
El tiempo que pasamos dentro del útero de nuestra madre es, sin duda, la experiencia más unificadora en el ser humano. Durante meses, vivimos en el vientre materno desarrollando cada uno de nuestros órganos, flotando en el líquido amniótico que nos protege, y escuchando, de fondo, los latidos del corazón de nuestra madre. Es con ella, que nos espera, con quien establecemos ese primer contacto con el mundo antes siquiera de nacer.
Lo cierto es que no tendemos a pensar demasiado sobre el tiempo que pasamos dentro del útero, pese a que tendrá un impacto directo en nosotros, desde si somos zurdos o diestros hasta la duración de nuestra vida. Si hay alguien que ha investigado sobre ello es la doctora Ibone Olza, quien acaba de publicar su última obra: Gestar (Vergara). Olza es licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra y especialista en psiquiatría infantojuvenil y perinatal. Además, es directora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, consultora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y cofundadora de la asociación El Parto es Nuestro.
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Con la publicación de este libro, cabe preguntarse hasta qué punto nos ha marcado aquella vida intrauterina, aunque la doctora asegura que “bastante más de lo que solemos pensar”. “Por eso en parte he escrito este libro, porque hay mucha evidencia científica del impacto que deja en la salud física y también en la salud mental. Muchos estudios demuestran que lo que nuestras madres viven en el tiempo en el que están gestándonos nos condiciona mucho, para bien o también de manera negativa, porque puede favorecer enfermedades y sufrimientos variados”, explica en una entrevista para Infobae España.

Lo que ocurre es que, como no lo recordamos conscientemente, tendemos a pensar que no ha existido. De hecho, Olza cuenta en Gestar una anécdota personal en la que, cuando estaba preparando a su hijo de dos años para acostarlo, él describió con precisión qué sintió cuando estaba en el útero y el día que nació a través de una cesárea. ¿Cómo es posible que recordemos esto?
“Hasta los tres o cuatro años de vida, muchos niños y niñas cuentan cosas de cuando estaban en el útero o de cuando nacieron que encajan bastante bien con lo que les ha pasado. Es una observación que ya han hecho muchos psicólogos y psiquiatras de estas memorias en torno a la vida uterina o al nacimiento. El propio Winnicott, que es un gran psiquiatra perinatal, decía que el hecho de que tantos niños y niñas cuenten espontáneamente nos hace pensar que probablemente quede muy grabado lo que vivimos ahí, que sea una memoria corporal, no verbal”.
En realidad, no se debe entender esto como un recuerdo vívido en sí mismo, sino como una sensación que es muy probable que esté presente en la primera infancia. “En la etapa preverbal tenemos una memoria corporal en la que se queda la impronta. Esto explica cosas que luego pasan en la vida, que a veces la gente tiene sensaciones, reconocimientos de lugares o de personas o de cosas que han vivido incluso estando en el útero”. Esta realidad supone un contraste muy grande, porque las madres tienden a recordar sus embarazos con perfecto detalle.
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“Los bebés necesitan que su madre esté cerca y bien”
Como psiquiatra perinatal, la doctora Olza se pronuncia sobre esa conexión entre la madre y el bebé. Pero, ¿qué ocurre con el padre? “Sé que es políticamente incorrecto, pero no es lo mismo una madre que un padre para un bebé. Solo hay que ver a un recién nacido. Un bebé pequeño necesita estar con su madre la mayor parte del tiempo. Necesita el cuerpo a cuerpo, que su madre esté bien y eso tiene una fuerza biológica brutal que no se puede negar”.
En este comienzo de la vida, el papel del padre es secundario biológicamente. Eso no significa que no sea importante, pues su labor ha de ser la de “sostener a la madre”. Una vez que el bebé ya habla y camina, el padre va ganando importancia. De hecho, algunos estudios apuntan a que probablemente al padre se le dé mejor “el riesgo, la exploración y la innovación” por el sustrato biológico.
Sin embargo, debemos tener en cuenta que existe toda una variabilidad cultural y que, como asegura Olza, “aquellos niños y niñas criados por parejas de mujeres crecen y se desarrollan igual de bien”. Por la carga social que conllevan, la experta asume que son temas controvertidos y que todavía no existen verdades absolutas. “Lo que sí que es una verdad absoluta es que los bebés necesitan a la madre cerca y que ella esté bien”.

La reproducción natural, en vías de extinción
Existe una dimensión de la gestación que sigue siendo un misterio, como también lo es el futuro de la reproducción humana. Hay quienes sostienen que las relaciones sexuales con fines reproductivos serán algo propio del pasado. Es más, los datos también muestran que cada vez tenemos menos sexo. En la década de los 90, los adultos occidentales mantenían relaciones una media de cinco veces al mes. En 2013, esta bajaba a a tres veces al mes, y continúa disminuyendo.
Los avances técnicos nos permiten llevar a cabo hazañas que hasta hace solo unos años nos parecerían ciencia ficción, y parece que no hay vuelta atrás. “El método de reproducción natural entre hombre y mujer está en vías de extinción”, sentencia la doctora Olza. Los datos la respaldan. Según recoge la Sociedad Española de Fertilidad (SEF), el 7% de los bebés que nacieron en 2015 en España fueron concebidos por reproducción asistida. En 2021, ya se alcanzó casi el 12%. La tendencia es innegable: el futuro de la reproducción humana está en los laboratorios. De hecho, España es el país de Europa donde más mujeres acuden para recibir un tratamiento de reproducción asistida.
La reproducción asistida ha permitido que millones de personas en todo el mundo sean padres o madres, cuando de otra manera no podrían. En cambio, “también tiene unos riesgos y toda esta tecnología se ha empezado a usar de forma generalizada. Ya hay quien dice que dentro de unos siglos les parecerá una locura arriesgarse a concebir un hijo de forma natural sin saber qué genes tiene, dejándolo al azar. Dicen, y creo que pueden tener algo de razón, que esto ya en el futuro parecerá una cosa obsoleta y que todo el mundo realizará un diagnóstico genético del embrión antes de implantarlo. Todos los embriones serán seleccionados, eso da mucho miedo”.
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