
En un contexto en el que la monarquía británica busca reforzarse a través de la sobriedad y la eficacia, la princesa Beatriz de York ha logrado hacerse un lugar propio, alejada del ruido mediático pero siempre alineada con la institución. A sus 37 años, se ha consolidado como una figura de confianza dentro del entorno del rey Carlos III, quien parece haber encontrado en su sobrina a una aliada silenciosa pero eficaz. Su forma de actuar, su prudencia y su apoyo incondicional a la familia real en los momentos más delicados explican por qué hoy se la percibe como una de las royals más protegidas por el monarca.
Lejos del protagonismo que caracteriza a otros miembros de la Casa Windsor, Beatriz ha construido una imagen de coherencia y servicio. Hija del príncipe Andrés y Sarah Ferguson, la princesa vivió desde niña bajo el foco público, con títulos reales y presencia institucional activa. Sin embargo, a diferencia de otros jóvenes royals, su exposición no se tradujo en escándalos ni confrontaciones. Más bien al contrario: Beatriz supo alejarse del conflicto sin abandonar su papel como miembro de la familia real.
Su discreción ha sido una constante. Mientras su padre afrontaba uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de la monarquía —la vinculación con el caso Epstein y su posterior retirada pública—, Beatriz optó por mantenerse al margen del escándalo, sin dejar de estar presente. En plena pandemia y con el príncipe Andrés en el punto de mira, su boda con Edoardo Mapelli Mozzi fue una declaración de principios: sobria, íntima, pero con todos los símbolos de pertenencia a la corona. La reina Isabel II no solo asistió, sino que le cedió la tiara de reina —una joya reservada para muy pocas— y un vestido cargado de significado institucional. Una manera inequívoca de recordarle al mundo que Beatriz no era una royal secundaria.
A qué se dedica Beatriz de York
Desde entonces, y especialmente con la llegada de Carlos III al trono, su figura ha ganado peso. Sin asumir funciones institucionales permanentes, ha representado a la corona en ocasiones puntuales y ha reforzado sus vínculos con iniciativas internacionales en sostenibilidad y tecnología. Esta libertad de movimiento, unida a su perfil bajo, la convierten en una figura útil para la Casa Real: puede estar presente donde otros miembros no pueden, sin comprometer posturas oficiales.

La decisión de mantener una vida profesional —es vicepresidenta en una empresa tecnológica internacional— y a la vez participar en eventos clave, tanto familiares como diplomáticos, refuerza su papel como símbolo de una nueva generación real. Una generación que no necesita tronos ni títulos activos para ser esencial.
Cinco años después de su boda y del momento más frágil para los York, Beatriz de York representa la posibilidad de reconstruir sin escándalos. Su lealtad a la institución, su respeto a la discreción y su cercanía al monarca la han convertido, sin grandes anuncios, en la princesa protegida de Carlos III. En tiempos de transición, pocos valores resultan más valiosos que la coherencia. Y ella, paso a paso, se ha ganado el suyo.
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