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Ludwig Wittgenstein, filósofo austríaco: “El humor no es un estado de ánimo, sino una perspectiva del mundo”

Cuando la risa inteligente se convierte en el último escudo contra la barbarie y el absurdo. Un recorrido por el aforismo más humano del hombre que hizo de la filosofía una trinchera ética

Ludwig Wittgenstein
Ludwig Wittgenstein, filósofo austríaco: “El humor no es un estado de ánimo, sino una perspectiva del mundo”
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¿Qué nos queda cuando las certezas se desmoronan y la realidad muestra su rostro más cruel? Solemos concebir la risa como un simple analgésico, un rapto de alegría pasajera o una distracción banal para olvidar los problemas. Sin embargo, el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein pateó el tablero de la psicología tradicional al sostener que el humor constituye una Weltanschauung: una postura ética, una cosmovisión rigurosa y una forma inquebrantable de pararse frente al sinsentido de la existencia.

“El humor no es un estado de ánimo, sino una perspectiva del mundo”, escribió este pensador enigmático y radical. El texto donde se halla grabada esta sentencia es Cultura y valor, una recopilación póstuma de sus notas personales editada bajo el título alemán de Vermischte Bemerkungen. Escrita en 1948, en la tranquilidad de su exilio en la costa de Irlanda y tras haber presenciado el colapso moral de Europa, la frase funciona como el testamento espiritual de su segunda etapa filosófica.

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La importancia de este libro radica en que desuda su lado más íntimo y humano, permitiéndonos entender que detrás de sus ecuaciones y sus frías disecciones del lenguaje existía una profunda y atormentada preocupación por la ética, el arte y la religión. En este texto, la frase se expande con una aclaración: Si es correcto decir que en la Alemania nazi se destruyó el humor, esto no significa algo así como que la gente no estuviera de buen humor, sino algo mucho más profundo e importante”.

Esta idea condensa a la perfección el núcleo del pensamiento de su autor. La gran obsesión de Ludwig Wittgenstein, plasmada en sus obras cumbres como el Tractatus Logico-Philosophicus (1921) y sus póstumas Investigaciones filosóficas (1953), fue curar a la mente humana de los “embrujamientos” y laberintos causados por el mal uso de las palabras. Él definía a la filosofía no como una doctrina académica, sino como una actividad terapéutica. En este sentido, el humor opera bajo la misma lógica.

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Cubierta de libro de Ludwig Wittgenstein "Aforismos: Cultura y Valor", con fondo verde compuesto por letras y símbolos.
"Aforismos: Cultura y Valor" de Ludwig Wittgenstein, una recopilación póstuma de sus notas personales

Para el filósofo austríaco, el humor es un ejercicio de distanciamiento crítico. Reírse de algo —o descubrir el absurdo de una situación— exige salirse de las reglas rígidas del juego de lenguaje en el que estamos atrapados. Para Wittgenstein, el humor inteligente no es chabacanería; es lucidez pura. Es la capacidad de ver el mundo desde otro lugar, desde un afuera, desarmando la solemnidad de los dogmas y los castillos de naipes que los seres humanos construimos para pretender que lo controlamos todo.

El contexto en el que se gestaron estas líneas está profundamente marcado por las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Wittgenstein, de ascendencia judía, había visto cómo el totalitarismo nazi devoraba su Austria natal y destruía la vibrante cultura europea que tanto amaba. En un mundo donde la propaganda política imponía discursos monolíticos y verdades absolutas, el filósofo entendió que el humor era la primera víctima del fascismo porque la risa es inherentemente subversiva.

El nazismo podía tolerar que la gente estuviera “alegre” en festivales coreografiados, pero no podía permitir el humor, porque este introduce la duda, expone el ridículo del poder y devuelve al individuo su libertad de pensamiento. A casi ochenta años de haber sido anotada en un cuaderno de apuntes, la tesis de Cultura y valor resuena hoy con una vigencia urgente. ¿Para qué sirve la filosofía sino es para pensar todos los presentes juntos? El objetivo, decía, es “mostrarle a la mosca la salida de la botella”.

En una era digital saturada de polarización y discursos solemnes en redes sociales, donde cada facción política se atrinchera en sus propias certezas infalibles, la risa cínica o el chiste fácil abundan, pero el verdadero humor escasea. La lección de Wittgenstein nos recuerda que el humor no se mide en la cantidad de carcajadas vacías, sino en la honestidad y el coraje de adoptar una perspectiva que nos permita mirar de frente al absurdo de la realidad, sin perder la cordura ni ceder ante la barbarie.

Ludwig Wittgenstein
Wittgenstein ocupó una cátedra en el prestigioso Trinity College de Cambridge, donde sus clases, desprovistas de solemnidad y dictadas casi en trance, marcaron a toda una generación de pensadores que luego continuarían su tarea

¿Quién fue Ludwig Wittgenstein?

Ludwig Wittgenstein nació el 26 de abril de 1889 en Viena, en una familia rica, influyente y culta del Imperio austrohúngaro. Rodeado desde niño por genios de la música y el arte como Johannes Brahms o Gustav Klimt, su vida estuvo marcada por una profunda exigencia intelectual y tormentos existenciales que llevaron al suicidio a tres de sus hermanos. Formado como ingeniero aeronáutico, su fascinación por los fundamentos de las matemáticas lo llevó a Cambridge a estudiar con Bertrand Russell.

Tras combatir voluntariamente en la Primera Guerra Mundial en el frente austríaco, donde redactó en las trincheras su célebre Tractatus Logico-Philosophicus (1921), tomó una decisión que desconcertó a la alta sociedad europea: renunció por completo a la inmensa fortuna heredada de su padre y se retiró a trabajar como maestro de escuela rural en humildes pueblos de Austria, y más tarde como jardinero de un monasterio. Su regreso a la filosofía a finales de la década de 1920 revolucionó la disciplina.

Ocupó una cátedra en el prestigioso Trinity College de Cambridge, donde sus clases, desprovistas de solemnidad y dictadas casi en trance, marcaron a toda una generación de pensadores que luego continuarían su tarea. En esta segunda etapa, que daría vida a sus monumentales Investigaciones filosóficas (1953), descartó sus teorías previas para defender que el lenguaje no es un espejo lógico del mundo, sino una caja de herramientas viva cuyos significados dependen del uso cotidiano en la comunidad.

Excéntrico, huraño y poseedor de un rigor ético casi monacal, el filósofo austríaco, uno de los más destacados del siglo XX, no sólo por sus ideas, sino por la vehemencia en que las transmitía, pasó sus últimos años recluido en cabañas aisladas y viajando constantemente. Falleció a causa de un cáncer de próstata el 28 de abril de 1951 en Cambridge, a los 62 años, legando a la posteridad una última y conmovedora frase que resumió su indomable paso por la tierra: “Diles que mi vida fue maravillosa”.

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