
¿Qué era para nosotros el arte? Era la mágica posibilidad de percibir la realidad a través de sonidos, de colores, de texturas, que transmutados por la alquimia de la creación, ofrecen el espejismo de otra realidad.
Era la emoción compartida, porque usted supo, cuando al pie de la escalinata del Louvre alcé lo ojos y descubrí la Victoria de Samotracia, que en ese instante, anulado el tiempo, se superponía a esa escultura la imagen de una lámina en un libro de arte que mi padre me regaló. Con ese libro me dio, a los cuatro años, sin que yo lo supiera, la primera lección de estética de mi vida. Me enseñó qué era la belleza. Recuerdo que ante mi desencanto porque la figura no tenía una cabeza, un rostro, con infinita paciencia me dijo que observara los pliegues de la túnica agitados por la brisa del mar. Detener en ese movimiento la brisa del mar, para la eternidad, eso era la belleza. El arte y sólo el arte, podía lograrlo.
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No lo olvidé nunca, esto signó de algún modo mi vida y se proyectó en lo que sería mi relación con Borges. Nuestra decantada relación que fue pasando a través del tiempo por distintas facetas hasta culminar en el amor que nos habitaba, mucho antes de que usted me lo dijera, mucho antes de que yo tuviera conciencia de mis sentimientos.
Ese amor revelado fue pasión insaciable para colmar el sentimiento vago, indescifrable que experimenté por usted siendo niña, cuando alguien me tradujo un poema dedicado a una mujer a la que amó años antes que yo naciera. A esa mujer a la que le decía:
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I can give you my loneliness, my darkness, the unger of my heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat.
Ese amor del que fue dejando trazas a lo largo de sus libros sin decírmelo, hasta que me lo reveló en Islandia. Ese amor protegido como en la Völsunga Saga por un mágico círculo de fuego, cuyo resplandor nos ocultaba de las miradas indiscretas, para poder ser Ulrica y Javier Otárola, nombres que elegí, de todos los que nos dábamos, para grabarlos en la estela de piedra que señala el punto desde el que su alma entró en el Gran Mar, como llamaban a la muerte los florentinos, pero que a la vez relata nuestro encuentro. Aunque parezca una paradoja, la muerte y la vida no son signos opuestos, sino que son un solo fluir cuando el vínculo entre el ser que parte y el que queda es el amor.
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Por eso, cuando me trajeron el proyecto para hacer una exposición de pintura inspirada en las obras que usted me dedicó, sentí temor de esa materialización que sus palabras sufrirían al convertirse en motivo de inspiración de otros creadores. Sin embargo, reflexioné en la intensidad de los momentos que vivíamos en nuestras visitas a los museos a lo largo y a lo ancho del mundo, y pensé que esa podía ser una maravillosa alquimia que exaltaría el Amor, buscado a tientas por dos almas aún sin nombres que fueron, son y seguirán siendo un hombre y una mujer, Tristán e Isolda, Dante y Beatriz, Frida Kahlo y Rivera, Ulrica y Javier Otárola, poco importa cómo se llamen si en el encuentro sienten que se pertenecen con esa llama de pasión inextinguible que no consume, sino que da fuerzas para sentir que aún en el infierno, como Paolo y Francesca, ese castigo no es terrible porque lo comparten. Hasta el infierno es ilusorio como es ilusorio el mundo para los que se aman porque sólo ellos existen.
Esa dinastía que no se hereda ni se compra es un desafío y un don que debe preservarse a lo largo del tiempo de nuestra vida y más allá aún, a través de los siglos por la magia del arte.
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Desde el centro de nuestro jardín secreto se alza esa llama que pertenece a la dinastía de los amantes. A partir del encuentro, gracias al acordado movimiento de los astros, o al azar, según queramos, sigue construyéndose esa invisible cadena que transmutada en arte, o por el simple hecho de existir, hará que las nuevas generaciones sigan creyendo en la armonía del mundo, a pesar de todo.
Esa llama que espero sea como un faro que irradie su luz más fuerte que la de las constelaciones y que llegue hasta el inimaginable confín del universo para que si algo, de alguna forma, persiste del alma humana, le llegue y sienta que esa llama, hecha de amor, de lealtad, de pasión que una vez compartimos, sigue viva en mí para usted "for ever and ever and a day".
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