Se conocieron en un baile al que él llegó con otra y acaban de cumplir 70 años de casados

Era una fiesta de pueblo en 1951. El Inglés había ido con una chica, pero cuando vio a Alba sintió una fuerza distinta: estaba frente a la mujer de su vida. El martes festejaron siete décadas juntos rodeados de su familia

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Alba y Gogo, toda una
Alba y Gogo, toda una vida juntos entre alegrías y tristezas

Esa noche había un baile en el Club Español de Tres Arroyos. Ahora él es el abuelo Gogo, pero en esa época era El Inglés del Banco Provincia, y como dice él, “era buen mozo, tenía pintita”. Había llegado del brazo de una chica y estaban en la pista. Pero se le acabaron los cigarrillos, así que la dejó un rato sola para ir a comprar más al bar. Atravesó el salón y la vio, rodeada de cuatro señoras que hacían de chaperonas: una joven hermosa, de una belleza imposible y una elegancia sorprendente para su edad. Calculó que debía tener 16 años, no mucho más. Él tenía 21.

Siguió caminando y compró sus cigarrillos, pero a la vuelta no lo pudo evitar. No le importó que lo esperara esa otra chica en la pista y, en un impulso, la sacó a bailar. Ella dijo que sí y entonces él dudó: si le daba tiempo a la orquesta hasta el siguiente tango iba a perder más tiempo, así que fue rápido. “Salimos y nos quedamos –le dice ahora a Infobae, sentado en el living de su casa–. Yo no me quería ir más”.

Era una fuerza distinta, algo que no le había pasado antes, como si lo único en esa fiesta, en ese pueblo y en el mundo fueran ellos dos bailando. “Me quedé un segundo más y le pregunté si iba a ir al baile de carnaval que había la otra semana en el Club de Pelota. Me dijo que sí”, recuerda Gogo. También que se trataban de usted y que se quedó con su palabra –”En esa época se respetaba”, dice–.

La boda de Gogo y
La boda de Gogo y Alba, un 26 de septiembre de 1953. La semana pasada cumplieron 70 años de casados

La joven se llamaba Alba y es la mujer aún hermosa y elegantísima que está sentada a su lado –”de la mano, como toda la vida”– setenta y dos años después de aquel primer baile robado. Había perdido a su papá cuando era muy chica y después a su hermano, que murió de una tuberculosis galopante cuando ella tenía 11 años, así que siempre la habían sobreprotegido, especialmente su tío, que hacía las veces de padre. Esa noche le dijo a Gogo que iba a poder ir al baile de carnaval sabiendo que no la iban a dejar.

Gogo se pasó toda la semana pensando en ella: en si iría o no, en si esta vez podrían bailar más que una pieza. Y las dudas se despejaron cuando volvió a verla en la fiesta. Él estaba en la barra, tomando un whisky, ella otra vez rodeada de las cuatro señoras –condición sine qua non para que el tío le permitiera ir–. Otra vez no estaban solos y no era nada más que por las chaperonas de Alba. Gogo se había encontrado con la otra chica a la que había citado en el club por si Alba no aparecía. “No le hago daño si le digo la verdad, pensé –dice ahora–. Así que le pedí perdón: ‘Disculpame pero tengo una obligación con una señorita, vamos a hablar mañana porque hoy no voy a poder’”. En realidad la obligación era sobre todo con él mismo: no podía perderse otra oportunidad de estar con Alba.

Así que la sacó a bailar y ya no la soltó en ninguna pieza. Dice que la otra chica pasaba por al lado y él la miraba con cara de “¿Qué querés que haga?”. Al día siguiente la vio en la pileta del club y le explicó clarito: “Tengo que seguir con esta chica que me gusta muchísimo”.

Alba y Gogo con sus
Alba y Gogo con sus hijos Guillermo y Lelia

Pero seguir no era tan fácil: el tío de Alba le pidió referencias de Gogo a un conocido que trabajaba en el banco, y la respuesta no le gustó nada: “El Inglés es bravísimo, no se le escapa nada”, le dijo. “Si me dejaron salir de nuevo con él fue porque mi mamá era una mujer muy moderna, pero no querían que fuera mi novio”, cuenta Alba. Justo entonces, a Gogo lo trasladaron a otro pueblo cercano, así que comenzó a visitarla los fines de semana, con muchas restricciones y sin que la relación pudiera avanzar demasiado.

“Hasta que se me ocurrió hablar con mi tío –dice Alba–. Le dije que había conocido a un chico y que era muy bueno y me gustaba. Él me frenó: ‘Sos muy jovencita y muy linda, no tenés ningún apuro’, pero empezó a ceder, de a poco”. Así el Inglés consiguió permiso para entrar, primero al zaguán y después a la casa y a la vida de Alba. Al final aquel inglés bravísimo se rindió a sus sentimientos y decidió sentar cabeza: le pidió al tío la mano de Alba y se casaron en cuanto ella cumplió los 18, un 26 de septiembre de 1953. El martes se cumplieron 70 años de aquel día.

Gogo y Alba de paseo
Gogo y Alba de paseo por Londres

“A ella no la escucho a veces”, me dice Gogo entre risas cuando le pregunto por los secretos para un matrimonio tan largo y amoroso. “Hay que aguantar estas cosas”, se ríe Alba, siempre a su lado, y dice que el humor y la alegría de él son parte de la receta. A los diez meses de casados, llegó Guillermo –Winnie–, su hijo mayor. Y tres años después, Lelia, la menor. Con ellos se mudaron a Ranchos –en provincia de Buenos Aires– cuando les salió el traslado, y después, cuando a Gogo lo nombraron gerente, siguieron Tres Algarrobos, Vidal, Las Flores –la ciudad donde nació él–, Olavarría y Buenos Aires.

“Ya no necesitaba centímetro para volver a armar las casas, he puesto por lo menos quince –cuenta Alba–. En todos lados hicimos amigos, porque en ese momento se le daba mucha trascendencia al gerente de banco, y en cuanto llegábamos nos empezaban a llamar para invitarnos a comer y hacer programas. Fue una vida muy linda, hacíamos grandes comidas en casa”. En alguno de esos viajes, hace por lo menos cincuenta años, decidieron dormir en camas separadas: “Cada uno tiene su manera, él siente frío, yo siento calor; a veces él llegaba más tarde después de salir con los amigos o clientes y me despertaba, y entonces buscamos una manera de estar más cómodos… El sexo es aparte, porque cuando uno quiere se encuentra en cualquier otro lado, no hace falta compartir la cama grande”, dice Alba. Lo que sí comparten todavía es el cuarto, y es que eso los sigue definiendo: “Somos, más que nada, compañeros, con toda la importancia que tiene esa palabra”.

En un viaje a Irlanda,
En un viaje a Irlanda, donde conocieron el pueblo donde vivían los antepasados de Gogo

Gogo dice que, por su trabajo salía mucho y que Alba entendía, “a veces la podía llevar y a veces no, y ella sabía”. Uno no es dueño de la vida del otro, dice Alba, “y yo confiaba en él y no me hacía problema”, explica. Está convencida de que la fórmula para una pareja sana y feliz a pesar de los dolores y las amarguras es bastante simple: “Amor, paciencia y no tener rencores”. En setenta años no se fueron ni una noche a dormir peleados, aunque a veces sigan teniendo algún encontronazo. “Si te digo que no peleamos, sería una mentira, pero jamás tuvimos una pelea duradera: discutimos y al rato hablamos como si nada hubiese pasado. A eso me refiero con lo de no tener rencor, que si uno va acumulando después no termina bien”, explica.

También es cierto que cuando se pasa por situaciones realmente tristes, se relativizan más los roces cotidianos, y ellos sufrieron la peor de las pérdidas cuando su hijo murió de cáncer a los 47 años. Les dejó un nieto al que adoran –Nacho, el que escribió a Infobae contando la historia de amor de Gogo y Alba– y que a la vez les dio tres bisnietos. Lelia también tuvo una hija, Juana, que es el orgullo de sus abuelos.

Gogo y Alba con Nacho,
Gogo y Alba con Nacho, uno de sus nietos y tres de sus cuatro bisnietos

“Hemos tenido grandes alegrías, viajamos mucho, nos íbamos todos los años a algún lado. El último viaje fue a Irlanda, a visitar el pueblo de origen de Gogo con toda la familia. Ahora vivimos de los recuerdos, porque ya no nos animamos a ir tan lejos”, dice Alba, y entonces cuenta su versión de la historia, de aquella noche en el baile que narró primero quien desde hace setenta años es su marido: “Gogo fue y es el único hombre de mi vida. Antes de conocerlo había tenido algunos candidatos, pero nunca llegué a tener un novio, porque estaba muy controlada. Con él fue distinto, porque me di cuenta de que sentía amor; eso fue lo que me animó a convencer a mi tío de que me dejara seguir viéndolo”.

Dice que por suerte lo hizo, que por suerte se animó, porque han sido “muy felices”. “Es que hemos pasado todo juntos”, dice Gogo. “Las alegrías y las desgracias”, completa Alba. “Como verdaderos compañeros –dicen los dos, todavía de la mano–, siempre juntos y queriéndonos”.

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