
La antropóloga Sarah Blaffer Hrdy dio a luz en 1977 y al instante cayó enamorada de su pequeña. Había algo dentro de ella que, de forma innata, hacía que se dedicase a su cuidado y se levantase disparada cada vez que su bebé hacía un mínimo sonido de queja. No parecía igual con su marido: “Ni siquiera se despertaba por las noches. Dormía tranquilamente y al día siguiente iba al trabajo”, recuerda Hrdy.
En 2014, año en que su hija fue madre, las cosas parecían diferentes. Esta vez, su yerno estaba involucrado en la crianza. Fue la primera vez que Hrdy observó al “hombre cazador” arremangado ante una palangana de agua, en la que bañaba a su primogénito. La imagen no solo maravilló a la antropóloga, sino que confirmó en ella una idea clara: los hombres están hechos para la crianza. Esta convicción le llevó a dedicarse en cuerpo y alma a El padre en escena (Capitán Swing, 2025), una historia natural sobre hombres y bebés.
La ciencia silenciada por los estereotipos

“Teníamos pistas hace 50 años de que la crianza masculina era importante en otros animales, pero nadie investigó para ver qué ocurría cuando los humanos masculinos cuidaban a los bebés”, asegura en conversación con Infobae España. Por aquel entonces, las pocas mujeres científicas que había no podían permitirse ser madres y al resto de los investigadores no les interesaba el tema. “Primero, porque los biólogos eran conscientes de que somos mamíferos y que las madres son esenciales para mantener al bebé con vida”, explica Hrdy. “Luego, por los estereotipos sobre masculinidad, lo que significa ser un hombre. Tienes que ser fuerte, estar al mando y proteger y cuidar de tu pareja y tus hijos. No tengo claro que nuestros ideales de masculinidad le hayan hecho ningún favor a los hombres”, añade.
Los primeros estudios sobre el tema no se publicaron hasta los años 2000: “Lee Gettler, el primer autor, hizo un estudio longitudinal sobre qué pasaba cuando los hombres se convertían en padres. Y sabemos que la testosterona baja bastante, al menos por un tiempo; la prolactina sube y hay un aumento de la oxitocina”, explica.
Estos cambios hormonales se dan incluso en hombres que no son padres, algo que Hrdy comprobó con su propia familia tras el nacimiento de su nieto. Primero, midiendo sus propios niveles de oxitocina, antes y después de estar con el bebé, a partir de una muestra de saliva. Después, midiendo los de su marido. Tanto sus niveles de oxitocina como los del abuelo del niño aumentaron un 63%, aunque él necesitó más días para alcanzar los niveles de su mujer. “Le llevó más tiempo, pero estaba teniendo un pico de oxitocina también, y podías verlo: estaba tan enamorado de su nieto”, dice. “Creo que cuando los hombres tienen un contacto prolongado e íntimo con bebés y se quedan a su cuidado, esto ocurre”, afirma, tras su pequeño experimento casero.
Una crianza colectiva desde el Pleistoceno

El papel activo de los hombres en la crianza tiene un sentido evolutivo, afirma la antropóloga. Sus teorías se remontan al Pleistoceno, millones de años atrás, cuando a las sociedades humanas no podía salirles rentables una crianza únicamente materna. “Nuestros bebés humanos son los más costosos y los que más tardan en madurar en todo el planeta. ¿Cómo podíamos criarlos más rápido? Bueno, las madres tenían ayuda“, explica. Y es que ”a diferencia de otros simios, evolucionamos como una especie en la que la parentalidad ayudaba a cuidar de los bebés. Esto era esencial para la supervivencia“, añade Hrdy.
”Pero incluso entonces, cuando los hombres pasaban mucho tiempo o fuera cazando o en el poblado con las madres y los bebés, no se veía mucho cuidado directo. Ahora, en el siglo XXI, estamos empezando a ver a hombres verdaderamente involucrados en la crianza de bebés”, puntualiza.
“Luego tenemos a las parejas homosexuales”, añade. Un estudio de 2014 llevado a cabo en laboratorios de Israel con 24 parejas de hombres gay mostró que el contacto con bebés activaba las regiones más antiguas de su cerebro en el sistema límbico, el hipotálamo y la amígdala. “Estas son las mismas regiones que responden en las madres. Es la amígdala que, cuando era madre primeriza, me mandaba descargas en el momento en que mi bebé gemía”, explica Hrdy. “Son circuitos neuronales que provienen de nuestra herencia como vertebrados (...). Se están activando en los hombres de hoy cuando tienen un contacto prolongado e íntimo con sus bebés”, asegura.
Un cambio social que puede retroceder

Las estrellas parecen haberse alineado en el siglo XXI, según la antropóloga, y todo gracias a los cambios sociales: las mujeres tienen un mayor nivel educativo y trabajos mejor remunerados. Incluso en lugares como Filipinas, afirma, son las mujeres las que se van del país para encontrar empleos de mayor calidad, mientras los hombres se quedan en casa cuidado de los hijos.
“Estamos hablando de una extraña convergencia entre fenómenos sociales, históricos y culturales, que despiertan un antiguo potencial que ha permanecido latente y solo ahora se está empezando a expresar”, afirma. Dentro de decenas de miles de años, podría incluso incidir en la evolución humana: “Si nuestra especie sobrevive y las mujeres deciden solo tener hijos con hombres que cuidan a los bebés, tal vez la selección natural lo favorezca”, aventura.
Por suerte o por desgracia, el ser humano es muy sensible al adoctrinamiento y la propaganda, explica Hrdy. “Si tienes ideologías que dicen que la justicia de género es importante, los hombres quieren ser admirados por ayudar a sus mujeres”.
Pero podría darse el efecto contrario y la vuelta de ideas conservadoras sobre la masculinidad podrían amenazar este progreso. “Era mucho más optimista cuando empecé este libro, en el 2014, de lo que lo soy ahora”, lamenta la antropóloga, abatida por los recientes cambios sociales que se viven en Estados Unidos, entre ellos la restricción al aborto. Si antes miraba a un futuro donde la crianza equitativa se vislumbraba como la meta evolutiva, ahora advierte a sus hijas: “Nunca deis por sentados vuestros derechos reproductivos”.
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