
Después de bregarse en la ficción televisiva catalana con series como Poble Nou o El cor de la ciutat, Quim Gutiérrez pasó al estrellato inmediato tras protagonizar la laureada ópera prima de Daniel Sánchez Arévalo, Azuloscurocasinegro, gracias a la que ganó el Goya al mejor actor revelación.
A partir de ese momento, se convirtió en el niño bonito del cine español y fue encadenando proyectos, pero siempre a su ritmo, ya que nunca se ha acomodado a la necesidad de los intérpretes nacionales de estar ‘todo a la vez en todas partes’.
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Repetiría con Daniel Sánchez Arévalo en varias ocasiones, convirtiéndose en uno de sus actores fetiche, pero, al mismo tiempo, protagonizó dos películas de Javier Ruiz Caldera, 3 bodas de más y Anacleto, agente secreto, que obtuvieron un gran éxito de taquilla y se encargaron de encasillarlo como actor cómico. Al menos, es eso lo que él mismo percibe.
Apostar por el francés
En ese momento de máximo esplendor, podría haberse ido a Hollywood, pero optó por un camino totalmente diferente, aprender francés sin saber lo que iba a pasar, entre otras cosas por su cercanía geográfica, pero también porque era una cinematografía y una industria que él respetaba profundamente. ¿Y si pudiera trabajar en ella? “Es que llevamos ya un tiempo que en España solo se hacen thrillers y comedia, y yo quería hacer otros registros”
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Así, en 2014 participó en la adaptación del bestseller de Katherine Pancol Los ojos amarillos de los cocodrilos, junto a figuras tan prestigiosas como Emmanuelle Béart, Patrick Bruel o Enith Scob. De pronto, Quim Gutiérrez se había introducido en el star system del cine francés.
“Creo que todo esto comenzó a principios de los 2000, primero me apunté a una academia, y unos años más tarde, en 2008, me fui a casa de mis tíos a estudiar francés. En ese momento me lo tomé como una especie de stand by, de inversión en el futuro”, cuenta Quim Gutiérrez a Infobae España.

A partir de ese momento, estuvo alternando entre ambas cinematografías. En España le pedían papeles cómicos, y en Francia, dramáticos. Y fue pasando de una cosa a otra. Así, lo vimos en Una noche, un día, de Isaki Lacuesta, ambientada en los atentados de París, y en Madeleine Collins, junto Virginie Efira, una de las reinas indiscutibles del audiovisual galo.
Colonialismo y masculinidad tóxica
Ahora, protagoniza la nueva película de Robin Campillo, guionista de las películas de Laurent Cantet, entre ellas La clase, Palma de Oro del Festival de Cannes, y director de películas tan importantes como 120, pulsaciones por minuto, gracias a la que ganó el Gran Premio del Jurado en este mismo certamen por radiografiar la crisis del SIDA en su país.
En La isla roja, el director vuelve a tratar un tema sensible, el colonialismo, en este caso el francés en la isla de Madagascar antes de que obtuviera su independencia. Quim Gutiérrez interpreta a un padre de familia que está destinado en una base militar y que debe hacer frente a los problemas tanto de fuera como de puertas adentro.
“En principio se trata de un personaje que simboliza al hombre de los años setenta en un entorno militar, es decir, a tope de masculinidad, con el traje bien planchado y que es capaz de desenvolverse con soltura en todos los niveles de toxicidad. Pero, al mismo tiempo, es un tipo contradictorio que no encaja en el estereotipo, porque es un buen padre, se encarga de sus hijos y juega con ellos como si fuera un niño”, cuenta el intérprete.
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Para el papel, buscaban a alguien latino con aspecto afrancesado. A Quim Gutiérrez le entusiasmó el proyecto, por cómo abordaba el colonialismo, desde una mirada auténtica y arriesgada, y también por cómo describía a su personaje, que tenía multitud de capas. “Me fascinó la forma en la que iba nutriendo las anécdotas familiares de lirismo, dotándolas de una espesura diferente”, cuenta.
La isla roja es una película a contracorriente. Comienza con la familia que ha colonizado la tierra para terminar con personajes diferentes que tienen que ver con los habitantes autóctonos que reivindican sus derechos frente al invasor, lo que no deja de ser una lectura de lo más interesante y convulsiva todavía hoy en nuestro tiempo.
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