
El pasado 28 de abril, un enfrentamiento entre los pueblos indígenas arhuaco y kankuamo en la Sierra Nevada de Santa Marta ha dejado un saldo de más de diez personas heridas y varios menores desaparecidos, según denuncias de las autoridades kankuamas.
El incidente ocurrió en el predio Montesión, ubicado en la vía que conecta Sabana Crespo con Los Laureles, en la zona rural de Valledupar, y ha generado una creciente preocupación por la situación humanitaria en la región.
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De acuerdo con la denuncia pública presentada por el pueblo kankuamo, cerca de quinientas personas arhuacas ingresaron al predio durante las primeras horas de la mañana, destruyendo viviendas y enseres, reteniendo a los habitantes y provocando el desplazamiento forzado de familias kankuamas, incluidos niños.
Según informó Entérate Valledupar, los hechos se agravaron en horas de la tarde, cuando las autoridades kankuamas intentaban establecer un diálogo en el lugar. Durante este intento, se registraron nuevas agresiones con piedras y disparos, lo que incrementó la tensión y la incertidumbre en la zona.

El pueblo kankuamo sostiene que el predio Montesión es de su propiedad y ha exigido respeto por las decisiones de los gobiernos indígenas, al tiempo que denunció que los hechos violentos vulneran los derechos fundamentales de su comunidad.
En su declaración, responsabilizó a líderes y autoridades arhuacas por la irrupción y las agresiones, así como por las afectaciones físicas y psicológicas sufridas por sus miembros.
La situación ha generado un llamado urgente por parte de las autoridades kankuamas a organizaciones indígenas, organismos de derechos humanos, la Fiscalía, el Ministerio Público y las autoridades locales para que intervengan y garanticen la protección de la comunidad.
Además, han solicitado que se tomen medidas inmediatas para esclarecer el paradero de los menores desaparecidos y atender a los heridos.
Hasta el momento, no se ha conocido una versión oficial por parte del pueblo arhuaco sobre los hechos ocurridos. La falta de una respuesta por parte de esta comunidad ha incrementado la incertidumbre y la preocupación en torno a la escalada de tensiones en la región.

La Sierra Nevada de Santa Marta, imponente y ancestral macizo montañoso del norte de Colombia, es mucho más que un ecosistema de enorme valor ambiental.
Este territorio es considerado sagrado por los pueblos indígenas que lo habitan, entre ellos, los arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos, quienes lo reconocen como el corazón del mundo, un espacio espiritual y vital para el equilibrio de la naturaleza.
Sin embargo, más allá de su significado cultural y simbólico, la Sierra ha sido también escenario de prolongadas disputas por la tenencia de la tierra, el control territorial y el respeto a la autonomía de las comunidades indígenas.
Durante décadas, estas comunidades han luchado por la defensa de su territorio frente a múltiples actores: desde colonos y empresas privadas, hasta proyectos extractivos y, en algunos casos, presencia de grupos armados ilegales. A pesar de contar con títulos colectivos y reconocimientos jurídicos por parte del Estado colombiano, la implementación efectiva de esos derechos territoriales ha sido un desafío constante, agravado por tensiones sociales y políticas que dificultan la convivencia y la gobernanza en la región.

El reciente enfrentamiento ocurrido en esta zona vuelve a poner en evidencia la fragilidad de los acuerdos de convivencia y la complejidad de las relaciones entre los pueblos indígenas y otros sectores de la sociedad. Este tipo de conflictos subraya la urgencia de avanzar hacia mecanismos de diálogo intercultural que permitan construir soluciones pacíficas, sostenibles y respetuosas de los derechos de todas las partes involucradas.
En un contexto donde el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural es clave para la consolidación de la paz, la situación en la Sierra Nevada exige no solo atención inmediata por parte de las autoridades, sino también un compromiso a largo plazo con el fortalecimiento de la autonomía indígena, el respeto a sus territorios ancestrales y la garantía de que sus voces sean escuchadas en todos los niveles de decisión. Solo así será posible superar los ciclos de conflicto que históricamente han afectado a este territorio sagrado y a quienes lo habitan.
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