
En los Países Bajos, cada cruce de las rutas ciclistas que entrecruzan las provincias de Holanda Septentrional y Holanda Meridional tiene un número. En una soleada mañana de abril, pedaleando hacia el sur desde la ciudad de Haarlem hasta los campos de tulipanes que salpican la campiña de fucsia, amarillo y rojo cardenal, pasé por los puntos de referencia 23 y 90.
Y sin embargo, incluso con el respaldo de una aplicación GPS, en dos señales me equivoqué de camino, mis compañeros ciclistas se equivocaron de camino y pasarían horas antes de que nos reuniéramos.
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"Nosotros te damos mapas e indicaciones, tú tienes el GPS y tienes cerebro", dijo Ben Eijkelhof, guía de Boat Bike Tours en la excursión ciclista de ocho días, principalmente por Holanda Meridional. "Eso es lo más importante".
Boat Bike Tours, una empresa neerlandesa, organizó el viaje desde un barco fluvial, un campamento base flotante que los ciclistas dejaban cada mañana, llevando un almuerzo empacado del buffet del desayuno, y al que regresaban cada tarde para cenar y pasar la noche.
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Los viajes en bicicleta autoguiados están entre los más económicos de la empresa (a partir de 799 euros, unos 927 dólares) y los menos estructurados, ofreciendo oportunidades de pequeños desvios a quienes, como yo, están interesados en merodear.
La ruta "es un gran rompecabezas", prometió Lenneke Mommersteeg, otra de las dos guías que supervisan el viaje, durante la orientación del primer día. "En una semana, vas a ver todo lo que aparece en una postal de los Países Bajos: los tulipanes, el queso, los molinos de viento".
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Incluso más, si te equivocas de camino.
Puesta en escena a bordo
El viaje partió de Ámsterdam, donde los cruceros fluviales más caros atracan cerca de la estación central de ferrocarril, en el frenético corazón de la ciudad. A seis paradas de autobús de distancia, encontré el Arkona, con capacidad para 92 pasajeros, atracado en el tranquilo puerto de Minervahaven.
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Las 47 cabinas del Arkona ocupaban dos niveles. En la planta principal, un salón en la proa y un comedor en la popa delimitaban varias cabinas con ventanas del piso al techo.
En un nivel inferior, mi cómoda litera doble tenía una ventana más pequeña justo sobre el nivel del agua, un par de camas individuales con edredón y un cuarto de baño de tamaño compacto. Los amplios armarios contenían alforjas para bicicletas equipadas con bombas de aire y kits de reparación de emergencia que podíamos sujetar a nuestras bicicletas durante la semana.
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Los portabicicletas ocupaban la mitad de la cubierta de observación al aire libre de la parte superior del barco. Encontré mi bicicleta híbrida neerlandesa Azor de siete velocidades entre la flota de bicicletas, en su mayoría eléctricas (mi costo de alquiler fue de 91 euros por semana; las bicicletas eléctricas cuestan 252 euros). Una rampa desde la cubierta bajaba cuando el barco estaba atracado, permitiendo a los ciclistas subir y bajar pedaleando.
Seis días de pedaleo incluyeron rutas sugeridas que iban desde recorridos relativamente cortos de 19 kilómetros hasta recorridos más ambiciosos de 58 kilómetros. A veces, el barco nos esperaba al final de un recorrido de ida. Otras veces, hacíamos un circuito, pedaleando de regreso a un punto de atraque.
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En una orientación de llegada, se instruyó al grupo que buscara el pavimento rojo, que identifica los carriles pavimentados para bicicletas. Aprendimos palabras neerlandesas esenciales para el ciclismo, como "fietspad" (carril ciclista), "fietsen" (bicicletas) y mi favorita, "uitgezonderd", que significa "excepto" y suele llevar el símbolo de una bicicleta en las calles de un solo sentido.
Flores y cantos de pájaros
Los Países Bajos se expandieron notoriamente reclamando tierras al mar, creando praderas de pantanos --conocidas como pólderes-- drenadas por molinos de viento en un intrincado sistema de canales, esclusas y vías fluviales.
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Nuestro primer día de ciclismo nos presentó la fértil campiña llena de pequeñas granjas, floraciones primaverales y cantos de pájaros.
Partí sola por senderos junto a canales bordeados de tupidas colzas amarillas y sobre puentes hacia el pueblo de Breukelen, que dio nombre a Brooklyn, Nueva York. Cuando llegué a una serie de lagos cercanos, donde ciclovías en las islas en forma de cinta dividían las vías fluviales, me encontré con los únicos ciclistas de habla inglesa que no iban en bicicletas eléctricas: un par de mujeres del oeste de Canadá. Formamos un trío al que apodé Team Real Bike.
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En Utrecht, las bicicletas estacionadas parecían bordear cada puente y canal. Guardamos la nuestra en un garaje subterráneo dedicado exclusivamente a las bicicletas (gratuito) para deambular por el centro medieval y almorzar junto a la imponente iglesia gótica Dom.
A última hora de la tarde, el barco puso rumbo suroeste hacia Rotterdam a través de una esclusa que llevó a los pasajeros a la cubierta superior para ver cómo se cerraban tras nosotros unas enormes compuertas de hierro y cómo la cámara se llenaba lentamente de agua antes de que se abrieran las compuertas delanteras, liberándonos hacia una vía fluvial más alta.
'Ámsterdam sin las multitudes'
Al día siguiente, pedaleando desde Rotterdam, pasamos por algunos de los molinos de viento más altos de Holanda en la ciudad de Schiedam, famosa por su licor parecido a la ginebra, la jenever, antes de continuar hacia Delft. Mommersteeg describió Delft, hogar del pintor Johannes Vermeer y de la cerámica azul, como una "pequeña Ámsterdam, sin las multitudes".
A pesar de los dilemas de navegación --atribuimos cinco kilómetros más al día a errores de señalización--, llegamos a Delft con tiempo para hacer un picnic en la impresionante plaza principal, rodeada de edificios con hastiales y anclada por la antiquísima Nieuwe Kerk o Iglesia Nueva. A la vuelta de la esquina, la Oude Kerk o Iglesia Vieja, se inclinaba como la Torre de Pisa.
En la ciudad, los ciclistas de Boat Bike nos reunimos para entrar en grupo (7 euros) en la fábrica de porcelana Royal Delft, conocida por sus característicos diseños azules y blancos en todo tipo de objetos, desde bandejas de colección hasta zuecos neerlandeses de recuerdo. Sentí un nuevo aprecio por el trabajo minucioso después de ver a un artista en una sala silenciosa pintar a mano un intrincado diseño floral en un jarrón.
Molinos de viento y queso Gouda
Dos tardes atracados en Rotterdam nos ofrecieron tiempo para explorar la ciudad moderna, reconstruida tras ser arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. La segunda ciudad más grande del país supuso un alejamiento de las ciudades históricas y la campiña pastoral que llenaban los días.
"Hoy pedalearán por el auténtico corazón verde de Holanda", anunció Eijkelhof, esbozando la ruta del cuarto día desde Rotterdam mediante un autobús acuático de 35 minutos (5,60 euros con bicicleta) hasta la pequeña ciudad de Alblasserdam, puerta de entrada a Kinderdijk, un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con 19 molinos de viento del siglo XVIII conservados.
Una isla en los canales de Kinderdijk era apenas lo suficientemente ancha para un carril ciclista, lo que nos permitió pedalear junto a la mayor concentración de molinos de viento del país. La mayoría de ellos, construidos hacia 1740, están habitados y en funcionamiento, y siguen bombeando agua en las tierras bajas.
Desde Kinderdijk pedaleamos unos 21 kilómetros hasta Gouda, otra ciudad encantadora rodeada de canales, conocida por su queso --compré un Gouda añejo premiado en Gouds Kaashuis, en la plaza principal- y sus stroopwafels, galletas de barquillo rellenas de jarabe (con muestras gratis en Kamphuisen Siroopwafels).
Detrás de la plaza principal, contemplamos las impresionantes vidrieras de la Iglesia de San Juan de Gouda (11 euros) --entre sus 72 vidrieras clásicas y contemporáneas se incluye una alegoría del mal de la posguerra representada como un campo de concentración nazi-- y vimos ensayar a un solista del coro, que hizo gala de la resonante acústica del edificio.
Con el objetivo de encontrarnos con el barco en el tranquilo pueblo de Nieuwpoort, nos perdimos otro giro en los pólderes y nos consolamos por el recorrido extendido con vistas de cigüeñas, avefrías septentrionales europeas con penachos rizados en la cabeza y vacas con pelaje largo de las tierras altas.
Tulipanes y dunas
Después de un quinto día rural que incluyó la degustación de quesos en una granja de quesos orgánicos y avistamientos frecuentes de cabritos, corderos y patitos, el barco se trasladó a Haarlem, al noroeste de Ámsterdam, para situarnos en posición de llegar a los campos de tulipanes al sur en el día seis.
La temporada de tulipanes es una época breve y vibrante para visitar Holanda. Multitud de visitantes, a menudo en cruceros fluviales, se desplazan al popular jardín Keukenhof, donde una exposición floral de casi 500 acres abre durante unas siete semanas cada primavera (el próximo año, está programado que el jardín abrirá del 18 de marzo al 9 de mayo).
Opté por recorrer los senderos junto al canal y los carriles del parque que permiten a los ciclistas acceder a los campos agrícolas en flor.
Cosechados por sus bulbos, los enormes jardines irradiaban un color vibrante en tonos que iban del rosa vibrante al crema relajante. Algunas granjas vendían ramos de tulipanes a 6 euros en puestos sin personal junto a los diques. A lo largo de las orillas brotaban narcisos dispersos. Antes de que pudiera verlos, los jacintos se anunciaban con perfume floral.
Al cabo de dos horas, en una versión neerlandesa del adagio "Todos los caminos conducen a Roma", me reuní con los miembros perdidos del Team Real Bike en el extremo sur de los campos de flores. Allí giramos hacia el oeste, hacia el mar, dejando la maravilla sembrada de Holanda por las dunas cubiertas de césped del Parque Nacional de Zuid-Kennemerland, que nos protegían naturalmente de los vientos del mar del Norte.
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Elaine Glusac es la columnista de Viajero frugal, que se especializa en consejos para ahorrar y viajes asequibles.
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