
En 1971, George Lucas atravesaba una situación económica delicada. Tras la proyección de su primer largometraje, THX 1138, en el Festival de Cannes, el entonces joven director estadounidense enfrentaba dificultades incluso para cubrir gastos básicos, como la cuenta de su hotel.
En ese contexto, con 27 años y una carrera aún incipiente, tomó una decisión que con el tiempo se convertiría en una de las anécdotas más llamativas de la historia del cine.
Durante su estadía en Cannes, Lucas se reunió con David Picker, quien en ese momento se desempeñaba como presidente del estudio United Artists (UA). El objetivo del encuentro era presentar algunos proyectos en busca de financiamiento inmediato.
Entre las ideas que mencionó se encontraba una película de aventuras ambientada en el espacio, que él mismo describió de manera imprecisa como una “especie de ópera espacial”.

La conversación derivó rápidamente en un acuerdo. Al finalizar la reunión, Lucas había firmado la cesión de los derechos de dos proyectos —Star Wars y American Graffiti— a cambio de un total de 10 mil dólares.
La suma, modesta incluso para la época, respondía más a la urgencia económica del director que a una evaluación del potencial de las obras.
El acuerdo, sin embargo, no tuvo consecuencias inmediatas. United Artists terminó descartando ambos proyectos, en parte porque el estudio consideró insatisfactorio el guion de American Graffiti.
Años más tarde, el propio Picker reconocería que ni siquiera recordaba haber cerrado ese trato, dado el monto involucrado y el escaso desarrollo que tuvieron las propuestas dentro del estudio.

Este episodio forma parte del libro The Last Kings of Hollywood: Coppola, Lucas, Spielberg, and the Battle for the Soul of American Cinema, del periodista Paul Fischer, que reconstruye los inicios profesionales de George Lucas junto a otros directores que más tarde definirían el cine comercial estadounidense, como Steven Spielberg y Francis Ford Coppola.
El relato expone un período marcado por decisiones apresuradas, proyectos rechazados y una fuerte incertidumbre creativa y financiera.
En esos años, Lucas rechazó otras oportunidades que podrían haberle brindado estabilidad económica, como dirigir adaptaciones cinematográficas de Tommy y Hair.
A pesar de su situación, insistía en desarrollar obras originales. Esa postura lo llevó a seguir trabajando en American Graffiti, que finalmente se estrenó en 1973 con éxito comercial y crítico, y a retomar el desarrollo de Star Wars.

Tras varios rechazos, el cineasta consiguió que 20th Century Fox aceptara producir Star Wars. El acuerdo se cerró en parte gracias al respaldo del ejecutivo Alan Ladd Jr., quien admitió no comprender del todo el proyecto, pero confió en el talento del director.
Aun así, el proceso estuvo lejos de ser sencillo. El rodaje se vio afectado por problemas técnicos, dudas del elenco y un presupuesto ajustado, lo que contribuyó al desánimo de Lucas una vez finalizada la filmación en 1976.
El estreno de Star Wars en 1977 cambió de forma radical el rumbo de su carrera y de la industria cinematográfica. La película se convirtió en un fenómeno global y transformó a George Lucas en uno de los cineastas más influyentes de su generación.

Con el tiempo, también consolidó un modelo de negocio basado en franquicias y derechos derivados, un aspecto que había estado a punto de perder años antes por una suma mínima.
Décadas más tarde, en 2012, el director vendió Lucasfilm —incluyendo los derechos completos de Star Wars e Indiana Jones— a The Walt Disney Company por más de 4 mil millones de dólares.
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