Cuando llega diciembre, la finca de Sandringham, en el corazón de Norfolk, se transforma en el escenario de la Navidad de la familia real británica. Esta residencia privada, que ha acogido a cuatro generaciones de monarcas, sigue siendo un refugio donde la realeza disfruta de la intimidad y del aire libre, lejos del bullicio palaciego. Cada año desde que es rey, Carlos III continúa la tradición que comenzó su madre, Isabel II: reunir a toda la familia para celebrar la Navidad y despedir el año en un ambiente único y familiar.
Aunque muchas tradiciones se mantienen, esos códigos tan estrictos que marcaron el reinado de Isabel se han suavizado con los años. Así lo afirma Jennie Bond, una especialista en realeza británica que ha hablado con The sun, medio al que asegura que si bien la etiqueta sigue presente, especialmente en la cena navideña, la rigidez se ha relajado un poco desde la muerte de la reina. Sin embargo, lo que no cambia es la diversión y el ingenio que acompañan a cada regalo.
Carlos III ha impulsado un curioso intercambio de obsequios: todos deben ser creativos, humorísticos y, lo más importante, costar menos de cinco libras. El objetivo no es presumir, sino sacar sonrisas a los invitados. Así, se siguen tradiciones de antaño a la vez que ponen a prueba la imaginación de cada miembro de la familia.

Según cuenta la experta, los regalos se abren en Nochebuena durante la hora del té, sobre una mesa cuidadosamente preparada. Cada paquete lleva el nombre de su destinatario y todos los familiares descubren sus sorpresas al mismo tiempo. Entre anécdotas de años pasados, se recuerdan regalos como un kit para “cultivar tu propia novia” de Kate a Harry, o un hámster cantante que Meghan regaló a su abuela. Pequeños detalles que muestran la faceta más divertida y cercana de la familia real.
La comida, por supuesto, es un ritual ineludible. El almuerzo de Navidad se sirve a la 1 de la tarde e incluye pavo orgánico de Norfolk, guarniciones típicas y postres que mantienen viva la tradición de Isabel II: el chocolate sigue siendo protagonista. Los niños y el personal tienen sus propias versiones adaptadas, mientras que los adultos disfrutan de los platos clásicos siguiendo un orden estricto, desde la entrada hasta el postre. Los banquetes pueden reunir hasta 70 personas, y antes de sentarse a la mesa todos asisten a la misa en la localidad cercana, una tradición que refuerza la unión familiar.
Los juegos también forman parte de la jornada. Desde partidas de cartas hasta juegos de mesa y, en ocasiones, beer pong, la familia sabe divertirse y compartir confidencias. Algunos incluso disfrutan de picnics improvisados al aire libre, con tronco de Navidad, bollos y sándwiches, mientras observan los caballos y la naturaleza que rodea la mansión.
Y si hay un protagonista dulce que no puede faltar, ese es el pudín navideño. Heredado del rey Jorge V, este postre tradicional se entrega a todos los trabajadores de la casa, desde el correo hasta la policía local. Elaborado con frutos secos, especias y un toque de brandy o ron, es un símbolo de la Navidad real. Actualmente, también se comercializa en ediciones limitadas, algunas de lujo, convirtiéndose en un auténtico clásico que une historia y sabor.
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