
Ahí está el Conde Orgaz, de cuerpo presente, esperando ascender al cielo, a uno en el que le aguarda un pato de goma, la máxima deidad de la incipiente Iglesia Patólica de Leo Bassi. Pero, ¿se puede adorar a un pato de goma? Y lo más importante, ¿se puede hacer de forma no irónica? Al fin y al cabo, ¿qué son las religiones? La mera presencia de El Paticano en el barrio madrileño de Lavapiés nos invita a hacernos preguntas, a pensar y a reír, sobre todo, a reír.
Para sacar una risa hay que saber tocar una tecla. Pues bien, Bassi, de profesión payaso y con más de 70 años, es capaz de tocar piezas enteras con esa única tecla del piano. Desde su pequeño escenario, un púlpito rococó en el que conviven patos de plástico de todos los tamaños junto a un retablo cargado imágenes de figuras universales de todas las ciencias, ofrece misa para sus feligreses, que se cuentan por miles y que llegan desde todas partes del mundo.
-Pregunta: ¿Cómo surge esta idea?
-Respuesta: Nace de una reflexión filosófica. Yo vengo del mundo del espectáculo, de un mundo muy antiguo de relaciones humanas, de mirar al público en los ojos. Y en los años que llevo haciéndolo, he notado que había un vacío espiritual monstruoso. Nuestra sociedad piensa solo en comprar y vender. Frente a esta situación, empecé a pensar que necesitaba un lugar desde el que pudiera hablar. Al mismo tiempo, empecé a ver que nos gustan cosas raras como, por ejemplo, los patitos de goma, hay incluso tiendas en todos los países del mundo. Reflexionando sobre este tema, me di cuenta de que la gente se sentía pequeña y sola, pero con ganas de conocer. Entonces, hice un salto mental hacia una capilla dedicada a los patitos y de ahí empieza esta historia, concretamente, en el 2012. Yo no inventé nada, la gente ya los amaba. Hay un universo entero a su alrededor.

-P: Una de las bases de la misa que impartes es la simpleza de los patos de goma. Dices que no se dan importancia a sí mismos porque saben que no la tienen, al contrario que nosotros, que en un universo tan grande nos tomamos la licencia de creernos importantes, como individuos y como naciones.
-R: Esto viene de mi tradición y de mi cultura de payaso. ¿Qué es un payaso, sino una persona, hombre o mujer, que se pone fuera de la sociedad, se viste algo raro y opina? Un payaso no tiene cosas materiales, es un mendigo que no entra en la carrera de ver quién tiene más. Esto es una continuación de la visión del mundo y de la espiritualidad que toda mi familia me había comunicado, la de los bufones, la de la gente que no tiene miedo de opinar.
-P: La opinión va de la mano con la libertad de expresión y últimamente se está enfrentando a muchos problemas. Tú mismo sufriste dos atentados.
-R: Yo he vivido los dos lados, la violencia y la lucha institucional. En 2006, en el teatro Alfil viví el intento de un atentado de bomba. Pusieron un kilo de explosivos al lado de mi camerino y tuve suerte porque no explotaron. Y en 2016, lanzaron un cóctel molotov dentro de la capilla, que ardió entera. No hubo heridos, pero solo quedó un pato de goma. Pero también me han llevado a los tribunales por blasfemia, por herir sensibilidades religiosas, igual que pasa ahora con mis amigos de Mongolia o con Lalachus con la estampita en Nochevieja. Mi caso fue hasta el Tribunal Supremo y lo desestimaron. Es una batalla jurídica, pero te agotan y yo no tengo mucho dinero.
-P: Después de todo, ¿alguna vez te has autocensurado?
-R: No, nunca lo han conseguido. Yo lo estoy haciendo por mi tradición familiar. Son siglos con la convicción de que una persona pobre tiene derecho de expresarse. Nadie tiene derecho a matar por formular frases o hacer un chiste. Es nuestro derecho y hay que luchar por él. Si uno empieza a abdicar y a dejar espacio a eso, te come y ya no hay libertad de expresión. Se convierte en una oligarquía, donde la gente que tiene poder y dinero hace lo que quiere y los demás tienen que callarse. Yo no obligo a nadie entrar en esta capilla y la gente que pasa puede opinar porque es una materialización de mi visión del mundo, mi manera de ver las cosas y mi lucha por la libertad de expresión.
-P: ¿Qué opinan los que entran?
-R: Se sorprenden, porque no me conocen, aunque también tengo fans porque sigo haciendo espectáculos en teatro. Yo creo que algunos se van porque no entienden nada de lo que estoy diciendo, pero otros sí, y es magnífico porque después de acabar la misa, la conversación sigue. Es una manera de abrir la mente de la gente. Es lo que los payasos siempre han hecho y estoy orgulloso de poder mantener esta visión del mundo, esta función antigua del bufón.

-P: Has hablado mucho de tu familia. Naciste en Nueva York y venías de una estirpe muy antigua de payasos. ¿Cómo fue tu infancia dentro de este mundo?
-R: Fue como uno se imagina. Mis padres actuaban en circos y nosotros vivíamos en rulots. Y lo de América es que yo nací ahí porque mi padre era amigo de Louis Armstrong, el trompetista americano, y lo había invitado para hacer giras con su orquesta. Mi padre y mi tío hacían malabares y así yo nací en Estados Unidos. Después fuimos a Australia, dos o tres años, y allí fue donde yo empecé a actuar en la pista. Tenía siete años. Desde entonces he viajado por todo el mundo y he vivido en muchos países. Soy un poco un dinosaurio.
-P: ¿Por qué eres un dinosaurio?
-R: El mundo del circo ya no es el que era. El nuevo circo es TikTok. Ese es el espíritu que yo he conocido. La única diferencia es que, por la historia de las pantallas, la gente no es nómada, pero hay mucha comicidad. El circo murió por el cine, por la televisión, cuando empezaron las pantallas. Ahora hay espectáculos parecidos, pero no es el mismo espíritu. Hay grandes empresas donde los artistas son empleados. Lo que yo he conocido, que era una cosa fantástica, era que la gente pobre era dueña de su propia existencia. Yo no cobro una entrada, paso una cesta al final y para mí es una forma de mantener esta relación con el público. Siempre lo he hecho así en la calle.
-P: ¿En qué países estaban estas calles?
-R: Yo he trabajado en la calle, en Pakistán, en la frontera con Afganistán, en Uzbekistán. Imagina el único blanco europeo en medio del mundo islámico. También he trabajado en Tailandia y en China. Hay chistes que aquí no funcionan en absoluto y, por el contrario, en China se descojonan de la risa. He actuado en tantos sitios...
-P: ¿Y cómo se saca una risa a personas con las que no compartes idioma?
-R: Con mucha experiencia en relaciones humanas. Somos todos humanos y hay cosas que nos hacen reír, pero no es fácil. Es un logro enorme y una satisfacción personal. Demostrar, como digo en la misa, que nuestro planeta no es tan grande, y por debajo somos hermanos, por fuera hay diferencias culturales y de idiomas y todo, pero si tú no tienes miedo de mirar a la gente a los ojos, los ojos tocan el alma de una persona y tú ves si están riendo o no. El payaso sabe cómo mirar en los ojos de una persona.
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