
Por la cabeza de todos ha rondado alguna vez la pregunta de dónde acabaremos nuestros días, algo que dependerá de muy distintos factores, principalmente familiares y de salud, también económicos. Suficiente tenemos con enfrentar el presente, como para estar pensando en el futuro y en dónde acabaremos cuando estemos jubilados. Todo dependera de factores familiares, de salud y, sobre todo, económicos.
La perspectiva de hacerlo en una residencia de ancianos no suele estar entre las más deseables, si bien son lugares idóneos ante determinadas situaciones al contar con profesionales cualificados para el cuidado de estas personas en todas sus formas. Suele ser, sin embargo, la última de las opciones, tras haber agotado el resto, y rara vez por voluntad del interno. El caso del que da cuenta Business Insider es bastante particular, aunque hay que ponerlo en contexto. Ocurre en Melbourne, Australia.
Contexto porque vive rodeada de ancianos, en un espacio específico para ellos, que podemos denominar residencia, pero por estructura, también o más bien residencial; una pequeña villa con casas independientes y servicios comunes. Suelen tener instalaciones como piscinas, gimnasios, restaurantes y actividades sociales, promoviendo un estilo de vida activo y conectado.
Se trata del testimonio en primera persona de una mujer que a sus 38 años ha comenzado a vivir en uno de estos espacios. Aclara en primer lugar que es “completamente independiente” en lo económico o en cuanto a movilidad, que no tiene problema alguno de dependencia. La decisión parte de una ruptura, la de esta mujer con su pareja después de “muchos años”, lo que obligaba a “empezar de cero”. Así que se puso a buscar piso, lo que no era sencillo. Entretanto, estuvo dos meses viviendo en un Airbnb, lo que le suponía un desembolso importante. Llegado un día, visitó a una de sus tías, que vive en una de estas villas, y le habló de lo que le estaba costando encontrar casa.
Una fija en el bingo
Entonces, la familiar le sugirió que acababa de quedar libre uno de los apartamentos, que buscaban inquilino, y que la edad no sería un problema porque ya se habían hecho excepciones con anterioridad. Tendrían, eso sí que revisar su solicitud, pero la edad no sería un impedimento, le aseguró. “Aunque yo necesitaba de verdad un piso -confiesa-, pensaba que no encajaría en el ambiente. No sabía muy bien cómo me llevaría con los vecinos mayores o con normas como los horarios para visitas o el silencio nocturno”. Pese a esto, presentó la solicitud con una carta explicando su situación y añadió la recomendación de su tía. Solo quedaba esperar.
Y la respuesta llegó, aunque tardó un poco, seis semanas después, pero fue positiva. Le habían aprobado el apartamento. Ella, aún sin un techo estable bajo el que vivir, no dudó y firmó el contrato, dándose cuenta ya de la primera de las ventajas: “Era irreal, sobre todo porque el alquiler de mi piso de dos habitaciones es de 500 dólares australianos -280 euros-, incluidos los servicios. Cualquier piso de ese tamaño en Melbourne suele estar entre 2.800 y 3.200″. Además, descubrió una enriquecedora vida en comunidad: “Al instalarme, los vecinos se presentaron. Recuerdo especialmente a un director de escuela jubilado y a un veterano del ejército que me ayudaron a montar la cama o el soporte de la televisión”.
La protagonista, de la que no conocemos el nombre, explica su día a día, que empieza “con el sonido de los viejos éxitos musicales” de su vecina. Toma café mientras lee el periódico, pasea y “como en la villa se fomenta la actividad física y el ocio”, se ha apuntado a yoga y a alguna salida en bicicleta. Por las tardes trabaja como autónoma. Los miércoles, es una fija en el bingo. Y las noches, dice, “son tranquilas”. Cena en un restaurante cercano o se hace algo y se sienta en el porche a escuchar historias “en conversaciones interminables; cosas que ahora espero con ganas y me resultan sorprendentemente apacibles”, asegura.

“Los 70 y 80 no son tan malos”
Su caso no es común, y no esconde que en su entorno no se comprende bien. Algunos se ríen, otros le preguntan si “no es deprimente”, una mayoría cuestiona si es el mejor lugar para alguien aún joven. Ella responde a todos: “Es la mejor decisión que he tomado”. Lleva ya más de un año viviendo allí y no lo ve como una “transición, sino como un hogar”. “No me he sentido fuera de lugar y convivir con personas que no tienen prisa ni están todo el día enganchadas a la tecnología ha beneficiado mucho mi salud mental. Es una especie de refugio”, celebra esta mujer. Asegura que su nueva vida ha cambiado sus expectativas en la vida y la forma en la que ve el envejecimiento.
Es patente que el modelo de residencia que describe, en Australia, así como su precio, tiene poco que ver con el modelo en España y describe más un entorno en el que cada cual elige el grado de soledad e interdependencia. “Mis vecinos -dice- comparten sus experiencias vitales, los libros que han leído, los trabajos que echan de menos y dan consejos que resultan útiles. (...) Ha encontrado ”paz" y descubierto “que los 70 y los 80 no son tan malos”. También ha aprendido a ser “mejor vecina y amiga”. “Así que la próxima vez que pases por una residencia para jubilados -termina-, no dudes en preguntar si hay plazas libres porque nunca se sabe adónde te puede llevar”.
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