
México 86 quedó en la retina de los aficionados al fútbol como una de las ediciones más memorables de la Copa del Mundo. Entre una de las actuaciones individuales más determinantes jamás vistas en la historia del fútbol, cortesía de Diego Armando Maradona, la chalaca de Manuel Negrete, partidos memorables como el de Bélgica y la Unión Soviética en octavos de final o los que midieron a Francia con Brasil y a Inglaterra con Argentina en cuartos de final, fue una edición que dejó postales todavía recordadas 40 años después.
Fue un Mundial en el que no faltaron las sorpresas ni las decepciones. Quizás una de las más notorias entre estas últimas fue la protagonizada por la selección de Portugal, que vio sus sueños de gloria truncados por una serie de conflictos internos y desastres logísticos, cuyo impacto se siente hasta hoy en la memoria colectiva del fútbol portugués en lo que se denominó el “caso Saltillo”.
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Se trató de una serie de situaciones que no solo anularon cualquier posibilidad de éxito en el país azteca, sino que desencadenaron una crisis institucional, con jugadores vetados, reputaciones dañadas y la obligación de reconstruir el fútbol portugués desde las bases.
En el proceso, una generación que prometía dar de qué hablar en Europa se vio truncada por una serie de diferencias entre el plantel y la Federación Portuguesa de Fútbol que llegaron a detonar una huelga. Hasta siete jugadores fueron vetados de jugar para su país en los años siguientes por su participación en los hechos.
De Eusebio a Paulo Futre: la historia antes de Saltillo

Antes de 1986, Portugal solo había clasificado a una edición de la Copa del Mundo. Veinte años atrás, los lusos fueron una de las selecciones sensación del Mundial disputado en Inglaterra, terminando terceros bajo el liderazgo de Eusebio y Mario Coluna.
Con el ocaso de la “Pantera de Mozambique”, Portugal encadenó cuatro ausencias consecutivas pese a participar de grupos accesibles. La eliminación más dramática tuvo lugar en las eliminatorias para España 1982, cuando un prometedor arranque se desperdició con cuatro derrotas consecutivas, incluida una goleada 4-1 frente a Israel en Tel Aviv.
Sin embargo, el seleccionado lusitano volvió a estar en boca de todo el “Viejo Continente” con su participación en la Eurocopa de 1984 celebrada en Francia. La selección dirigida por Fernando Cabrita logró una sorpresiva clasificación a las fases de eliminación dejando en el camino a Alemania Federal con un plantel donde destacaban nombres como João Pinto, Fernando Chalana, Manuel Bento, Diamantino o Rui Jordão.
Aunque el camino terminó con la eliminación ante la Francia de Michel Platini en semifinales, las expectativas de retornar al Mundial en México 86 eran altas en el país.
Con un balance de cinco victorias y tres derrotas, Portugal (ahora bajo la dirección técnica de José Augusto Torres) superó su grupo eliminatorio en segundo lugar, solo detrás de Alemania Federal —a la que le ganaron en Stuttgart en el último partido por la mínima diferencia con gol de Carlos Manuel, siendo la primera vez que la Mannschaft perdía un partido de eliminatorias en su historia— y dejando en el camino a Suecia y Checoslovaquia.
Esto coincidió con la explosión durante esas eliminatorias de Paulo Futre, extremo izquierdo del Porto que ya se perfilaba como uno de los jóvenes talentos a seguir a nivel internacional.
El desastre comenzó antes de tomar el avión a México
Antes del viaje a tierras aztecas, el optimismo parecía justificado en Portugal. Había certeza de que podían clasificar a octavos de final tras ser ubicados en el Grupo F junto a Inglaterra, Polonia y Marruecos, inclusive como uno de los mejores terceros del grupo, novedad que se implementó por primera vez en México 86.
La base de la lista de convocados la conformaban en su mayoría futbolistas de Benfica, Porto y algunos del Sporting de Lisboa, apostaba por priorizar la solidez defensiva y la velocidad por las bandas. Sin embargo, dos ausencias causaron polémica: la del veterano Rui Jordão y Manuel Fernandes, el máximo goleador de la liga portuguesa esa temporada, marcando el inicio de las diferencias entre los jugadores y la prensa portuguesa.
El primer escándalo del “caso Saltillo” tuvo lugar antes de tomar el avión rumbo a México, cuando el defensor Veloso, pieza clave del Benfica, dio positivo en un control antidopaje y fue excluido del plantel. Esto dio inicio a una serie de declaraciones cruzadas entre el seleccionador nacional, la Federación Portuguesa de Fútbol y el propio Benfica, entre acusaciones de cuidado inadecuado y alegaciones de inocencia.
Posteriormente, una contraprueba arrojó negativo, pero para entonces Portugal ya estaba en México y Veloso no pudo integrarse al plantel. Su lugar fue asumido por Fernando Bandeirinha, del Académica de Coimbra.
Para agravar las cosas, la logística del viaje causó sorpresa por el agotamiento al que sometió a todo el plantel. Y es que la delegación hizo conexiones entre Lisboa, Frankfurt, Dallas, Ciudad de México y finalmente Saltillo, una ciudad elegida por su proximidad a Monterrey y una altitud pensada como favorable.
Allí se alojaron en el hotel La Torre, ubicado en una colina. Los jugadores no tardaron en quejarse de las condiciones inadecuadas para su preparación, pues el campo de entrenamiento no estaba nivelado, el césped no cumplía con estándares profesionales, sumado a un esquema de seguridad tan excesivo que los jugadores bautizaron el hotel como A Fortaleza.
Esto propició situaciones de indisciplina dentro del plantel. Una de las que alcanzó mayor trascendencia fue la historia de varios jugadores que al no poder cruzar la frontera con Estados Unidos, entregaron dinero a un residente de la zona que prometió traer los encargos desde Laredo, Texas. Sin embargo, nunca regresó.
Fue en ese contexto que los ánimos comenzaron a caldearse entre los jugadores y la Federación hasta provocar un escándalo internacional.
La pelea por los premios y amenaza de huelga: los detonantes del “caso Saltillo”

La indisciplina sumada a una gestión económica deficiente por parte de la Federación Portuguesa de Fútbol, detonó el caos dentro de la concentración. Pese a que Portugal contaba con sus patrocinadores, la estructura de premios era la más baja entre los 24 equipos participantes del Mundial.
De acuerdo con lo especificado por el portal Editorial Puskas, los jugadores pese a participar de piezas publicitarias de manera constante, percibían una cifra aproximada y equivalente a 20 euros por día, 500 por partido, y 1.000 vinculados a publicidad.
Sin embargo, gran parte de ese dinero jamás llegó a los futbolistas. Ante las promesas incumplidas por parte de la dirigencia a cargo de Silva Resende y la negativa a disputar partidos de preparación competitivos (se sabe que rechazaron enfrentar a Chile) agravaron la situación; la delegación organizó su único amistoso ante un combinado de trabajadores locales de Saltillo.
Todo estalló el 25 de mayo de 1986. Bajo el liderazgo del arquero y capitán Manuel Bento, los futbolistas se negaron a entrenar, se negaron a jugar un amistoso contra el Club Monterrey, y amenazaron con no jugar el primer partido contra Inglaterra si la federación no cumplía con los pagos, declarándose en huelga.

La prensa no tardó en hacer eco de la situación, tanto a nivel nacional como internacional. Mientras los jugadores aparecían en el campo de entrenamiento con su equipación al revés para no mostrar los patrocinadores; en su país el Parlamento instó a la selección a mantener la calma, mientras que la BBC dio a conocer actos de indisciplina nocturna, fiestas, encuentros de los jugadores portugueses con mujeres locales (algunas de la alta sociedad de Saltillo) y llamadas furiosas de las esposas de los jugadores desde Europa, pidiendo explicaciones.
La mezcla de escándalos personales y disputas por los premios convirtió la concentración portuguesa en un caos sin conducción ejecutiva efectiva, pues para sorpresa de jugadores y prensa, Silva Resende no fue a Saltillo para dialogar con los jugadores, sino que permaneció en la Ciudad de México sin intervenir.
Del triunfo efímero a la eliminación en primera ronda

Pese a las amenazas, Portugal compareció para el debut ante Inglaterra el 3 de junio de 1986 en el estadio Teconológico de Monterrey.
El juego fue muy físico en el primer tiempo. Portugal aplicó un marcaje ferreo a Gary Lineker, la estrella de los Tres Leones, con lo que mantuvo el cero en el marcador.
Pero el gol no llegó hasta que Paulo Futre entró al campo de juego para el segundo tiempo. El extremo asistió a Carlos Manuel luego de un desborde para convertir el único gol del partido faltando 15 minutos para el final. Esto les brindó un respiro a los portugueses en medio del escándalo, especialmente porque lograron derrotar al teórico rival más dificil del grupo.
Pero el resultado fue un espejismo. Apenas dos días después, el capitán Manuel Bento sufrió una fractura que lo dejó fuera del torneo, siendo una baja sensible para el cuadro luso. El segundo partido disputado el 7 de junio ante Polonia, reveló todos los límites del equipo: la falta de cohesión y entrenamientos de calidad pesó en su rendimiento, mostrándose frágiles en defensa y apresurados en ataque. Un solitario gol de Włodzimierz Smolarek al minuto 68 selló la derrota de Portugal.
El último partido se jugó el 11 de junio de 1986 en el estadio Tres de Marzo de Guadalajara ante Marruecos. Los africanos aprovecharon las falencias del cuadro luso al que derrotaron por 3-1 y se transformaron en la primera selección africana en avanzar a segunda ronda de una Copa del Mundo.
Esta derrota, combinada con la victoria de Inglaterra sobre Polonia, hizo que los lusos se despidieran de México 86 en primera ronda, siendo una de las principales decepciones del campeonato.
Repercusiones del “caso Saltillo”
La eliminación potenció el nivel de la crisis, que alcanzó a todos los estamentos tras la eliminación. Resende, obligado por la FIFA a regresar en autobús junto a los jugadores, debió encarar insultos y reproches.
Ya en Lisboa, la Federación decidió vetar de por vida a siete futbolistas (Diamantino, Jaime Pacheco, João Pinto, Fernando Gomes, Paulo Futre y Carlos Manuel) de la selección. Sin embargo, la medida se relajó tiempo después, cuando los malos resultados en la clasificación a la Eurocopa de 1988 forzaron un gradual restablecimiento de algunos de los sancionados.
A pesar del trauma, el “caso Saltillo” propició reformas. Además de superar la acostumbrada fragmentación interna de los jugadores por sus clubes de procedencia (era habitual que los del Porto y los del Benfica se sentaran por separado en el autobús) por la unión alrededor de la pelea por los premios, la Federación inició un programa de desarrollo y profesionalización de sus categorías juveniles que no tardó en ver resultados: la sub-19 alcanzó títulos mundiales en Arabia Saudita 1989 y Portugal 1991, un tercer lugar en Qatar 1995 y, más adelante, la selección mayor llegó a semifinales olímpicas en Atlanta 1996.
Ese cambio generacional trajo una camada de futbolistas que lograron devolver a Portugal a los torneos grandes, consolidando un ciclo de estabilidad competitiva: prueba de ello es que desde 2002 no se han perdido ni una sola edición de la Copa del Mundo, participando con jugadores como Luis Figo, Rui Costa, Bernardo Silva o Cristiano Ronaldo.
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