La obra 'extraordinaria' de este artista boliviano fue rescatada de un basurero

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Alejandro Mario Yllanes, un pintor boliviano autodidacta, creó obras profundamente políticas apoyadas por Diego Rivera. Su viaje hacia los grandes museos es una saga de 50 años llena de misterios.

La pintura era "increíblemente genial". El artista, casi desconocido.

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Adam M. Levine, director del Museo de Arte de Toledo en Ohio, no había oído hablar del pintor y grabador boliviano Alejandro Mario Yllanes hasta el verano pasado. Entonces vio Lago Titicaca, un gran óleo sobre arpillera de 1935 de un barquero andino, en una galería de arte de Londres.

Levine quedó atónito ante la pintura de un bote de juncos sobre aguas ondulantes bordeadas por montañas azules. En mayo, el Museo de Toledo compró la pieza para colgarla en el corazón de su colección, que reabrirá el próximo año tras una importante renovación.

Hablando por Zoom desde Toledo, Levine dijo: "Es poderosa. Está pintada con gran belleza".

Ese es un notable cambio de fortuna para una pintura que, según varios relatos, fue rescatada en la década de 1970 de un basurero de Manhattan.

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Un legado pasado por alto

Yllanes (1913-alrededor de 1960) fue un discípulo de Diego Rivera, el gran artista mexicano de murales populistas, quien apoyó la valentía con la que Yllanes creó obras profundamente políticas. Yllanes fue admirado, y castigado, por representar las brutales dificultades y los coloridos rituales de los indígenas bolivianos.

Pero dejó poco rastro de su vida después de 1950, dejando un conjunto de pinturas, grabados y documentos en un apartamento en el Upper West Side de Manhattan.

Abandonadas por su olvidado creador, esas obras de arte hicieron un viaje de décadas desde un apartamento de Manhattan hasta la casa de un policía de mirada perspicaz y, finalmente, al almacén de un coleccionista francés.

Ahora, Yllanes está teniendo un renacimiento. Desde 2023, el Museo Metropolitano de Arte y el Centro de Arte Frances Lehman Loeb en Vassar College han adquirido varias obras en papel del artista autodidacta; el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (conocido como Malba) y el Museo de Arte de Bowdoin College en Maine han comprado pinturas al óleo a gran escala. En Toledo, Lago Titicaca colgará en una galería junto a obras de Peter Paul Rubens, Mark Rothko y Hale Woodruff, dijo Levine.

El resurgimiento ha sido liderado por Rachel y Ben Elwes, dueños de Ben Elwes Fine Art en Londres, quienes se enteraron de Yllanes hace unos años por David Le Louarn, un cliente francés que compró el conjunto de obras de Manhattan a principios de la década de 2000. Le Louarn consignó la obra a los Elwes para su venta.

"Este era claramente un legado que había sido pasado por alto", dijo Rachel Elwes, quien habló por Zoom desde Londres. Los Elwes exhibieron la obra de Yllanes en el otoño de 2023, lo que inició una ola de interés. Los museos, en su mayoría de Estados Unidos y Canadá, han comprado desde entonces casi dos decenas de piezas, por precios que oscilan entre 400.000 y 1,9 millones de dólares, según los galeristas.

Michele Greet, profesora de Historia del arte en la Universidad George Mason que ha escrito un libro sobre arte indígena latinoamericano, dijo que la obra de Yllanes es un "descubrimiento significativo". Ella misma no sabía de Yllanes hasta que los Elwes la contrataron para investigarlo. El artista sumó una voz al "indigenismo" latinoamericano, un movimiento que se enfocaba en los pueblos precolombinos.

"Básicamente, pone a Bolivia en el mapa como parte de esta idea más amplia", dijo Greet.

Eduardo Costantini, un coleccionista argentino que fundó el Malba, dijo que las pinturas de Yllanes "podrían colgarse junto a cualquier gran maestro del arte latinoamericano". En 2024 compró una pintura tipo mural de Yllanes, Tragedia del Pongo (1932), que representa su lucha; y una composición de 1941 de músicos y bailarines que rodean a una deidad de los aymaras, un grupo indígena boliviano. (Costantini declinó decir cuánto

Costantini señaló que la vida de Yllanes fue "muy misteriosa".

Una vida marcada por el drama

Yllanes nació en una familia aymara en la ciudad minera de Oruro. A los 18 años, quedó huérfano, trabajó en una mina de estaño, abandonó la facultad de derecho y realizó su primera exposición de arte en solitario. En Bolivia, la crítica política de Yllanes le granjeó admiradores y enemigos. En 1946 le dijo a un periódico mexicano que fue desterrado al Amazonas durante un año en la década de 1930 y que en 1941 fue encarcelado brevemente tras una exhibición incendiaria. En otros lugares fue celebrado, y realizó una exposición individual en la Ciudad de México en 1946 para la cual Rivera escribió una introducción entusiasta, instando a los artistas mexicanos a tomar nota del "camarada Yllanes", quien había sufrido por "las afirmaciones revolucionarias expresadas en su arte".

Recién llegado de su éxito en México, Yllanes se mudó a la ciudad de Nueva York en 1947 con su esposa, María Frontaura Argandoña, una educadora de una prominente familia de izquierda, según documentos compartidos por Ben Elwes Fine Art. Ganó una beca de 2500 dólares de la Fundación Conmemorativa John Simon Guggenheim en 1948 para investigar la cultura de los nativos americanos y estudiar pintura.

Después de eso, el rastro se vuelve débil. Los investigadores han encontrado pocas pistas sobre cómo Yllanes pasó su última década, y los expertos plantearon que murió a manos de milicias de derecha en Bolivia o que regresó a México y murió allí.

Pero documentos y cartas revisados por The New York Times sugieren que pasó parte de la década de 1950 en Nueva York y puede haber muerto allí. Figura en el censo de 1950 como residente en el 419 de la calle West 115, el edificio, propiedad de la Universidad de Columbia, donde finalmente abandonó sus obras de arte.

Y en 1955, durante una cena en Manhattan, un radiante Yllanes le dijo a Eduardo Arze Loureiro, un político boliviano, que había viajado mucho por Estados Unidos; que había visitado Japón, Europa y África para una compañía textil; y que había enseñado en Chicago, afirmaciones que el artista podría haber exagerado, dijo Greet.

En noviembre de 1962, un historiador del arte boliviano, Carlos Salazar Mostajo, le escribió a Arze que Yllanes había muerto en Nueva York días antes, pero no dio ninguna otra información. (La historiadora Jacqueline Barnitz escribió en su libro Twentieth-Century Art of Latin America que Yllanes murió en 1960, pero no explicó dónde ni cómo).

Todo lo que quedó de Yllanes fue un puñado de murales y pinturas en Bolivia y el conjunto de obras de arte en el apartamento de Manhattan. Esa colección incluía Lago Titicaca y las otras piezas a gran escala que desde entonces se han vendido a museos.

También contenía decenas de obras en papel, entre ellas 7 de junio (1939), una litografía en la que figuras encapuchadas rodean a un militar y una le apunta con un arma a la cabeza; y Self-portrait (1941), un grabado en madera en el que Yllanes mira con el ceño fruncido al espectador. Ambas fueron adquiridas en 2024 por el Met, que tiene seis obras en papel de Yllanes, compradas a los Elwes y a su cliente francés.

¿Cómo llegaron a estar en manos francesas?

Un encuentro fortuito

El alijo de obras de arte que quedó en Manhattan fue adquirido por Edward Ford, un policía, y su esposa, Teresa, en 1978, según los Elwes. Las obras de arte pasaron gran parte de los siguientes 45 años almacenadas, con la excepción de tres o cuatro exhibiciones en el Valle del Hudson.

Los detalles específicos sobre cómo los Ford adquirieron las obras varían.

Los documentos preparados para una exhibición del arte de Yllanes en Bard College en 1992 dicen que Ford fue "nombrado en el testamento de una anciana solitaria que a menudo había visto en su ronda habitual" en el Upper East Side.

Pero nunca ha aparecido ningún testamento, según Angelina Giovani, una experta en procedencia que investigó el taller de Yllanes; y la ronda policial de Ford era, de hecho, en el Upper West Side. Tres hombres que vivían cerca de Ford en el Valle del Hudson y lo ayudaron a investigar, exhibir o vender el arte de Yllanes en la década de 1990 y principios de la de 2000 dieron un relato diferente.

"Él las encontró", dijo William Jenack, exdueño de William J. Jenack Estate Auctioneers en Chester, Nueva York, y agregó: "Estaban en un basurero". Jenack dice que vendió varias piezas de Yllanes en su casa de subastas, incluyendo grabados en madera y un autorretrato al óleo.

Otro hombre, Nicholas Clemente, un artista y diseñador gráfico, dijo en una entrevista en su casa en Loch Sheldrake, Nueva York, que conoció a Ford a fines de la década de 1980, y que en 1992 curó una exhibición de Yllanes en el William Paterson College en Nueva Jersey.

Clemente dijo que Ford le dijo que vio un tubo de metal lleno de obras de arte enrolladas en un basurero afuera de la residencia de Columbia.

El superintendente del edificio había almacenado la obra de arte durante años, pero había perdido la esperanza de que alguien regresara a reclamarla, dijo Clemente. El superintendente le dio a Ford el tubo, además de varias cajas de obras en papel y documentos.

Ford murió en 2021, según un obituario en línea. No fue posible contactar a Teresa Ford ni a los dos hijos de los Ford.

El superintendente parece haber sido Louis Nieves, quien murió en 2019, según su hijastra, Yvette Mazzamuto. Ella dijo que Nieves nunca le mencionó las obras de arte. Pero, tras una entrevista telefónica, encontró entre los documentos de Nieves folletos de las exhibiciones de William Paterson y Bard.

Giovani, la analista de procedencia, cree que Yllanes dejó sus obras de arte a su esposa, Frontaura. Ella vivió de manera intermitente en la residencia de Columbia hasta principios de la década de 1970 y luego regresó a Bolivia, según su sobrino nieto, Victor Rico Frontaura, quien habló por teléfono desde Bolivia.

Es posible que Frontaura haya dejado el arte con Nieves, quien se convirtió en superintendente a fines de la década de 1960. No está claro por qué Ford les dijo a los curadores en Bard que había heredado el arte.

Pero Jenack, el subastador, dijo que Ford siempre tuvo "el temor de que hubiera algún reclamo persistente en el fondo". Ningún reclamo ha salido a la luz.

Clemente acordó investigar y promover la obra de Yllanes a cambio de un porcentaje de las ventas, pero dijo que los dos se separaron alrededor de 2003 porque Ford vendió algunas pinturas y dejó a Clemente fuera del trato. A Clemente se le entregaron algunas piezas de Yllanes en lugar de un pago, incluidos cuatro estudios para murales y más de una decena de grabados en madera.

Fue un tercer hombre, Anthony Gross, un comerciante de arte y antigüedades de Woodbury Falls, Nueva York, quien conectó a Ford con un marchante que conocía a David Le Louarn y le vendió las pinturas por entre 10.000 y 15.000 dólares cada una. (Gross dijo que no podía recordar el nombre del marchante).

Lago Titicaca tomó una ruta diferente: Gross dijo que la vendió a un coleccionista en Rhinebeck, Nueva York, a principios de la década de 2000; Le Louarn se la compró a esa persona en 2021.

En un correo electrónico, Le Louarn dijo que estaba "intrigado y cautivado" cuando encontró el arte hace unos 20 años. Más recientemente, decidió venderlo porque el momento de Yllanes "había llegado".

Levine, el director del Museo de Toledo, declinó decir qué pagó la institución por Lago Titicaca. Escribió en un correo electrónico que el museo estaba "intrigado de enterarse de este relato alternativo, que difiere en los detalles pero refuerza útilmente la cadena de propiedad".

Agregó que aunque Yllanes desapareció, su "extraordinario" arte no lo hizo: simplemente fue pasado por alto por las instituciones y por el mercado del arte. "Tenemos que ser honestos sobre lo que en realidad es una desaparición", agregó, "y lo que es, de hecho, solo: Occidente finalmente está prestando atención".

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