Javier de Haro, psicólogo infantil, alerta sobre el impacto de las pantallas en la salud mental de los niños: “La cosa se ha desmadrado en los últimos años”

El experto revela las graves consecuencias de las tecnologías en los más jóvenes

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Una familia con dispositivos electrónicos.
Una familia con dispositivos electrónicos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En la última década, el uso de pantallas se ha convertido en una parte central de la vida cotidiana, también entre los niños y adolescentes. Desde la educación hasta el entretenimiento, las nuevas tecnologías ofrecen oportunidades sin precedentes, pero también plantean serias inquietudes sobre sus efectos en el desarrollo emocional y psicológico de los más jóvenes.

Problemas como la ansiedad, el aislamiento social, los trastornos del sueño y la dificultad para concentrarse son cada vez más comunes en edades tempranas, y muchos expertos coinciden en señalar una relación directa con el uso excesivo de dispositivos digitales. En este nuevo escenario digital, padres, madres y profesionales de la salud mental se enfrentan al desafío de encontrar un equilibrio entre los beneficios que ofrecen las tecnologías y los riesgos asociados a su uso desmedido. La pandemia de COVID-19 aceleró aún más la exposición de los niños a las pantallas, integrándolas no solo como herramientas educativas, sino también como formas casi exclusivas de ocio y socialización. Esta hiperconectividad temprana plantea preguntas urgentes: ¿están los menores preparados para gestionar este entorno digital?, ¿cómo afecta esta constante estimulación a su salud mental y emocional a largo plazo?

Para profundizar en esta problemática, Infobae España ha conversado con Javier de Haro, psicólogo con amplia experiencia en salud mental infantil y juvenil. A través de su trabajo clínico y su labor de divulgación, De Haro ha observado de cerca cómo las pantallas están moldeando las dinámicas familiares, escolares y sociales, y ofrece una mirada experta sobre los riesgos, las señales de alerta y las posibles estrategias de prevención.

Más medidas contra el bullying. La Asociación No al Acoso Escolar reclamando ante el Congreso medidas de prevención contra este problema. Desde esta organización alertan de las dificultades que provoca y piden más formación de los profesores para detectar casos.

-Pregunta: ¿A qué edad suelen empezar los niños con las pantallas, a qué edad sería recomendable y qué tipos de pantallas aconsejas?

-Respuesta: Lo primero que diría es que la cosa se ha desmadrado en los últimos años. Antes el móvil estaba ahí, las pantallas estaban ahí, pero hoy forman parte del día a día del niño desde que se despierta. El problema es que hay un acceso cada vez más precoz. Curiosamente, tenemos más información y estamos más concienciados, pero la cosa va a la inversa. Creo que la edad para tener teléfono no depende tanto de los años, sino de la madurez. Si un chico con 12 años no es capaz de hacer su cama o ser responsable, ¿cómo le vas a dar un ordenador con acceso a todo? Si los padres están separados, por ejemplo, se puede usar un smartwatch o un móvil supervisado, pero no darle un Ferrari a alguien que no sabe conducir.

–P: ¿Cuáles son los efectos más comunes que observa en la salud mental de los niños expuestos a pantallas durante muchas horas al día?

-R: Podemos separar entre niños pequeños y mayores. Los mayores ya tienen móvil propio y el impacto es distinto, pero los pequeños también lo sufren. Todos los niños tienen necesidades afectivas: sentirse vistos, valorados, socializar. Cuantas más pantallas, menos se potencia eso. En los colegios se ve una falta enorme de habilidades sociales. Muchos niños son inteligentes, pero inmaduros emocionalmente, inseguros y con baja tolerancia a la frustración. Las pantallas afectan al sueño, generan irritabilidad y acostumbran a la inmediatez. Les cuesta concentrarse y se confunde con TDAH, pero lo que hay es sobreestimulación. Lo que más me preocupa es la falta de empatía. La empatía se aprende, y se está perdiendo. En los adolescentes el impacto es mayor: redes sociales, falta de horarios, problemas de sueño, estrés, ansiedad, baja autoestima. Trastornos de ansiedad y depresión que antes eran de adultos, hoy se ven en niños.

–P: ¿Crees que el principal problema de atención o desarrollo emocional en los más pequeños viene de las pantallas?

–R: Hay una relación bidireccional. No digo que el móvil cause TDAH, pero sí agrava los síntomas. A un niño impulsivo, el móvil lo sobreestimula. Cuanto más abusas de pantallas, menos socializas. Pero también los niños inseguros o con pocos amigos se refugian en las pantallas, lo que amplifica el problema. Algunos incluso hablan con chatbots cuando tienen ansiedad. He tenido alumnos que se autolesionan porque lo han visto en redes y esa es su realidad. Todo se retroalimenta.

Javier de Haro, psicólogo infantil,
Javier de Haro, psicólogo infantil, orientador y profesor.

–P: ¿Y cómo deben actuar los adultos ante esta realidad?

–R: Lo primero es mirar qué hacemos nosotros. Nos quejamos de que los niños están todo el día con pantallas, pero los adultos también. Les damos el móvil por comodidad. Por eso el primer paso es revisar el ejemplo que damos. Luego, bajar al nivel del niño y trabajar paso a paso. Si un niño no tiene amigos, no sirve decirle “haz amigos”, hay que ayudarle a conectar poco a poco, darle opciones, dejarle decidir cosas pequeñas, fomentar su seguridad. Si te fijas, en un restaurante todos dejamos el móvil en la mesa o ponemos los dibujos a nuestros hijos. Lo que hay que hacer es crear un diálogo, no es lo mismo que tú al niño le obligues a ‘esto, esto, esto y esto’, a que tú impliques al niño en las decisiones del uso de un teléfono.

–P: ¿Crees que se puede equilibrar esta realidad tecnológica y reconstruirla en una crianza más sana?

–R: No hay que demonizar las tecnologías, sino educar en su uso. Están en el día a día del niño. En casa escuchamos música, usamos Spotify. Mi hijo sabe que la tecnología puede ser útil. El equilibrio está en compartir, limitar y dar ejemplo. En casa, por ejemplo, él deja mi móvil en la mesita cuando comemos, para que vea que las normas son para todos. El problema no es la tecnología, sino el uso individual y sin control.

–P: En cuánto al control y los límites, ¿qué es más dañino: el exceso o el tipo de contenido?

–R: El contenido pesa más que el tiempo. Al final, parece que limitamos el horario y con eso decimos, ya hemos cumplido. No, perdón, es mucho más peligroso el uso que el tiempo. Tú no puedes tener un niño conectado dos horas como un zombi, hablando en forma coloquial. Pero puedes elegir. Prefiero que le pongas una hora algo constructivo a que tenga 20 minutos sin supervisar que se va a meter en cualquier vídeo sin censuras. Hay niños que con seis, siete años ya han visto contenido para adultos. Hay escenas de Roblox, que es un juego para niños, con sexo. Por eso es importante poner límites en el acceso.

Familia adicta a las pantallas.
Familia adicta a las pantallas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

-P: Y tú, como docente, ¿qué efectos ves en niños criados con límites claros?

–R: El cómo pongas tú los límites es muy importante, porque al final la percepción del niño también importa. Por eso digo que, al final, observo consecuencias dependiendo de cómo ponemos los límites. No es lo mismo hacerlo desde el autoritarismo y el miedo -“como te vea con el móvil, te quedas sin él dos meses”-, a hacerlo de una forma que el niño entienda. Con los mayores hay que hablarles de los peligros reales: sexting, difusión de imágenes, adicción. Si lo ven con ejemplos reales, lo interiorizan. Y una vez esto esta hecho, claro que se nota.

-P: En los más mayores, que ya tienen su propio móvil sin límites, ¿estás observando que hay problemas graves?

-R: Sí, sobre todo con su intimidad. Por ejemplo, yo en la consulta he tenido un caso de sexting porque una niña ha mandado fotos ligera de ropa y ahora esas fotos las han pasado por grupos. Yo creo que hoy en día no hay una percepción del peligro, porque como no lo han vivido, no se conoce la gravedad. Fíjate, otro caso que tuve en terapia relacionado con las pantallas fue tan grave que ha tenido que entrar la policía. Un niño con ocho años, con un tema con un adulto por las redes sociales, y el niño ahora sin dormir, se ha vuelto a hacer pipí, ese tipo de cosas al final afecta.

–P: ¿Cómo crees que se debería abordar todo esto desde los centros educativos?

–R: Debería haber educación emocional y digital en los colegios. Es vital. Yo hablo con mis alumnos de los procesos de influencia social, de cómo actuamos por aceptación. Les hago experimentos para que vean cómo funciona la presión del grupo. También abordamos casos reales: niños que beben por imitación, o que salen con chicos o chicas por presión. Hay que enseñarles autoestima, a decir no, a valorarse. Y crear espacios de confianza: tutorías individuales, tiempo para hablar. No todo es académico; la educación emocional es esencial.

–P: Totalmente, ¿has notado tras casi diez años de experiencia como ha cambiado la infancia entre generaciones por las pantallas?

–R: Yo empecé hace nueve años y se nota claramente un antes y un después. Hoy hay muchos más alumnos con ansiedad, medicados, con baja autoestima, y cada vez desde edades más tempranas. Hay estudios que lo demuestran. A medida que aumenta el tiempo de pantalla, baja el bienestar emocional. La relación es clarísima. Hasta los juegos ya cuentan con mecanismos de las antiguas tragaperras que generan adicción en el menor, aplicando en su conducta un sistema de refuerzo intermitente.

Niños con sus propios dispositivos.
Niños con sus propios dispositivos. (Freepik)

–P: ¿Qué señales deben alertar a los padres?

–R: Hay indicadores claros: si el niño se despierta y lo primero que busca es la pantalla; si se irrita cuando se la quitas; si solo se entretiene con pantallas; si no sabe jugar sin ellas; si está más irritable, con menos tolerancia a la frustración, problemas de sueño, cambios bruscos de humor. En adolescentes, la necesidad constante del móvil, la ansiedad si se les apaga o si no pueden tenerlo cerca. Hay que fijarse en si interfiere en su día a día y si el comportamiento se prolonga en el tiempo.

P: ¿Crees por tanto que la gran responsabilidad recae en los adultos?

–R: Sí. Los adultos tenemos mucha más responsabilidad de la que creemos. Estamos enganchados nosotros mismos. En los restaurantes, en las reuniones… siempre con el móvil en la mesa. Tenemos que ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. No hay que demonizar las pantallas, sino educar en un buen uso. Si además les implicamos y ven que las normas son para todos, funciona.

–P: Cuando se cría con una pantalla de por medio, además de las consecuencias en la salud mental que ya has señalado, ¿el vínculo que crea ese niño con sus padres pierde calidad?

-R. Al final el vínculo y la complicidad se crean con tiempo. Es una realidad innegable que si no es con 12, con 13, con 14, con 15, con 16, esa niña va a tener móvil, o sea, ya lo va a tener. Va a llegar un punto que lo va a tener. Pero a lo que voy, el problema es cuando estamos todo el día sin conectar con nuestro hijo y el poco tiempo que tenemos para conectar tiene el móvil. Si de repente ese uso de la tecnología se convierte en compartir un momento de ocio viendo una serie, ya es diferente. Aquí lo importante es que con la pantalla no descuidemos los momentos de conexión, porque si no, corres el riesgo de estar muy conectado a esto digital, pero hiper desconectado de lo importante que son las personas.