
Playboy, la revista fundada por Hugh Hefner en 1953, que a partir de fotos de deslumbrantes modelos desnudas y extensas entrevistas de alto nivel periodístico a figuras destacadas de la cultura, la política y la vida social norteamericana deslumbró y entretuvo durante décadas a millones de personas y con el logo del conejito se esparció como marca internacional por todo el mundo, ya no es más una revista y hay quienes dudan que pueda seguir siendo una compañía.
La revista tuvo una extensa edad de oro, atravesó clases sociales y hasta acuñó la broma-cliché de que había quienes la compraban “por las entrevistas”. Siempre rodeado en su mansión de Beverly Hills por jóvenes beldades, Hefner fue considerado por la crítica Camille Paglia, suerte de Beatriz Sarlo norteamericana, “uno de los principales arquitectos de la revolución cultural”, pero mucho antes de su muerte en 2017 su magia había dejado de funcionar.
Por cierto, no alcanzaba para pagar las cuentas. Tampoco había podido su hija, Christie Hefner, nombrada presidenta en 1982 y CEO de la empresa entre 1988 y 2009. Christie, graduada “Suma cum Laude” de la Universidad Brandeis, intentó en vano, y con negocios menos glamorosos que los de su padre, como casinos y clubes de juego y diferentes licencias, mantener en alto el valor de la empresa.
La proliferación del porno por internet fue fatal para Playboy, que finalmente dejó de cotizar en Wall Street en 2011, cuando llegó a valer poco más de USD 200 millones, lo mismo que cuando había empezado a cotizar en 1971. Cuarenta años después, su valor real era muy inferior.

Sobreviviendo
Desde entonces, Playboy sobrevivió mediante licencias para la fabricación de ropa “exterior” y venta online de ropa interior. Su principal mercado es China. El último número impreso de la revista se publicó en la última primavera boreal. El mundo por cierto cambió desde los años de Hefner y sus conejitas, pero Mountain Crest Acquisition, un “vehículo de inversión para propósitos especiales”, piensa que Playboy sigue siendo una marca, un “intangible”, de inmenso valor y la semana pasada anunció una fusión que valoró la compañía en USD 239 millones, cerca de 1% del valor de Disney, por caso, un coloso de la industria del entretenimiento.
Según un artículo de Reuters, los inversores apuestan a recuperar gran parte de los USD 3.000 millones que consumidores de todo el mundo pagan por productos con el logo del conejo, pero de los que la empresa recibe apenas el 5 por ciento. La idea, dicen, es entrar en nuevas líneas de negocios, acordar nuevas licencias y estampar el conejo en todo tipo de productos, desde ropa para bebés hasta esencias derivadas de marihuana capaces de estimular los deseos sexuales.
Se trata de convertir a Playboy en una “empresa-plataforma” a la vista de Wall Street y apuntándole en especial a consumidores de “bienestar sexual”. Un mercado que mueve unos 3 billones (millones de millones) de dólares al año, pero tremendamente competitivo. No le será fácil a Playboy, que en los últimos años facturó apenas USD 130 millones anuales, nadar entre tiburones y a la vista de todos los inversores.
Hasta Hefner, tan inclinado a romper tabúes, dice el artículo de Reuters, sabía que ciertas cosas era mejor hacerlas en privado.
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