
“A veces le tiemblan las manos. No es miedo, es conciencia”. Así comienza el relato de Anna Maria, recogido por Corriere della Sera, una mujer milanesa de poco más de treinta años que ha pronunciado un “para siempre” muy distinto al habitual. No se ha casado ni ha firmado un contrato laboral indefinido: ha entregado su vida a la clausura. Ha profesado como monja de las Clarisas Capuchinas en un contexto que parece caminar en dirección opuesta, con conventos que cierran y comunidades religiosas femeninas en franco retroceso.
“Las dudas existen, pero precisamente por eso me quedo. Porque no creo en las certezas blindadas. Y cada día es un regreso a la gracia de los orígenes”, explica Anna Maria con serenidad. Su decisión resulta especialmente llamativa en tiempos donde abundan los contratos temporales y la inestabilidad vital. A los diecisiete años, sin embargo, su proyecto de vida era muy diferente: un novio, la ilusión de casarse joven, una casa llena de hijos.
“Siempre he tenido una idea muy fuerte de comunidad. De familia amplia, abierta”, recuerda. Pero la relación terminó tras cuatro años y con ella cayeron todas sus certezas. La ruptura le dejó un vacío que la llevó a hacer el Camino de Santiago con una mochila y muchas lágrimas. “En realidad rezaba para que volviera mi ex —cuenta riendo—. Caminaba, lloraba, pensaba y hacía amistades, en particular con dos chicas y un fraile. Cada noche celebrábamos la eucaristía. Sentía que no estaba sola”.
Ese viaje, confiesa, abrió una grieta que dejó pasar luz. Tras regresar a Milán, terminó sus estudios en la universidad, trabajó en la Fundación Don Gnocchi y se implicó en actividades de voluntariado en la prisión de Bollate. Tuvo nuevas relaciones, pero ninguna le llenó del todo. “Salía, intentaba volver a enamorarme. Pero siempre había algo que faltaba. Como un nudo que no se deshace”.

La llamada del silencio
En aquellos años, Anna Maria comenzó a desaparecer algunos días, en busca de lugares de recogimiento: el monasterio de Santa Clara en Gorla, el de las Clarisas Capuchinas en Brescia. “Buscaba un espacio donde escuchar lo que el ruido tapaba. Un día me dije: deja de pensar tanto. Déjate amar”, recuerda. Fue un pensamiento sencillo que germinó con el tiempo. Al año siguiente ingresó definitivamente en el monasterio, dejando de buscar respuestas solo con la cabeza.
Mientras tanto, la realidad fuera de los muros de clausura hablaba otro idioma. Las últimas tres religiosas del Sagrado Corazón se han despedido de los feligreses de la iglesia del Sacro Volto, en el barrio de Isola. La superiora de su congregación, con pesar, tomó la decisión de cerrar esa casa por la falta de vocaciones. Las Clarisas de Gorla han pasado de treinta a quince religiosas, y las Hijas de San Pablo, en la Via Paolo Uccello, apenas suman seis, una cuarta parte de las que fueron. Las Misioneras del PIME, en la Villa Triste de la Via Masaccio, incluso han comenzado a alquilar las celdas a estudiantes.
Según datos de sor Antonia Franzini, de la USMI, en 2014 existían en Milán 159 comunidades religiosas femeninas dedicadas a la educación y la asistencia social. Hoy quedan 117. Cierran, principalmente, por falta de vocaciones y por el envejecimiento de las pocas hermanas que resisten.
Una vida de renuncias elegidas
Y, sin embargo, Anna Maria se mantiene firme. Ha profesado con alegría su compromiso definitivo. “No soy un ángel, no soy mejor que nadie. Pero he encontrado un lugar donde me siento completa”, confiesa. Su rutina arranca de madrugada con la oración, continúa con lecturas, labores artísticas, conversaciones con visitantes que buscan apoyo sin prisas. No aspira a ninguna gran misión social, sino a vivir en un espacio de pensamiento, silencio y oración compartida.
Las relaciones con sus nueve consagradas compañeras, algunas de hasta 89 años, son estrechas y lentas, en el mejor sentido de la palabra. Allí ha aprendido el valor de la pausa y la contemplación. ¿Le falta algo? ¿Un marido, hijos, la vida de fuera? No lo niega: “Cada elección implica renuncias. Pero si estás construyendo profundamente algo, las dudas son una ocasión para reforzar la confianza y la fe, no para huir”, responde con una sonrisa.
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