
Construir un futuro es cada vez más difícil. Eso de que trabajar permita vivir e ir haciendo colchón queda ya un poco lejos, y los jóvenes, a sabiendas que, de tener jubilación, llegaría, si eso, a los 71 - según un análisis elaborado por la Fundación BBVA y el Ivie al que Elma Saiz, ministra de Seguridad Social, llevó la contraria a través de su perfil de LinkedIn con un tranquilizador “no, los jóvenes no se van a jubilar a los 71 años” -, no tienen otra que seguir remando aunque todo apunte a que la contracorriente solo va a seguir ganando tirón.
Los jóvenes españoles llevan ya varios años de éxodo laboral, marchándose del país en busca de mejores oportunidades. Es verdad que a veces funciona y sale bien, con suerte, y se encuentra algún puesto bien pagado y algún alquiler asequible y, poco a poco, el ahorro se va materializando en las cuentas. En muchos otros casos, sin embargo, tampoco se encuentra lo que se iba buscando, o no exactamente, y la precariedad acompaña también tan lejos de casa.
Trabajar en la mina y vivir en el coche
Al final, el caso es que parece que la tendencia a la precariedad juvenil es una realidad universal. Nadie se escapa. Desde el punto Nemo hasta Illán de Vacas, exceptuando quizás la Isla Sentinel del Norte y algún otro lugar en el que tengan esa misma suerte. Y, claro, Australia no es ninguna excepción: así lo explica Laura, una creadora de contenido española que vive en el país del sur del Pacífico y comparte su experiencia a través de su perfil de TikTok, @lauraricis. Recientemente, ha publicado un vídeo con la intención de que sus seguidores vean “la precariedad en la que vivimos en Australia”.
“El otro día estaba en el trabajo, en las minas, y me vio la supervisora con chaquetón, doble leggins, una chaqueta encima...” empieza a contar Laura. “Me dice ‘oye, Laura, vas como muy abrigada, ¿no?’ Y yo, ‘si, es que como voy a ir a Perth y tengo que dormir en el coche, pues va a hacer frío". “Y ella: ‘¿sigues durmiendo en el coche?’“.
Aparentemente, a su jefa le pareció tan dramático que “puso una cara de pena”, tanto que Laura se llegó a sentir “mal por ella, y es como, ‘si, es que sigo viviendo el coche, no tengo casa’. ¿Vosotros os imagináis que vuestro compañero de trabajo os diga que no tiene casa y que vive en el coche y tan tranquilo? A veces lo pienso y digo ‘madre mía, qué deben de pensar de nosotros esta gente?“.
De cualquier forma, el motivo y principal incentivo de Laura para vivir en su coche está bastante claro: “Yo al final lo que quiero es ahorrar, así que me da igual vivir en el coche durante un año”. Además, asegura, también le sirve de consuelo pensar que tendrá “más anécdotas que contar” a sus hijos. “Podré decir: ‘pues yo con tu edad vivía en un coche y trabajaba en una mina. Y, sinceramente, solo por eso me vale la pena”.
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