
Más de medio millón de personas están empleadas en España en limpieza profesional, según las estimaciones de las patronales del sector, que también apuntan a un peso cercano al 1,05% en el PIB. Los datos oficiales registran 378.000 empleadas del hogar afiliadas a la Seguridad Social, aunque otras organizaciones recuerdan la necesidad de sumar un 30-40% correspondiente al empleo sumergido. Pese a los esfuerzos institucionales por regularizar y dignificar estas profesiones, los datos de Oxfam apuntan a salarios en el entorno de los 1.000 euros al mes, muy por debajo de la media nacional, en un sector configurado en casi un 90% por mujeres, y en el que más de la mitad de ellas son migrantes o de nacionalidad extranjera.
En este contexto de precarización y vulnerabilidad, raramente se conocen las historias de las mujeres que lo viven en primera persona. Cristina Simón dejó su puesto fijo de administrativa tras ser madre. Su experiencia refleja el dilema al que se enfrentan muchas mujeres: “Sabía que si era mamá era para estar con mi hijo”, relata a Infobae. La jornada extendida y la imposibilidad de conciliar motivaron su entrada, junto a su hermana, afectada por un ERE, en el sector de la limpieza profesional, donde encontró la autonomía laboral que buscaba. “No quería quedarme en casa, pero tampoco tenía dinero para endeudarme en un negocio. Así que empecé a limpiar con cuatro productos del supermercado y una aspiradora”, detalla. “Con el tiempo nos profesionalizamos en limpiezas extremas, como las de síndrome de Diógenes o limpiezas de obra. Hicimos cursos y reinvertimos las ganancias en maquinaria”, relata Simón, que comparte su experiencia en redes sociales bajo el nombre La Fregona de Cris.
Sophie New llegó a la limpieza por razones similares, buscando un trabajo que facilitase la conciliación tras el nacimiento de su hijo. “Necesitaba un empleo a tiempo parcial y flexible. Mi amiga me ofreció limpiar con ella y así empezó todo”, explica en declaraciones a este medio. Sin embargo, destaca que su motivación fue evolucionando: “Quería hacer algo que ayudase a la gente y un poco más personal. Empecé a ofrecer limpiezas solidarias, gratuitas o a bajo coste, especialmente para personas mayores o con problemas de salud mental”.
Jornadas largas y mal remuneradas
Pese a sentirse orgullosas de la carrera elegida, a ninguna de las entrevistadas por Infobae les es ajeno el hecho de que el sector de la limpieza está marcado por la irregularidad y la estacionalidad. “He trabajado días de 16 horas en verano y en invierno hay meses sin apenas nada”, relata New, conocida en redes como Sophie la Cenicienta. La falta de contratos estables y la presión para trabajar en negro dificultan el acceso a derechos laborales y prestaciones. “Desde el principio quise hacer las cosas bien, ser autónoma para cotizar y tener derecho a una baja o una jubilación. Muchas compañeras se jubilan tras 50 años sin haber cotizado nunca”, lamenta Simón.
Los bajos salarios agravan la precariedad. “Hay mucha gente cobrando menos de diez euros la hora y eso no puede ocurrir. Para estar dentro de la legalidad, mínimo tienes que cobrar quince euros”, apunta la entrevistada. “Con esto hablo de seguros sociales, de seguro de responsabilidad civil, seguro de accidentes...”, añade.
La flexibilidad, buscada al inicio como ventaja, también tiene su contrapartida. “La gente te cancela servicios cinco minutos antes de entrar y si no trabajas, no cobras. No tienes ningún tipo de derecho si no cotizas”, señala Simón. Los salarios varían según el tipo de servicio, la zona y la demanda, pero la tendencia es a la baja, especialmente en el sector doméstico y en las llamadas ‘kellys’. Simón denuncia que en el mundo del servicio en hoteles todavía “hay gente cobrando a dos euros con cincuenta por hacer una habitación en quince minutos”.
Redes de apoyo a través de la limpieza
Ambas profesionales subrayan que la limpieza puede ser una elección consciente, no solo un refugio ante la falta de oportunidades. “No estoy en limpieza porque no me haya quedado otra opción. Tengo una carrera y un máster”, afirma Simón, que destaca la satisfacción de ofrecer este tipo de servicios a personas que lo necesitan. En el caso de New, la limpieza solidaria se convirtió en un espacio de apoyo: “Tu hogar refleja cómo estás mentalmente. La limpieza puede ser el primer paso para pedir ayuda”.
Según Simón, “hay mucho de psicología y de empatizar con la persona que está sufriendo. Cuando alguien pide ayuda para limpiar una vivienda con síndrome de Diógenes, el cambio es brutal y se nota también en su estado de ánimo”. En el caso de New, la satisfacción proviene del acompañamiento: “Intento que la persona se sienta cómoda, sin ser juzgada. Muchas veces, después de limpiar, esa persona se motiva y continúa sola”.
En ocasiones, las anécdotas son emotivas, como la reacción de una persona mayor al ver su casa limpia después de años, o los vínculos que surgen del trabajo. “Una señora mayor que vive cerca de mí me comentó que necesitaba ayuda con su hogar porque había fallecido su marido, estaba sola y le resultaba imposible mantenerlo. Al final del día, me fue a pagar y me sentó fatal. A día de hoy, ella todavía sigue siendo muy amiga mía”, recuerda New sobre sus inicios en las limpiezas solidarias.
Estigmas y falta de reconocimiento
Pese a tratarse de una labor esencial, el sector de la limpieza sufre estereotipos persistentes. “La sociedad no valora realmente el trabajo que se hace. Hay personas que no te pagan, te regatean con las horas, te piden limpiar el suelo de rodillas o te cronometran el tiempo que paras a beber agua o a comer un sándwich”, denuncia Simón.
Esta profesional de la limpieza también destaca que la relevancia que cobró la higiene durante la pandemia de Covid-19 evidenció la importancia de su labor. “Fue un momento donde nuestro sector se dignificó. Luego la gente se olvida”, explica. New comparte esta percepción: “La gente piensa que ser limpiadora es un trabajo muy fácil, sin esfuerzo ni conocimiento. Pero hay mucha ciencia detrás de la limpieza. Yo lo veo más como un arte”.
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