
El misterio que envuelve a la Gioconda se debe en buena medida a la ambigüedad de su sonrisa, capaz todavía de despertar debates. Más allá del significado que Da Vinci quisiera ofrecer con la Mona Lisa, su enigmática expresión facial es para muchos una sonrisa falsa, como si no terminara de convencernos. Y es que nuestro cerebro es capaz de detectar cuándo nos están sonriendo sinceramente y cuándo no.
Las sonrisas falsas las hemos visto en muchas ocasiones: en el trabajo, en conversaciones con ciertos familiares o en situaciones algo incómodas. Lo curioso de todo ello es que nuestro cerebro las identifica mucho antes de que nosotros mismos seamos conscientes de que algo no va bien, según asegura la doctora Michelle Spear, profesora de Anatomía de la Universidad de Bristol (Inglaterra).
La anatomía facial, la neurología y la emoción se aúnan para dar respuesta a la pregunta: ¿es una sonrisa verdadera o impostada? A la primera se la conoce como sonrisa de Duchenne, que sería la sonrisa auténtica, la genuina. Se caracteriza por la elevación de las comisuras de los labios y la formación de arrugas alrededor de los ojos (las llamadas patas de gallo).
En cambio, las sonrisas falsas suelen involucrar solo los músculos de la boca, dejando los ojos indiferentes o abiertos. Este tipo de camuflaje emocional no parece transmitir demasiado, pues se trata de algo más mecánico o ”estratégico", explica Spear.
El cerebro nota la diferencia
Aunque los dos tipos de sonrisa dependen del nervio facial (nervio craneal VII), las sonrisas auténticas están generadas por el sistema límbico, que es la estructura del cerebro implicada en los procesos emocionales. Las sonrisas falsas, por su parte, suelen estar regidos por un control cortical más consciente originado en la corteza motora. Todo ello implica que las sonrisas de Duchenne son involuntarias porque las impulsa la emoción.
El cerebro puede distinguir cuándo una sonrisa la mueve el sentimiento y cuándo el “compromiso”. De hecho, un estudio encabezado por los psicólogos Alan Fogel y Daniel Messinger descubrió que los bebés de diez meses ya son capaces de saber cuándo una sonrisa es real y cuándo es falsa. En términos de evolución, esta habilidad puede habernos ayudado a identificar aliados leales y evitar el engaño.

Una sonrisa falsa no siempre es negativa
A pesar de que en nuestro imaginario tiene bastante peso la asociación entre lo falso y lo malicioso, esto no siempre debe aplicarse con las sonrisas no Duchenne. Una sonrisa “falsa” también cumple con funciones sociales importantes al demostrar cortesía y educación, por lo que pueden ser útiles para suavizar interacciones más o menos incómodas y mostrar cierta deferencia. Es parte de lo que los sociólogos llaman “trabajo emocional”.
Sin embargo, cuando este trabajo emocional se prolonga demasiado en el tiempo, como les ocurre a personas que trabajan de cara al público o en puestos de atención al cliente, puede causar algunos perjuicios. Las personas que están “obligadas” a sonreír sin realmente sentirlo pueden sufrir más estrés, agotamiento e incluso tensión cardiovascular, ya que puede ser emocionalmente extenuante.
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