
La lectura siempre ha acompañado los trayectos humanos: del tranvía al tren, del barco al avión. Todavía hoy, en medio del vértigo urbano, es frecuente ver a hombres y mujeres que aprovechan el tiempo de viaje para sumergirse en una historia que los evada del tránsito y la rutina. Como escribió César Bruto: “Un libro en el bolsillo hace olvidar la pesadez del camino”.
No se trata de una práctica menor: los viajes y las lecturas se encuentran desde hace siglos en un pacto secreto. Los libros parecen hechos para acompañar los desplazamientos, para llenar los minutos de espera, para envolver con palabras los ruidos de las ruedas y los motores.
Nuestra literatura refleja esta escena entrañable en muchas páginas memorables. Desde Oliverio Girondo y sus 20 poemas para leer en el tranvía, dirigido a esos lectores que se trasladan de un lugar a otro con un libro en el bolsillo que les permita hacer de los trayectos un espacio íntimo. Hasta El hombre que viajaba en tranvía, de Julio Cortázar, que, entre paradas, se dedica a leer y donde la deriva de la ciudad se confunde con la deriva de las palabras.

También Roberto Arlt, en sus Aguafuertes porteñas, describe con precisión esa imagen cotidiana de los pasajeros que insisten en abrir el diario en colectivos y tranvías, incluso en medio del apretujamiento, como si el libro les ofreciera un conducto secreto a otro mundo. Y Jorge Luis Borges, en El Aleph, evoca los viajes en colectivo y subte con la naturalidad de quien encuentra en ese tiempo la ocasión perfecta para abrir un libro.
Leer en tránsito es mucho más que llenar el tiempo: es transformar un trayecto cualquiera en un viaje paralelo, abrir un paréntesis de silencio en medio del ruido de la ciudad.

¿Por qué leer en los viajes resulta tan atractivo?
La respuesta a esta pregunta involucra varios motivos que combinan lo práctico, lo psicológico y lo simbólico.
- Transforma el tiempo muerto en tiempo vivo: Los traslados suelen ser tiempos de espera: minutos o incluso horas que parecen desperdiciarse. La lectura convierte esos intervalos en un espacio productivo y placentero, donde la rutina se llena de sentido.
- Crea un refugio en medio del ruido: Subtes, colectivos o trenes son escenarios de bullicio y movimiento constante. Abrir un libro genera un pequeño espacio de intimidad, casi una cápsula de silencio personal, aun rodeado de multitudes.
- Ofrece evasión y compañía: Una novela, un poema o un diario pueden transformar un viaje en otra travesía, interior y paralela. La lectura se convierte en un “segundo viaje”: mientras el cuerpo se traslada en un medio de transporte, la mente se desplaza por paisajes imaginarios.
Por todo esto, leer en los viajes es tan atractivo: porque convierte la espera en experiencia, el ruido en silencio, la rutina en descubrimiento.

La lectura como práctica social y cultural
La lectura, entendida como práctica social, trasciende la experiencia individual y se convierte en un acto de encuentro. Leer en público (en una biblioteca, en la escuela, en la plaza o en un vagón de subte) nos recuerda que los libros son también espacios compartidos de memoria y diálogo. Cada lector, al abrir un texto, se enlaza con una comunidad más amplia: la de quienes leyeron antes, la de quienes leerán después, la de quienes comentan, recomiendan o regalan un libro. En este sentido, la lectura no solo construye subjetividades, también teje lazos culturales que fortalecen a la sociedad. Por eso, este 24 de agosto, en la Ciudad de Buenos Aires, ese cruce entre viaje y lectura adquiere una nueva forma: la Línea D inaugurará un vagón de lectura, una sala rodante que invitará a los pasajeros a habitar la palabra escrita mientras el tren avanza bajo tierra. Un gesto simbólico y poderoso: recordarnos que los libros, esos entrañables compañeros de ruta, también viajan con nosotros.
Silvana Cataldo es especialista en innovación educativa y Líder pedagógica del Programa ¡A leer en vivo! de Ticmas.
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