
El Catatumbo, una región marcada por décadas de conflicto armado en el norte de Colombia, enfrenta una de las peores crisis humanitarias de su historia reciente. Los combates entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las Farc han provocado un éxodo masivo de habitantes hacia municipios como Tibú, Ocaña y, especialmente, Cúcuta, la capital del departamento de Norte de Santander. Las cifras son alarmantes: reportan más de 80 muertos —incluidos siete firmantes de paz y un líder comunitario— y más de cinco mil personas desplazadas.
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En Cúcuta, epicentro de la crisis, la situación es crítica. A fecha del 18 de enero, más de 2.700 desplazados habían llegado a la ciudad, con una proyección de que otras 2.500 personas se sumarían en los días siguientes. Ante este panorama, el estadio General Santander fue habilitado como un refugio temporal para los recién llegados, quienes arribaron en condiciones precarias, muchos en caravanas improvisadas de camiones, motos y otros medios de transporte. El anuncio fue hecho por el alcalde Jorge Acevedo en El Tiempo.

La administración municipal ha implementado medidas para atender la emergencia, pero los desafíos son abrumadores. Con corregimientos completamente desolados en el Catatumbo, la ciudad enfrenta una avalancha de necesidades humanitarias. El alcalde Jorge Acevedo describió la situación como una prueba extrema de la capacidad de la ciudad para gestionar la crisis, enfatizando que el apoyo del Gobierno Nacional y las organizaciones internacionales es crucial.
En lugar de los albergues tradicionales con condiciones básicas, la administración optó por alquilar habitaciones en hoteles locales, ofreciendo una solución más digna para los desplazados. Hasta el momento, se han utilizado más de 400 camas y se espera que este número crezca a medida que lleguen más personas. Además, se han distribuido kits de emergencia, transporte y apoyo logístico para las familias afectadas.
Un aspecto particularmente preocupante de esta crisis es el desplazamiento masivo hacia Venezuela. Se han reportado numerosas embarcaciones sobrecargadas cruzando el río que separa ambos países, lo que evidencia la desesperación de quienes buscan escapar del conflicto. Aunque las cifras exactas no son claras, las imágenes de canoas repletas de personas y testimonios de habitantes confirman que un número significativo de desplazados ha optado por refugiarse en territorio venezolano.

La llegada masiva de desplazados tiene repercusiones inmediatas en la seguridad, la economía y los servicios públicos de Cúcuta. La ciudad, que ya enfrentaba retos relacionados con el narcotráfico y la presencia de grupos armados, ahora debe lidiar con una nueva dinámica de conflicto. Firmantes del acuerdo de paz, que vivían o llegaron recientemente a la ciudad, han solicitado ser reubicados en lugares seguros debido a amenazas contra sus vidas.
La Unidad Nacional de Protección y las autoridades locales han intensificado las medidas de seguridad, pero las preocupaciones persisten. Zonas urbanas como las comunas 7 y 8, que ya habían sufrido ataques del ELN en el pasado, podrían convertirse nuevamente en focos de violencia. En paralelo, áreas rurales como Banco de Arena y Palmarito están viendo un incremento en la solidaridad comunitaria, aunque también enfrentan riesgos de seguridad derivados del conflicto.

A pesar de la magnitud de la crisis, la solidaridad ha sido una constante en la respuesta humanitaria. Voluntarios, organizaciones religiosas y comunitarias han contribuido con apoyo logístico y emocional a los desplazados. La parroquia de Aguaclara, por ejemplo, movilizó a decenas de voluntarios para brindar ayuda inmediata, demostrando que el espíritu colectivo sigue siendo una herramienta poderosa en tiempos de adversidad.
El panorama en el Catatumbo y su impacto en Cúcuta refleja la urgencia de abordar las causas estructurales del conflicto armado. La coordinación entre los gobiernos local, departamental y nacional, así como el apoyo de la comunidad internacional, será clave para evitar un agravamiento de la crisis. Mientras tanto, la prioridad sigue siendo atender a los miles de familias que huyen del horror, ofreciendo esperanza en medio de la incertidumbre.
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