
La adaptación de Guillermo del Toro de Frankenstein, protagonizada por Oscar Isaac, Jacob Elordi y Mia Goth, ofrece un desenlace que desafía las expectativas de quienes conocen al célebre monstruo a través de las versiones clásicas de Universal de 1931, The Munsters o Young Frankenstein. En esta nueva interpretación, la conclusión de la historia se aleja de los clichés y se aproxima con fidelidad al espíritu de la novela original de Mary Shelley, aunque introduce matices propios que enriquecen la narrativa.
El relato se inicia en un escenario gélido, donde el doctor Victor Frankenstein persigue a la criatura que él mismo creó, atravesando una tundra helada. Durante esta persecución, Victor se encuentra con un capitán de barco cuya nave ha quedado atrapada en el hielo. Mientras esperan el regreso de la criatura, Victor relata al capitán la historia de su experimento y las consecuencias que lo han llevado hasta ese punto. A través de una serie de flashbacks, se reconstruye la frenética persecución que ha unido los destinos de creador y creación, ambos impulsados por el deseo de destruirse mutuamente. En un momento crucial, Victor se muestra dispuesto a sacrificar su vida ante la criatura, lo que plantea la incógnita sobre si logrará su propósito o si los marineros intervendrán para detenerlo.
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La resolución de este enfrentamiento resulta inesperada para quienes esperan una conclusión violenta o trágica. Es la criatura —y no un monstruo, como suele malinterpretarse— quien toma la iniciativa. Tras abordar el barco donde Victor se recupera y compartir su propia versión de los hechos con el capitán, la criatura logra reconciliarse tanto con su creador como con el capitán. En un acto final de redención, utiliza su fuerza sobrehumana para liberar el barco del hielo, permitiendo que la tripulación regrese a casa. Cumplida esta última acción, la criatura se aleja en silencio hacia el horizonte helado, en una despedida que resulta agridulce y, a la vez, extrañamente esperanzadora.

Este desenlace guarda una notable similitud con el final de la novela de Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo. En la obra original, la criatura también se retira hacia el abismo helado tras la muerte de su creador, aunque en el libro su destino es más sombrío: la criatura camina hacia su propia muerte, consciente de que se aproxima a su pira funeraria y anhelando la paz para su espíritu, si es que posee uno. La versión de del Toro introduce una diferencia significativa: aquí, la criatura posee habilidades sobrenaturales de curación, lo que sugiere que su marcha no es hacia el final, sino hacia un futuro incierto. Este giro aporta una dimensión de esperanza que no está presente en el texto original.
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En cuanto al destino de Victor Frankenstein, el científico sucumbe finalmente a sus heridas y muere a bordo del barco. Antes de fallecer, tiene la oportunidad de reconciliarse con su creación y pedirle perdón, un cambio relevante respecto a la novela. Victor reconoce a la criatura como su hijo y admite sus errores como padre, lo que añade una capa de tragedia al personaje, especialmente en la visión de del Toro. El doctor, que aspiraba a emular a Dios al crear vida, nunca estuvo preparado para asumir la responsabilidad de la paternidad. Su muerte llega con un atisbo de cierre, aunque persiste el deseo de redención. La culpa impregna tanto a Victor como a la criatura al final de la película, ya que la mayoría de quienes se cruzan en su camino terminan muertos, aunque no siempre por su culpa. En el caso de Elizabeth, la responsabilidad de Victor es ineludible.

Un elemento distintivo de la película es la inclusión de una cita de Lord Byron al principio y al final de la historia. La frase, extraída del poema narrativo “Childe Harold’s Pilgrimage”, publicado en la misma época que la novela de Shelley, aparece en pantalla como homenaje a las raíces literarias de la obra. Byron, amigo de Mary Shelley y de su esposo Percy Bysshe Shelley, desempeñó un papel fundamental en el origen de Frankenstein: durante un lluvioso verano, propuso a su círculo de amigos el reto de escribir una historia de fantasmas.
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De ese desafío surgió la novela de Mary Shelley, considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción con tintes góticos. En ese mismo verano, otro miembro del grupo, John Polidori, escribió el relato que sentaría las bases del vampiro moderno. La cita de Byron no solo reconoce la influencia directa del poeta en la gestación de la novela, sino que también subraya el carácter “byroniano” de Victor Frankenstein: un protagonista melancólico, arrogante y cínico, pero capaz de amar intensamente, lo que ha convertido a este arquetipo en un referente de la cultura popular.

La decisión de del Toro de cerrar la película con las palabras de Byron constituye un tributo explícito a la inspiración original de Shelley y a la tradición literaria que dio vida a uno de los mitos más perdurables de la literatura y el cine.
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