
Quizás como nunca antes, esta Copa América se caracteriza por un altísimo porcentaje de futbolistas que actúan en equipos que participan en ligas fuera de sus países de origen, mayormente europeas. De pronto, se potencia ese reclamo plañidero sobre lo complejo que es darle funcionamiento fluido y ciertamente exitoso a seleccionados cuyos entrenadores casi no disponen de tiempo para instalar una idea, en tanto sus elegidos juegan torneos a miles de kilómetros de distancia.
Ejemplos del momento. De los 26 integrantes del plantel de Paraguay, 18 representan a clubes fuera del país. Chile, 19. Brasil, 22. Colombia, 25. Probablemente el caso más paradójico sea el del anfitrión, con apenas 2 jugadores que actúan en equipos de la MLS, lo que representa todo un diagnostico respecto del real peso especifico de la liga en la que compiten Messi, Suárez y compañía.
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Más allá de altas y bajas de colombianos y brasileños, hay dos equipos que, en cuanto a disponer de un estilo definido, rompen el molde. Uruguay, que ya desde su muy buena campaña en lo que se lleva jugado de las eliminatorias viene desparramando donde sea y contra quien sea la impronta Bielsa pese a que todos los miembros del plantel que está jugando el torneo compiten fuera del país. Y, obviamente, la Argentina (solo Armani compite en la liga local) la que, independientemente de actuaciones con oscilaciones mantiene una línea de juego y una cierta garantía de eficacia. El equipo de Scaloni deja en claro todo el tiempo lo que intenta hacer dentro de la cancha. Y parece no costarle demasiado afianzar el concepto pese a que apenas repitió formación en un par de los más de 70 partidos disputados hasta aquí. Historial que, vale recordarlo, apenas si acumula 6 partidos perdidos.
Esta es una de las principales razones por las que parece impropio calificar como alternativo al equipo que salió a la cancha contra Perú para cerrar la fase de grupos.
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Ese mismo equipo titular que, condicionado por el absurdo de un rival mucho más preocupado por neutralizar que por jugar alguna carta que modificara su destino en el torneo, aburrió en un primer tiempo con largos periodos de posesión a veces lenta, a veces inesperadamente imprecisa, muy esporádicamente digna de sus propios antecedentes, y resolvió todo de acuerdo con su jerarquía de equipo entre serio y brillante en un segundo tiempo reivindicador.
Algunos viejos maestros del periodismo gráfico aconsejaban no dividir la crónica de un encuentro en primer y segundo tiempo. Anoche, la Argentina les dio una vez más la razón.
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De todos modos, aun en el tramo de cierto tedio, no dejó de haber algo de mérito si acomodamos en el haber el nivel de respeto que nuestro seleccionado genera en cuanto rival se le cruce: salvo en la dura derrota ante Uruguay en la Bombonera, no abundan los adversarios que se le animen.
Es de lógica rabiosa que así sea tratándose de un plantel –no solo ya el equipo que sale a jugar- que con mejores y peores momentos, con segmentos en los que se confunde control y juego lateralizado con dominio lento, improductivo y con escasos arrebatos de audacia, jamás negocia su idiosincrasia. En todo caso, es admirable que, a su manera, con cierto grado de ineficacia y sin siquiera haber jugado bien más que de a ratos en los tres primeros partidos del torneo, haya generado más de una decena de jugadas de riesgo promedio. Con la renovada explosión de Lautaro Martinez y con esos momentos de delicia en los que el equipo juega a hacer jugadas.
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Aun antes de entrar en zona de play-offs, el torneo parece haber delineado con cierta claridad el presente de cada equipo. Dicho ya lo de Argentina y Uruguay, se ve a Brasil como un equipo que depende demasiado de la explosión de sus delanteros –lo bueno de Vinicius es tan bueno que termina licuando lo malo- a partir de una estructura a la que a veces le falta fluidez en el resto de sus líneas y a Colombia con una potencia ofensiva a veces asfixtiante, mas allá del muy buen juego aéreo que combina mejor que los demás ejecutantes exquisitos y cabezas contundentes. Más allá del impacto de la pronta clasificación de Venezuela, que amenaza con llegar a su primer Mundial, y de las oscilaciones de Ecuador, aquello que decía Bilardo sobre que Burruchaga tira un centro en Nantes y Ruggeri lo cabecea en Madrid parece hacerse carne en la renovación que aún no le llega ni a peruanos, ni a chilenos ni a paraguayos.
Con independencia de lo que suceda de aquí en adelante –nunca es bueno excederse en la confianza cuando sos candidato y entrás en zona de definición-, la Argentina sigue dando pasos firmes y mientras solidifica el presente no abandona la idea de empezar a parir el futuro.
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Hoy son Garnacho y Carboni. En el Mundial fueron Enzo Fernández y Julián Alvarez. Y perdemos de vista que una parte importante de la columna vertebral del equipo la constituyen apellidos que, hasta hace muy poco tiempo eran o impensados para una convocatoria o directamente ignotos para al gran público. Es el caso de MacAllister, Nico González y Lisandro Martínez que debutaron con Scaloni hace apenas cinco años (Lautaro solo había jugado un encuentro hasta la llegada del hombre de Pujato). Y el de Dibu Martínez y Cuti Romero, a quienes se convocó por primera vez recién un año antes del Mundial de Qatar.
Mientras seguimos celebrando la vigencia de Messi, empezamos a despedir con nostalgia a Di María y sentimos tranquilidad sabiendo que, de titular o desde el banco, la presencia de Otamendi sigue siendo una garantía, el seleccionado parece atravesar ese estado de gracia que califica a los grupos que, sin ignorar el aquí y ahora se va preparando para lo que se viene. Legado, que le dicen.
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