya un poco decantada hacia un lado. Es una consecuencia de la espectacularización.

-P: Has mencionado la pandemia como momento fundamental, como un hito. ¿Qué otros momentos o nombres propios dirías que han marcado los ritmos de esta evolución de la tertulia en España?

-R: Diría que en un primer momento están periodistas como Fernando Ónega o Luis del Olmo, por supuesto. Uno crea el formato y el otro le da la forma que prácticamente todos los programas de tertulia de radio tienen hoy, estos programas contenedor, con política dura a primera hora y luego una cosa como más de entretenimiento. Luego, por supuesto, están nombres como Javier Sardá, que son los que llevan un producto exitoso en radio y consiguen darle la forma perfecta para la televisión en los 90. Y luego diría Ferreras, que también le dio un impulso muy importante a una tertulia que es Al rojo vivo, muy vibrante. Y muchos nombres que la llevan a otro nivel, como Pablo Iglesias, que sacan la tertulia del formato tradicional de tele y la llevan a las redes. Los últimos exponentes son casos como el mencionado de Sarah Santaolalla: una tertulia salida de un programa de entretenimiento menciona a una tertuliana que ni siquiera está allí y cómo se genera una confrontación entre una esfera de izquierdas y otra esfera más liberal-conservadora.

-P: Dices que la fuente primaria del debate público ya no es tanto la información como la opinión, o que las propias tertulias ya no van necesariamente sobre un hecho, sino sobre otra opinión. Quería preguntarte por los sondeos. Antes eran contados, muy pocos se los podían permitir, y relevantes. Ahora son habituales, abundantes y comúnmente previsibles. ¿Consideras que las encuestas hoy son más un elemento de opinión?

-R: Un poco sí. Además, a los tertulianos les encantan las encuestas, las usan como algo factual. Pero piensa que muchas de ellas son algo como “si mañana se celebraran elecciones en España”, lo cual ya es una ficción porque mañana no va a haber elecciones. O “a quién votarías”. Y claro, en función de eso, los tertulianos sacan conclusiones. Y no estamos basándonos en algo que haya ocurrido realmente, sino en una prospección sociológica. No se cuestiona y, como vimos en las últimas generales, las encuestas yerran. Pero para el día a día del tertuliano son casi como un hecho real y creo que no contextualizan como deberían. Les dan gasolina perfecta para que ellos sigan enhebrando su discurso.

-P: Algo que puede interesar mucho al lector es lo que cobran los tertulianos. Lo cuentas en el libro. Solía ser un complemento al salario, pero los hay que podrían vivir solo con estas colaboraciones.

-R: Ha bajado mucho el kilo de tertuliano últimamente. Ha cambiado el modelo y eso hace que también lo hagan los que intervienen en él. Antes no había tantas tertulias, eran más espaciadas, entonces había más lucha, sobre todo en los 90, por conseguir a los mejores. Se pagaba mucho dinero por tener a este o al otro, había pugnas bastante sangrientas, como entre Antonio Herrero y Luis del Olmo, por quitarse a unos y a otros. Ahora eso no pasa. ¿Por qué? Porque puedes tener prácticamente a cualquier tertuliano por un precio bastante bajo, porque lo que determina sobre todo es si eres de derechas o de izquierdas, si representas a este tipo de electorado, eso ya te abre las puertas de unas tertulias o te cierra otras. Pero todavía a ambos lados suele haber un montón, con lo cual ya el modelo cambia y si quieres vivir solo de ser tertuliano, tienes que ir a bastantes e irlas enlazando. Con dos o tres diarias puedes ganar prácticamente tanto como en los 90, pero trabajando muchísimas más horas.

Ejemplar de 'Tertulianos. Un viaje
Ejemplar de 'Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España', de Antonio Villarreal. (Ediciones Península)

-P: Cuando hablamos de las tertulias antiguas o clásicas también la sociedad era otra. A quién culpas de la evolución y estado actual del formato, ¿a quien las ofrece o a quien las consume?

-R: No busco culpables, creo que la historia de los medios de comunicación es de supervivencia, como con la llegada de internet y las redes sociales. Van adaptándose a cada nueva realidad. Con las tertulias pasa lo mismo. De repente llega la crisis, por ejemplo, y muchos medios empiezan a despedir a gente de televisión y radio y se dan cuenta de que la tertulia es un formato que funciona muy bien y sale más barato que lo que hacían antes. Lo que hablábamos de TVE. Entonces, empiezan a proliferar. Nadie piensa en si está polarizando, sino en que tiene audiencia y cuadra el presupuesto, y eso va determinando el tipo de información que empiezas a dar. La gente me pregunta cuál es el futuro de las tertulias y realmente nadie lo sabe. Habrá que seguirlo de cerca.

-P: El periodismo suele tener la piel bastante fina para las críticas. ¿Has recibido tú alguna por este libro? ¿Alguien te ha afeado algún episodio, te has sentido presionado o has podido autocensurarte pensando que llegarían ejemplares a las redacciones?

-R: Yo me repetía cada día: “Antonio, no vas a volver a trabajar en un medio”. Pero si escribía esto, tenía que hacerlo con todas las de la ley, con los dos pies por delante porque si no, no vale nada. Entre periodistas he notado mucho interés, me dicen que el melón que acabo de abrir. Y entre tertulianos es verdad que muchos lo observan un poco a la defensiva, porque además soy un donnadie en ese mundo, yo vengo del periodismo, del periodismo científico además. Entonces muchos preguntaban “quién es este tío”. Creo que la anécdota que mejor resume esto es que me llamaron de Radio Nacional y me pusieron a hablar con los tertulianos que estaban allí, y uno de ellos me preguntó “bueno, ¿qué dices de mí en tu libro?" Un “me da igual lo que pongas pero si me mencionas, quiero saber lo que estás contando de mí”.

-P: ¿Qué has aprendido escribiendo este libro, qué es lo que más te ha sorprendido?

-R: Por un lado, los mecanismos que tienen los tertulianos para crear la impresión de que siempre saben de lo que están hablando. Lo naturalizamos porque siempre hay un diálogo fluido, independientemente de lo que esté pasando y de quién esté interviniendo. Y tienen mecanismos muy sutiles a veces de ir aprendiendo sobre la marcha o de ir contando. Y eso, verlo en directo y como lo cuento en el libro, es para mí muy espectacular. Y también todos los resortes del poder para modificar la opinión pública. Al principio eran más frontales, era “te prohíbo o te quito de esta tertulia o te pongo en esta otra”. Ahora son mucho más sutiles, usan mecanismos imperceptibles para el oyente, para el espectador, pero buscan su objetivo, que es que se hable de lo que ellos quieren.

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