
En plena guerra, con combates aún activos en el este del país, el sur ocupado de Ucrania se ha transformado en un inesperado destino vacacional para miles de turistas rusos. Según informa el diario belga Het Laatste Nieuws, localidades como Shtastlivtsevo, situadas a orillas del mar de Azov, están siendo promocionadas por las autoridades de ocupación rusas como estaciones balnearias, en un intento evidente de “normalizar” la ocupación militar que dura ya más de tres años.
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Turismo entre ruinas y propaganda
Las imágenes compartidas en redes sociales por algunos de estos turistas rusos muestran una realidad completamente ajena al contexto bélico. En vídeos de YouTube, como los del turista ruso Andreï, se le puede ver paseando alegremente por las playas, enseñando restaurantes y conchas marinas, mientras declara: “Estamos pasando un momento excelente aquí. Mirad esta agua clara, el mar de Azov”. Ninguna mención a la guerra, ni a la ocupación, ni a las miles de víctimas que ha dejado el conflicto. Para Andreï, esta región “es simplemente rusa”, una afirmación que, en palabras o en gestos, niega la realidad de una ocupación armada.
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Detrás de esa aparente normalidad turística se esconde una estrategia bien definida del Kremlin: presentar los territorios conquistados como parte inamovible de la Federación Rusa, integrándolos no sólo administrativamente, sino también en el imaginario colectivo ruso. Según cifras de las propias autoridades de ocupación, en 2024 esperan atraer 150.000 turistas a la región de Zaporiyia y 100.000 a la de Jersón.
Infraviviendas para turistas y desesperación para los locales
No obstante, el panorama que encuentran los visitantes dista mucho del lujo de otros destinos del mar Negro. Las infraestructuras hoteleras apenas han sido renovadas desde los años noventa. El periodista ucraniano Mykola Osytschenko, refugiado en Kyiv, lo describe con crudeza en declaraciones a Het Laatste Nieuws: “El nivel de los hoteles es catastrófico. El mar de Azov es más cálido que el mar Negro, contiene yodo medicinal. Pero los ocupantes no ha modernizado nada”.
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Mientras tanto, la población ucraniana que permanece en estas zonas vive en condiciones dramáticas. En regiones como Donetsk o Zaporiyia, muchas infraestructuras han sido bombardeadas, y no hay acceso a agua corriente ni a saneamientos básicos. “La gente no puede lavarse, ni beber, ni comer. Ni siquiera funcionan los retretes”, lamenta Osytschenko a Het Laatste Nieuws.
A esta situación de precariedad se suma la pérdida de viviendas. Muchos ucranianos han huido de sus casas, en ocasiones de forma definitiva. En ciudades como Mariúpol, las autoridades rusas han comenzado a confiscar las viviendas abandonadas. Para recuperarlas, los propietarios deben regresar, presentarse ante las autoridades de ocupación y someterse a un proceso de “filtración”, es decir, un interrogatorio sobre su lealtad a Ucrania o a Rusia.
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Ivan Stoupak, asesor de la comisión de seguridad nacional del parlamento ucraniano, advierte: “Si un hombre regresa, hay muchas posibilidades de que la policía rusa lo detenga y lo interrogue sobre posibles vínculos con los servicios de inteligencia ucranianos”. Además, señala que cualquier intento de registrar de nuevo la propiedad bajo ocupación puede ser considerado como colaboración por las autoridades ucranianas. “Es una trampa a todos los niveles”, resume a Het Laatste Nieuws.
Una humillación silenciada para los ucranianos
Para quienes han tenido que quedarse en estas zonas ocupadas, la llegada masiva de turistas rusos representa una afrenta silenciosa. “Habría que preguntarse cómo ven los rusos a los ucranianos que aún viven allí”, reflexiona Osytschenko, que continúa en contacto con residentes de Mariúpol. “Los tratan como a sirvientes. O incluso como a prisioneros de guerra”.
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La ciudad, completamente devastada durante el asedio ruso en 2022, donde murieron decenas de miles de civiles, ha sido objeto de una intensa campaña de propaganda. “Los rusos dicen que fuimos nosotros, los ucranianos, quienes destruimos Mariúpol, y que ellos la están reconstruyendo. Nunca hablan de los civiles asesinados”, denuncia el periodista. “Y si los turistas saben lo que pasó, simplemente les da igual. Porque la propaganda ya ha reescrito la historia: no fue una masacre, fue una liberación”.
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