Monterrey volvió a convertirse, por unos días, en el punto de encuentro de una conversación que no se limita --nunca se limitó-- al mundo tecnológico. La inteligencia artificial, su legitimidad, su impacto social y la responsabilidad de quienes la desarrollan y la usan fueron el centro gravitacional del debate que propuso la nueva edición del IFE Conference, organizado por el Instituto para el Futuro de la Educación del Tec de Monterrey.
El cierre dejó el mensaje de que la IA puede ser una aliada estratégica de la educación, siempre que su adopción esté guiada por principios éticos, enfoque humano y propósito social. En ese marco, la idea de “disrupción” dejó de ser una consigna y pasó a describir un cambio de escala.

Los participantes de la conferencia compartieron la idea de que la educación enfrenta la transformación tecnológica más profunda de su historia, no por la novedad de las herramientas, sino por la velocidad con la que se incorporan a la vida cotidiana. Y, sobre todo, por el modo en que obligan a replantear qué vale la pena enseñar y cómo medir lo aprendido. La tecnología, entonces, no debe empujar a la educación hacia una lógica de automatización, sino hacia una ampliación de capacidades: pensamiento crítico, creatividad y aprendizaje a lo largo de toda la vida.
Un congreso educativo cada vez más vibrante
La 11° edición del IFE Conference reunió a expertos, académicos y líderes del ecosistema de innovación educativa provenientes de 46 países. La ciudad recibió a 4.300 participantes presenciales y más de 1.400 asistentes virtuales, representantes de más de 1,000 organizaciones públicas, privadas y de la sociedad civil. El programa incluyó alrededor de 500 actividades académicas y la presentación de 106 artículos de investigación indexados en Scopus, un indicador que el Tec destacó como parte del perfil científico del evento y como señal de su peso en el circuito internacional de la innovación educativa.
La lista de ponentes también apuntó a esa vocación global. Participaron, entre otros, Bruce Au, secretario general de la Yidan Prize Foundation; Chua Kee Chaing, rector del Singapore Institute of Technology; Asyia Kazmi, directora general del World Innovation Summit for Education (WISE); Pedro Antonio Noguera, decano de la University of Southern California; y Yasmin Kafai, profesora de Ciencias del Aprendizaje de la Universidad de Pensilvania.
Desde miradas distintas, sus intervenciones convergieron en un mismo señalamiento: incorporar tecnologías emergentes sin criterio puede consolidar desigualdades preexistentes, ampliar brechas y desplazar debates de fondo sobre el sentido de la educación.
En ese punto, la ética se planteó como una condición de diseño que como una cláusula: qué datos se usan, con qué sesgos, con qué reglas de transparencia, quién decide y quién queda fuera. La educación, se dijo, no puede delegar su horizonte en la promesa de eficiencia. Las discusiones se enfocaron en cómo orientar estas herramientas hacia resultados verificables en términos de inclusión, calidad y oportunidades, especialmente en América Latina.
La estrategia “glocal” del Tec
Juan Pablo Murra, rector del Tecnológico de Monterrey, dijo: “Históricamente nos hemos distinguido por ser una institución educativa con visión global, como lo demuestran las alianzas que hemos construido con universidades y organizaciones alrededor el mundo. Hoy queremos ir más lejos: llevar al Tecnológico de Monterrey a nuevos espacios, pero también atraer al mundo hacia el Tec. Este congreso es reflejo de esa vocación internacional y del papel que la educación puede jugar para enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo”.
Con esta edición, el Tec reafirma su intención de liderar una transición hacia modelos educativos que integren habilidades digitales, aprendizaje continuo y el uso estratégico de la inteligencia artificial, bajo una visión ética, inclusiva y centrada en las personas.

En el trasfondo, queda la pregunta que ordenó buena parte de las conversaciones: si la IA ya forma parte del presente, el desafío no es elegir entre adoptarla o resistirla, sino decidir con qué criterios se la incorpora para que potencie —y no reemplace— aquello que la educación todavía tiene de irrenunciable.
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