
Cuando Hayao Miyazaki estrenó en El viento se levanta en 2013, se dio por supuesto que iba a ser su última película. Era una obra realista apartada de la imaginación arrolladora que había caracterizado su carrera y en la que realizaba un biopic alrededor de un personaje histórico que se reveló como un genio en la construcción de artefactos voladores, una de las obsesiones del cineasta y que se encuentra presente en prácticamente todas sus películas.
Sin embargo, cuando ya parecía que se había retirado, el director japonés nos ha regalado una última obra y, en esta ocasión, sí parece la definitiva porque, de alguna manera, se encarga de abordar todos los temas que han aparecido a lo largo de su trayectoria a modo de despedida.
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La película se llamará en nuestro país El chico y la garza y desde el primer momento ha estado blindada por el secretismo. El Festival de San Sebastián la ha convertido en su película de inauguración aprovechando que el director es uno de los galardonados con el Premio Donostia de este años. Se trata de su premiere internacional, porque hasta el momento, solo se había proyectado en Japón y desde allí han viajado hasta ahora las únicas noticias de la película.
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El director quería recuperar la esencia de poder ver una película con la mínima información posible. Por eso no hay tráiler, las imágenes han ido llegando a cuentagotas y prácticamente no se sabía mucho de qué trataba, solo que estaba basada en la novela de Genzaburô Yoshino, que aquí tampoco conocíamos.
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Una obra que condensa toda una trayectoria
Pues bien, El chico y la garza, en resumen, parece un compendio de todas las obsesiones del director japonés, casi como si se tratara de un cruce entre Mi vecino Totoro y El viaje de Chihiro, con algunas notas de La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata, su colaborador inseparable con el que fundó el Studio Ghibli, sobre todo en lo referente al contexto histórico en el que se ubica, durante la Segunda Guerra Mundial.
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En ese momento conoceremos a Mahito, un niño que ve cómo bombardean el hospital en el que se encuentra su madre enferma. Lo que seguirá es un cambio de escenario radical: el padre de Mahito ha rehecho su vida con la hermana de su esposa y están esperando un hijo, así que los dos se trasladarán al campo a la que fue la casa familiar de la infancia de ambas.

Desde su llegada, Mahito sentirá una presencia latente, la de una garza que parece querer comunicarse con él. Sin embargo, al contrario de lo que ocurría en Totoro, Mahito la siente como amenaza, hasta el punto de construir un arco para intentar matarla. La garza será la encargada de introducirla en un mundo paralelo del que se encarga uno de sus antepasados. Allí se reencontrará con su madre, en su versión de niña, y con su tía, a punto de dar a luz.
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Con El chicho y la garza Miyazaki cierra un círculo. Habla de la infancia, de la orfandad, del sentimiento de soledad, de la naturaleza, de cómo el mundo se desmorona, de la necesidad de construir un futuro mejorpara que las cosas bonitas que tenemos, perduren.
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Puede que no se acerque a la maestría de obras como La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro, pero nos encontramos ante una obra autoconsciente y potente, repleta de imaginación, de personajes que pasarán a formar parte de la cultura popular como esa colonia de periquitos carnívoros que cobran características especiales en ese universo que tiene sus propias reglas o esa tribu de ancianas que protegen al niño.
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Miyazaki demuestra su maestría visual y la película es una auténtica delicatessen para los amantes de la animación más adulta y estilizada, también más conceptual, porque aquí encontramos todo su ideario, como si se tratara de un grito de vitalidad final ante un mundo que parece haber perdido la capacidad de soñar y que necesita construir cimientos sólidos para poder sostenerse. Y lo hace a través de la infancia, de unas nuevas generaciones que son, al fin y al cabo, las únicas que pueden salvarnos.
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