
Luísa Beserra Santos tenía quince años cuando entendió que la solución podía estar en lo más simple. En 2013, durante una visita al interior de Bahía, observó una escena habitual en el nordeste de Brasil: cisternas llenas de agua de lluvia y, al mismo tiempo, familias que no podían beberla con seguridad. El agua alcanzaba, pero no garantizaba salud. “Tuve una revelación que lo cambió todo. Vi que la solución podía ser increíblemente sencilla”, recuerda. “Incluso de niña, entendía cómo funcionaba esta tecnología, y eso significaba que cualquiera también podía”. Fue entonces cuando se dijo: “Tengo que hacerlo realidad”.
De esa intuición nació Aqualuz, un sistema que utiliza únicamente la radiación solar para desinfectar el agua de lluvia. El funcionamiento es directo. El agua almacenada se canaliza hacia un compartimento transparente donde permanece expuesta al sol durante unas cuatro horas. La combinación de radiación ultravioleta y aumento de temperatura reduce los microorganismos patógenos.
“Aqualuz es un sistema de tratamiento de agua de lluvia que utiliza la radiación solar para matar microorganismos”, explica Anna Luísa a UNESCO. El dispositivo funciona sin electricidad, sin químicos y sin necesidad de mantenimiento frecuente. Incluye una señal que indica cuándo el agua ha recibido la exposición solar necesaria, puede tratar hasta diez litros por hora y tiene una vida útil estimada de veinte años.

El encuentro que cambió todo
Al comienzo, Anna Luísa admite que su mirada era estrictamente técnica. “Al principio, todavía tenía una mentalidad puramente científica”, dice. Todo lo que sabía provenía de artículos de investigación y estudios especializados. El cambio llegó cuando empezó a convivir con las comunidades.
“Recuerdo haber conocido a una madre de cinco hijos cuyo hijo estaba enfermo debido al agua contaminada”, relata. “Tuvo que comprar agua embotellada cara, que apenas podía permitirse, y no podía trabajar porque tenía que cuidar a sus hijos”. Ese encuentro marcó un punto de inflexión. “Ese momento cambió mi forma de abordar las soluciones”.
Desde entonces, su enfoque incluye la participación directa de las comunidades. Técnicos locales se capacitan, van al campo y lideran el monitoreo del impacto de la tecnología. “Cuando quienes usan la solución también ayudan a implementarla y mejorarla, se convierte en su propio proyecto”, señala. “No se trata de personas externas que vienen a enseñar, sino de un esfuerzo compartido”.
Más que un premio
Pero Anna Luísa es crítica con las soluciones rápidas. “Uno de los mayores errores en los proyectos de filtración de agua es asumir que cada filtro tiene un impacto duradero”, advierte. Muchas iniciativas, dice, están pensadas para funcionar en apenas un año. “Nos centramos en la durabilidad”, afirma. “El verdadero impacto proviene de soluciones sostenibles, no de intervenciones a corto plazo”. Por eso Aqualuz y los demás sistemas solo se implementan donde existe una necesidad real y condiciones para que el proyecto perdure.
En 2019, su trabajo fue reconocido con el premio Jóvenes Campeones de la Tierra del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, convirtiéndose en la primera brasileña en recibirlo. Para entonces, Aqualuz ya no estaba solo. A la tecnología inicial se sumaron Aquasalina, que desaliniza agua usando luz solar; Aquafilter, un sistema de filtración para comunidades de hasta cien personas; y Aquatorre, adaptado a escuelas y zonas sin infraestructura hídrica.
Hoy, más de diez mil personas utilizan activamente estas soluciones en áreas rurales de Bahía, Piauí, Pernambuco y Ceará. Solo en 2024, el alcance llegó a unas cuarenta mil personas. Mientras 2.200 millones de personas en el mundo aún viven sin acceso a agua potable gestionada de forma segura, Anna Luísa piensa en la expansión. “Mi visión es que Aqualuz se implemente ampliamente en Latinoamérica, África y otras regiones con escasez de agua”, sentencia.
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