La pregunta sobre la legitimidad de la participación política de mujeres provenientes de la industria para adultos fue el eje de un TikTol de Amaranta Hank, ex actriz porno y aspirante al Senado, que cuestionó abiertamente las restricciones y prejuicios que la sociedad impone a quienes, como ella, construyeron su trayectoria pública y profesional en el ámbito sexual. “¿Por qué una mujer que estuvo en la industria para adultos no puede aspirar a un cargo de elección popular? ¿Quién decidió que nuestra voz no vale?”, planteó Hank durante su exposición.
Al recordar casos como el de Cicciolina en Italia, una ex actriz pornográfica que logró ser elegida diputada, y el de Yvette Luhrs en Países Bajos, candidata a diputada luego de su paso por el cine para adultos, Hank insistió en que la experiencia de estas mujeres es una fuente legítima de conocimientos sobre desigualdad, violencia estructural, resiliencia y libertad.
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A su entender, lejos de constituir un obstáculo, el haber transitado la industria sexual provee herramientas políticas invaluables: “Nuestra experiencia no es un obstáculo. Al contrario, es conocimiento puro sobre desigualdad y violencia estructural, pero también de resiliencia, libertad e incluso placer. Y todo eso es político”, explicó la activista.
Profundizando en el contexto colombiano, Hank evocó la figura de Ana la Putana, reconocida entre comunidades obreras como impulso para la sindicalización petrolera, como otra evidencia de la capacidad de las trabajadoras sexuales para incidir en la transformación social desde posiciones de liderazgo. Esta referencia le permitió denunciar que la exclusión no proviene de una supuesta incapacidad o despreparación, sino de una estructura de poder que consume servicios sexuales de manera masiva, pero que se niega a reconocer la voz de quienes los ofrecen.
Dicha contradicción atraviesa, según Hank, el cuerpo mismo de la sociedad colombiana, a la que describió como “esa misma sociedad con doble moral que valida que sean defendidos los derechos de unos pocos que tienen mucho. Esa misma sociedad con doble moral que vende el voto en temporada de elecciones”. En este contexto, la ex actriz porno señaló que no se arrepiente ni pretende distanciarse de su pasado: “Yo no reniego de mi pasado ni pienso que fue un error lo que hice ni quiero acabar con la industria. La industria fue el punto de inicio de mi activismo y el punto de partida de mi lucha”.

Hank enfatizó que pertenecer a la industria para adultos en Colombia significa afrontar diariamente el desafío de defender derechos básicos ante un entorno hostil. Según sus palabras, las trabajadoras sexuales contribuyen al Producto Interno Bruto (PIB) del país, sostienen economías populares y generan empleo: “Somos mujeres que aportamos al PIB del país y a las economías populares y, además de eso, generamos empleo. Pero, sobre todo, sostenemos a nuestras familias”.
La activista cuestionó abiertamente el temor del sistema hacia la presencia de estas voces en espacios de poder, especialmente en escenarios legislativos como el Congreso: “El sistema le da miedito, miedo que nuestra voz incomode, miedo que nuestra voz se sienta en el Congreso. Pero ¿saben qué? Vamos a tener que incomodarlos”, afirmó. Según Hank, el sistema no está preparado para la llegada de ex actrices porno o trabajadoras sexuales a la política, pues persisten actitudes prejuiciosas, preguntas revictimizantes y miradas que oscilan entre el deseo y el rechazo.
“No voy a esperar hasta que el sistema me considere digna para poder exigir mi lugar, nuestro lugar”, sostuvo con firmeza. Además, reclamó que la sociedad deje de esperar arrepentimiento de quienes provienen de estas actividades, pues, según su visión, lo único que exige es el reconocimiento de su poder individual y colectivo: “No quiero que me perdonen mi pasado ni que piensen que ahora soy mejor que antes. Quiero que reconozcan mi poder, el poder de mi voz y el poder de mis compañeras”.

Finalmente, Amaranta Hank defendió su derecho, y el de todas las mujeres con su misma trayectoria, a alzar la voz en los espacios de poder donde se toman decisiones que afectan sus vidas. Al hacerlo, dijo, representa a quienes han soportado “exclusión, discriminación, censura o cualquier tipo de violencia” a causa de haber ejercido trabajos sexuales pagos, afirmando: “Levanto la voz por mí y por cada una a la que el hecho de haber estado en actividades sexuales pagas le costó exclusión, discriminación, censura o cualquier tipo de violencia”.
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