
La enfermedad de la piel de mariposa podría tener una cura para cicatrizar sus heridas. Un ensayo clínico de Stanford Medicine (Estados Unidos) ha demostrado que los injertos de piel modificados genéticamente a partir de células del propio paciente pueden curar heridas persistentes.
La epidermólisis ampollosa distrófica (EB) es una rara enfermedad genética que hace que la piel sea excesivamente frágil, causando la aparición de ampollas. El calor, la fricción por el rozamiento o simplemente rascarse pueden causar lesiones. En casos graves, las ampollas pueden formarse en el interior del organismo, en el revestimiento de la boca o el estómago.
Esta afección genética es muy dolorosa, pues las heridas quedan abiertas y nunca cicatrizan. Ahora, este ensayo clínico de fase 3 ha logrado que los pacientes con EB experimentaran una cicatrización mejor, con mucho menos dolor y picazón, gracias a los tejidos modificados genéticamente.
“Con nuestra novedosa técnica de terapia génica, tratamos con éxito las heridas más difíciles de cicatrizar, que solían ser también las más dolorosas para estos pacientes. Es un sueño hecho realidad para todos los científicos, médicos, enfermeros y pacientes que participaron en el largo y complejo proceso de investigación”, detalla la autora principal del estudio, la doctora Jean Tang, profesora de dermatología que trata a niños con EB en el Hospital Infantil Lucile Packard de Stanford.
La investigación incluyó a 11 pacientes de al menos seis años de edad, todos diagnosticados con esta patología, y se centró en evaluar la eficacia de injertos de piel genéticamente modificada. El diseño del estudio fue comparativo: cada paciente aportó pares de heridas ubicadas en zonas similares del cuerpo. Una de las heridas en cada par fue tratada con el injerto modificado, mientras que la otra recibió el tratamiento convencional. En total, se analizaron 43 pares de heridas.
Durante un seguimiento de seis meses, el equipo investigador evaluó periódicamente la cicatrización, así como el dolor y picor asociado a las lesiones. A las 24 semanas del tratamiento, los resultados mostraron una notable diferencia: el 81 % de las heridas tratadas con injertos había cicatrizado al menos en un 50 %, frente a solo el 16 % de las heridas tratadas con cuidados habituales.
Los datos fueron aún más reveladores al observar grados mayores de curación. En ese mismo periodo, el 65 % de las heridas injertadas presentaban una cicatrización superior al 75 %, en contraste con el 7 % de las heridas de control. Además, un 16 % de las heridas tratadas había cicatrizado por completo, mientras que ninguna del grupo de control alcanzó este nivel de curación.

Más allá de los avances físicos, los pacientes también informaron mejoras subjetivas significativas, reportando menor dolor, picor y aparición de ampollas en las zonas tratadas con injertos frente a las heridas tratadas de manera convencional. Estas mejoras se percibieron incluso desde las primeras etapas del seguimiento.
En cuanto a la seguridad del tratamiento, los investigadores calificaron los efectos adversos como leves o moderados. Algunos pacientes experimentaron molestias como dolor durante el procedimiento, espasmos musculares o picor, todos ellos resueltos sin complicaciones. También se registraron algunas infecciones en las heridas injertadas, consideradas leves o moderadas.
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