
Se suele decir que los niños deberían venir al mundo con un manual de instrucciones bajo el brazo, pero esto nunca sucede. A la hora de dar el gran paso de tener un hijo, una avalancha de dudas invade a los padres, presionados por la necesidad de brindarles la mejor vida posible y transmitir valores sólidos. Aunque no existe una única forma correcta de criar, el pediatra estadounidense Kenneth Ginsburg sostiene que hay un enfoque más equilibrado que otros: el de los llamados “padres faro”.
El término puede sonar novedoso, pero este estilo de crianza se ha practicado desde siempre. ¿De qué se trata exactamente? Los “padres faro” son aquellos que, como un faro en la costa, guían desde la distancia, brindando seguridad y apoyo sin invadir. Su objetivo es fomentar la independencia, la toma de decisiones y la resiliencia en los niños.
Este enfoque contrasta con estilos más sobreprotectores, como el de los conocidos “padres helicóptero”, que tienden a vigilar cada paso, o los “padres quitanieves”, que despejan cualquier obstáculo del camino de sus hijos. Aunque tengan buenas intenciones, pueden causar una dependencia excesiva y dificultad para enfrentarse a los problemas cotidianos de la vida.
Beneficios de ser hijo de “padres faro”
Múltiples investigaciones hablan de esta crianza, aunque con otros términos. En la década de 1960, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza, que los investigadores basados en su trabajo finalmente ampliaron a cuatro: autoritario, permisivo, no involucrado y authoritative (en inglés; autorizado, que sería el equivalente a los “padres faro”).
Según las investigaciones citadas en un artículo de Russell Shaw, director de la escuela Georgetown Day School en Washington, D.C., este estilo de crianza produce los mejores resultados para los niños y tiende a crear adultos felices y competentes.
Además, otros estudios, como el utilizado en el Programa de Crianza Lighthouse (basado en este estilo de crianza), se encontró que este modelo reduce las conductas represivas de los padres y crean relaciones más sólidas entre padres e hijos. Por lo que no todas las ventajas son para los niños: los padres gozan de una mejor salud mental, criando desde una posición de bajo estrés.
Los riesgos de la sobreprotección
A veces, menos es más. O, al menos, menos acciones, pero de mayor calidad, pueden tener un impacto más profundo. La sobreprotección puede provocar pánico al error: genera dependencia, inseguridad, baja autoestima y una menor tolerancia a la frustración. Los niños que tienen dificultades para resolver problemas o tomar decisiones en el mundo social pueden sufrir ansiedad, miedo y dependencia al ser adultos.
En definitiva, ser un “padre faro” implica encontrar el punto medio entre ofrecer apoyo y permitir la independencia. Una de las cosas más difíciles de ser padre es no proyectar en los hijos los miedos, expectativas, deseos y frustraciones vitales propias, ya que nos sumergiríamos en una vida que no nos pertenece. Se debe actuar como la luz de faro: iluminar el camino sin llegar a entrar en él.
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