
El tiroteo en la Escuela N° 40 de San Cristóbal, Santa Fe, en el que Ian Cabrera fue asesinado por un compañero y ocho estudiantes resultaron heridos, irrumpió con una violencia muy difícil de procesar. Estudiantes, docentes y familias vivieron una situación traumática que no solo se llevó la vida de Ian, sino que lastimó a toda la comunidad educativa e instaló un dolor inconmensurable en el corazón del colegio y de la localidad santafesina.
“Que, en lugar de útiles escolares, un joven cargue municiones en su mochila conmueve todos los cimientos de lo pensable. Es inimaginable para toda la comunidad escolar que algo así suceda”, señala Carina Kaplan, doctora en Educación, investigadora del Conicet y autora de La afectividad en la escuela.
¿Cómo se puede abordar el duelo en la escuela? ¿Cómo se vuelve a entrar al aula después de una tragedia? En esta nota, especialistas de distintas disciplinas aportan ideas para acompañar el dolor de estudiantes y docentes en la escuela.
Según los especialistas, el primer desafío es comprender que no hay un “regreso a la normalidad” inmediato. “El día después de una tragedia que nos atraviesa de dolor y miedo exige un abordaje profundamente humano y paciente, asumiendo que el duelo colectivo no tiene calendario”, advierte el psicopedagogo Alejandro Castro Santander, director del Observatorio de la Convivencia Escolar. Y señala: “El regreso a las aulas no puede ser un acto burocrático. Tramitar este trauma requiere pausar la urgencia académica para priorizar la escucha”.
La tentación de “seguir adelante” para no remover el sufrimiento –retomar contenidos, evaluar, cumplir con el calendario– puede ser una forma de negación. “Necesitamos crear espacios seguros y rituales de memoria donde estudiantes y docentes puedan expresar su angustia, sostenidos por profesionales capaces de leer también los silencios de nuestros jóvenes, respetando sus tiempos y sin forzar falsas superaciones”, añade Castro Santander.
En esa línea, subraya que el foco no puede estar puesto exclusivamente en evitar nuevos hechos a partir de medidas de seguridad: “En el afán de recuperar el control, es vital evitar respuestas puramente reactivas, como imponer un pacto de silencio o ‘bunkerizar’ la escuela con lógicas policiales. Reducir este dolor a una simple falla de seguridad física es quedarnos trágicamente en la superficie”.

El duelo en comunidad
Después de una tragedia, la escuela comienza un proceso de duelo colectivo, en el que se entreteje el dolor de todos los involucrados, aunque cada uno lo procese de maneras diferentes.
“Un duelo se tramita comunitariamente en la escuela: compartiendo los sentires. Es necesario poner en palabras para simbolizar una experiencia traumática. Y en la escuela esto se hace junto a otros”, explica Kaplan. Y agrega: “Es reparador que los estudiantes puedan socializar el recuerdo de experiencias compartidas con el estudiante que dejó su pupitre vacío. Recordar a un estudiante, tras una muerte violenta, significa que esa persona dejó huella en su paso por esta vida. También es importante poder imaginar el sufrimiento de quien dañó, aunque resulte difícil, para no quedar atrapados en lógicas de pura demonización”.
Esa dimensión comunitaria es parte de un reconocimiento básico: la escuela es un espacio académico pero, antes que eso, un entramado de vínculos afectivos que hacen posible el aprendizaje. “En la escuela se aprende acerca de la ética del dolor: a ponerse en el lugar del otro e intentar acompañarlo en su angustia. Educar en la empatía significa desarrollar en primera persona una ética del dolor que reponga el lazo humano que nos une en un ‘nosotros’”, sostiene Kaplan.
La psicoanalista Isabel Mansione, integrante de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA), subraya la necesidad de crear “espacios de escucha” para todos los estudiantes, tanto para los que estuvieron presentes como para los que no estuvieron pero forman parte de la comunidad educativa, para que puedan “registrar emocionalmente lo vivido y comenzar un proceso de elaboración”.
Para Mansione, lo ocurrido en San Cristóbal es un “trauma colectivo”, que deja una huella duradera: “Marca un antes y un después. La experiencia traumática, si no se simboliza, puede quedar como encapsulada, como en un ‘papel mojado’. La palabra permite dar significado, mentalizar lo vivido y abrir la posibilidad de transformarlo”.
Poner en palabras
Frente a la violencia y el dolor, los testimonios subrayan el valor de la palabra. No solo como expresión personal, sino como herramienta para construir sentido entre todos.
“Hablar sobre lo ocurrido con la verdad. Generar una comunicación abierta. Animarlos a que compartan sus preocupaciones”, propone la psicóloga Charo Maroño, integrante del Departamento de Niños y Adolescentes de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). “Para eso es fundamental construir espacios de escucha y reflexión donde los adultos se interesen genuinamente por lo que los chicos están atravesando”, sugiere.

Pero no se trata de cualquier palabra ni de cualquier escucha. “Ser receptivo no alcanza –advierte Mansione–. También somos responsables como adultos cuidadores de lo que decimos y hacemos. No se puede transmitir lo que sobrepasa la capacidad de escucha de los estudiantes”. En ese sentido, la especialista sugiere partir de las expresiones de los chicos a la hora intentar poner en palabras lo sucedido.
Mansione propone pensar estos espacios como “respiraderos emocionales”: ámbitos donde los estudiantes puedan expresar lo que sienten y avanzar en lo que llama una “alfabetización emocional”, es decir, la posibilidad de reconocer los estados afectivos propios y los de los otros.
Castro Santander suma otra dimensión: la necesidad de respetar los tiempos. “Hay que evitar forzar relatos o imponer interpretaciones. No todos van a querer hablar de la misma manera ni en el mismo momento”, afirma.
Los especialistas advierten sobre el riesgo de generalizar las experiencias. “No necesariamente todos los chicos vivieron un trauma –plantea Maroño–. Depende de dónde estaba cada uno, de lo que vio, de los recursos que tiene para elaborar lo ocurrido. Es un impacto que puede ser potencialmente traumático, pero no es igual para todos”. En ese sentido, subraya la importancia de evitar etiquetas uniformes y de atender las vivencias individuales: “Si no, tratamos a todo el grupo igual y se nos pierde lo propio de cada sujeto”.
Incluso cuando es trabajado, el trauma no desaparece por completo. “Puede transformarse –explica Mansione–, quedar como una cicatriz que recuerda lo ocurrido, pero sin la herida abierta. El trauma no desaparece, pero puede adquirir otra forma, menos dolorosa, menos invasiva”. En ese camino, la escuela puede desempeñar un papel central: ofrecer un espacio donde el dolor se nombre, se comparta y encuentre algún tipo de elaboración posible.
Del shock al duelo
Los especialistas coinciden en algunas acciones concretas que pueden orientar a las escuelas que deben afrontar un proceso de duelo. Entre las principales recomendaciones aparece generar espacios de conversación abiertos, sostenidos en el tiempo y coordinados por profesionales.
Las fuentes consultadas coinciden en que la tarea excede a la escuela: requiere articular con equipos de orientación y profesionales de la salud, pero también incluir a las familias en instancias de acompañamiento, con o sin la presencia de los estudiantes. En todos los casos, sugieren anticipar el sentido de las intervenciones y explicar por qué se hacen.

Varios expertos destacan la importancia del cuidado entre pares. “Si entre el grupo de compañeros alguno detecta algo que le preocupa, es importante que lo comunique, no como una denuncia sino como un gesto de cuidado”, señala Maroño. Ese cambio de sentido –de la delación al cuidado– es parte de la construcción de una cultura institucional que ayude a prevenir.
El mayor obstáculo para seguir adelante –coinciden– es el silencio. “Lo que no debe hacerse es dejar de hablar”, insiste Maroño. Castro Santander coincide: “Imponer un pacto de silencio o tratar de clausurar el tema es una forma de negar el dolor. Y eso, lejos de proteger, puede agravar la situación”.
Para Maroño, sostener la asistencia a la escuela también es parte del proceso. “Pero no como si nada hubiera pasado, sino tolerando la angustia, la tristeza, el miedo y la incertidumbre, y dándose el tiempo necesario para elaborar lo ocurrido”.
La escuela en crisis
Alejandro Nespral es médico pediatra y creador de la fundación Ideas Paliativas en Acción (IPA) y de Cultura Paliativa (CUPA) en Bariloche. Allí coordina el proyecto “Duelo en escuelas”, que desde hace más de 10 años acompaña a instituciones educativas en el abordaje de la muerte, la pérdida y el duelo. Para Nespral, autor del libro ¿Morir duele?, es esencial entender que una muerte en la escuela no implica solo un desafío emocional: también supone una crisis institucional.
“Una escuela en duelo es una escuela en crisis –explica Nespral–. Tiene uno o más problemas por delante que requieren organización: cómo se va a manejar la situación en el aula, cómo se va a acompañar a la familia, cómo se va a sostener al equipo docente. Hay que planificar una respuesta y no actuar solo desde la urgencia”.
Más allá de episodios extraordinarios como el de San Cristóbal, la muerte no es ajena a la vida escolar. En algún momento, todas las instituciones educativas enfrentan la pérdida de un estudiante, un docente o un miembro de la comunidad. Sin embargo, Nespral advierte que la mayoría de las escuelas no tiene herramientas para afrontar esas experiencias.
“Cuando tienen que abordar una situación de muerte o de duelo, los docentes en general no tienen formación. Entonces responden desde su experiencia, sus creencias o su intuición. Y eso genera una asimetría con otras prácticas educativas, donde sí hay formación y criterios pedagógicos claros”, sostiene.
Uno de los ejes de trabajo del proyecto “Duelo en escuelas” es la formación docente en estos temas. “Acompañar en duelo no es solo dar un abrazo o compartir un mate. Eso es importante, pero también se necesita conocimiento. Hay que poder detectar a aquellos estudiantes para quienes el duelo se vuelve más complejo, entender qué señales mirar, cómo intervenir. Las escuelas en duelo tienen tareas específicas”, afirma Nespral.

Romper el tabú
Hay una suerte de tabú en torno a estas cuestiones: no es fácil hablar de ellas. “La muerte y el duelo son temas centrales de la experiencia humana, pero tienen poca visibilidad en la comunidad y, por lo tanto, en la escuela”, advierte Nespral.
Esa invisibilización se traduce en una falta de preparación. “Hay como una sensación de que mientras la muerte no ocurra, no es un tema del cual haya que hablar. Pero lo cierto es que forma parte de la vida de los niños, niñas y adolescentes. No solo cuando alguien muere: también hay duelos por separaciones, mudanzas, cambios. El duelo es más amplio que la muerte, aunque la muerte sea la pérdida más radical”.
El problema es que, muchas veces, los niños no encuentran adultos disponibles para acompañarlos. “A los chicos les interesa el tema de la muerte. Lo exploran, preguntan, juegan con eso. Pero no siempre encuentran espacios donde puedan hacerlo de manera acompañada”, señala.
Desde fines de los noventa, varios especialistas de distintos países de habla hispana empezaron a desarrollar una “pedagogía de la muerte”: la expresión hace referencia a un conjunto de trabajos e investigaciones educativas que buscan “normalizar” la muerte y el duelo como temas pedagógicos en las currículas escolares.
“El duelo es un aspecto fundamental de la vida humana, porque está asociado a la muerte, que es inevitable”, plantea el antropólogo Darío Radosta, investigador del Conicet y del proyecto “Duelo en escuelas”. Y agrega: “Desde la pedagogía de la muerte consideramos que la escuela está para enseñar sobre estos temas, como enseña otros contenidos que son centrales para la vida”.
Para Radosta, abordar la muerte y el duelo en la escuela tiene un efecto cultural: “Cuando uno ‘pedagogiza’ un tema, lo normaliza culturalmente. Y eso hace que la ansiedad frente a la muerte baje y que los procesos de duelo sean más transitables. En otras sociedades donde esto se trabaja más abiertamente, se ve con claridad ese efecto”.

También cuestiona un mito extendido: que los niños no pueden comprender estos temas. “No hay que preguntarse si hay que hablar de la muerte con los chicos, sino cómo hacerlo. Adaptándolo a sus herramientas cognitivas, a su edad, a su experiencia. Es un mito que no entienden o que hablar de esto les hace daño”.
Nespral coincide y lo plantea en términos prácticos: “Si vamos a discutir estos temas recién cuando alguien se muere, esa conversación va a ser más pobre. Vamos a estar todos atravesados por la emoción, urgidos, shockeados. Por eso es tan importante poder hablar cuando no ha ocurrido una muerte, formarse, intercambiar entre docentes, construir criterios compartidos”.
Hace falta una aldea
Otro punto de acuerdo entre los especialistas es que la escuela no puede enfrentar estas situaciones en soledad. “Para educar y sanar, hace falta una aldea entera –sostiene Castro Santander–. Es la comunidad en su conjunto la que debe tejer una red de contención que abrace a la institución. La escuela no puede cargar sola con una tarea que es social”.
Eso implica el trabajo articulado con familias, equipos de salud, organizaciones y otros actores sociales. Pero también abarca una responsabilidad adulta más amplia.
“La violencia que aparece en la escuela no nace de la nada. Refleja climas, aprendizajes y fracturas del mundo adulto. Nuestro desafío es no convertir el dolor en estigmatización y asumir nuestro rol como adultos cuidadores”, advierte Castro Santander. Y agrega: “En medio de esta herida inmensa, tenemos una responsabilidad común: dejar de estar distraídos del otro, reparar la convivencia y volver a mirarnos con verdadera empatía para que nuestras escuelas sigan siendo espacios de vida, cuidado y esperanza”.
No se trata de encontrarle un sentido forzado a lo absurdo, sino de recordar juntos a quien ya no está, poniendo en común la tristeza, el desconcierto, la bronca. Se trata, según los especialistas, de no dejar a los chicos solos ante la muerte. La escuela –subrayan– debe ser acompañada para poder acompañar el dolor de estudiantes, docentes y familias. Esa trama afectiva no va a borrar la herida, pero quizás permita que, con el tiempo, el dolor pueda transformarse.
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