Desde su formación en antropología y su labor en entornos 100% tecnológicos, Roi Benítez propuso en el tercer día del Seminario de Innovación Educativa de Ticmas en la FIL 2025 un enfoque radical y concreto para enfrentar los desafíos del presente: gestionar la complejidad como un diseño estratégico, desde lo humano y lo situado, para transformar organizaciones educativas.
“¿Qué hace un antropólogo trabajando en tecnología?”, se preguntó al comenzar. Su respuesta fue tan clara como desafiante: “Mi trabajo es entender el campo”, explicó. Y ese campo no es otro que la región latinoamericana entera, donde lidera productos de aprendizaje y conocimiento en un organismo internacional.
En la presentación, que fue introducida y despedida por Patricio Zunini, Benítez tomó el micrófono para sentar las bases de lo que es trabajar desde el conjunto de una carrera social y ciencias duras.
Una etnografía del presente digital
Benítez se definió como una “traductora entre ingenieros en inteligencia artificial y expertos en gestión del conocimiento”. Desde allí, articuló una charla donde la antropología, la tecnología y el diseño se entrelazan para abordar una misión urgente: hacer que las cosas pasen.
“No es tarea fácil diseñar productos de aprendizaje atravesados por tecnología compleja. Es un día a día constante. Es surfear la complejidad en su máxima expresión”, dijo. Para transmitir esa sensación, eligió una imagen poderosa: “Gestionar la complejidad es como tener un elefante adentro de una habitación llena de vasos de cristal”.
La expositora recuperó el modelo de Dave Snowden, que diferencia entre dominios simples, complicados, complejos y caóticos. Pero luego lo amplificó con un giro local: su mentor, el argentino Fernando Zerboni, propone una lectura más cruda del presente. “Estamos en un mundo turrón”, repitió Benítez. ¿Qué significa? “Que estos dominios de problemas suceden 24/7, todo el tiempo”.
Cuando se diseñan soluciones digitales en contextos inestables, el escenario puede cambiar de un momento a otro. “Es un volver a empezar constante… gestionar la incertidumbre te estruja el estómago casi a diario”, admitió.
Una de las premisas más insistentes fue abandonar el diseño desde el escritorio. “No diseñamos para nosotros. Diseñamos para un otro”, dijo. Y con eso lanzó una crítica a los abordajes centrados únicamente en la experiencia del diseñador: “Si el problema está mal definido, la pifiamos”.
La clave es explorar diseños sensibles al contexto, que eviten tanto la salida grandilocuente como el reduccionismo tecnológico. “Muchas veces la innovación está en las cosas simples. En las sutilezas”, insistió. El testeo en pequeño, el error barato y la iteración constante son, según su enfoque, recursos más valiosos que el despliegue de soluciones espectaculares sin validación previa.
Pedagogías del borde y la infraestructura invisible
Benítez propuso una serie de enfoques que denominó “Pedagogías del borde”. Estas parten del foco en el problema, el reconocimiento de las estructuras de poder y una crítica a la obsesión por la cuantificación.
“Nos encanta medir con números, pero como buena antropóloga les digo que también es importante hacerle preguntas a esos datos”, argumentó. Así introdujo la distinción entre Big Data y Thick Data, entre lo masivo y lo denso. Lo importante no es solo qué emergente aparece, sino por qué aparece.
La solución, según Benítez, no es individual. “Hay que mirar quién resolvió algo parecido, quién hizo algo similar”, propuso. Invocó una lógica de cooperación, de aprendizaje compartido, de interoperabilidad.
Esto implica pensar soluciones que escalen más allá del aula o el producto puntual: “Si estás diseñando una política pública educativa, cómo podemos escalar la solución para conectar con otros niveles de gobierno”, ejemplificó.
Ampliar la mirada y sostener el crujido
En el cierre, Patricio Zunini le pidió una clave concreta para que directivos y docentes pudieran comenzar a aplicar su enfoque. Benítez respondió con sencillez:
“Dejar de diseñar basados en nosotros… alejarse un poquito y empezar a mirar y diseñar desde otro lugar. Traer la mirada diversa.
Para cerrar, Benítez recurrió a Otto Scharmer, con su modelo de la Teoría U. “Si nosotros abrimos la voluntad, el corazón y la mente podemos generar grandes cambios transformacionales… pero si los cerramos, caemos en lo destructivo”, advirtió.
A lo largo de su intervención, volvió varias veces a un concepto clave: el crujido. Innovar, dijo, es “sostener el crujido”, esa tensión incómoda de estar entre lo que se quiere hacer y lo que aún no se logra. En esa fricción, concluyó, está la posibilidad de girar la flecha, de impactar de manera distinta y con más valor.
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