
Un nuevo estudio sugiere que, aunque ciertos hábitos pueden añadir o restar algunos años a la esperanza de vida, esta ya está determinada genéticamente.
Tu esperanza de vida potencial está escrita en tus genes, según un nuevo estudio. Puedes alargarla un poco con un estilo de vida saludable. Pero si tu potencial genético es vivir hasta los 80 años, por ejemplo, es poco probable que algo que hagas te permita llegar a los 100 años.
Esa es, al menos, la conclusión de un artículo publicado el jueves en Science.
Uri Alon, del Instituto Weizmann de Ciencias en Israel, y otros investigadores obtuvieron los datos para el estudio a partir de tres conjuntos de datos de parejas de gemelos suecos, incluido un par de gemelos que fueron criados por separado. Para comprobar qué tan generalizados podían ser los resultados, el grupo también examinó los datos de un estudio de 2092 hermanos de 444 estadounidenses que vivieron más de 100 años. Su objetivo era identificar los factores externos que pueden afectar a la longevidad de una persona, como las infecciones o los accidentes, aparte del factor intrínseco de la genética.
Informaron que el envejecimiento es en su mayor parte hereditario, una conclusión que contradice gran parte del conocimiento médico convencional sobre la dieta, el ejercicio y los hábitos saludables. Estos hábitos son importantes para la calidad de vida de una persona, pero chocan con otra forma de conocimiento convencional: no puedes convertir a alguien en centenario, a menos que esa persona también tenga una herencia genética de longevidad.
"Si intentas calibrar tus propias posibilidades de llegar a los 100 años, yo diría que te fijes en la longevidad de tu familia", dijo Thomas Perls, geriatra y director del Estudio de Centenarios de Nueva Inglaterra, de la Universidad de Boston. En el nuevo análisis se utilizaron los datos publicados de su estudio sobre centenarios estadounidenses, aunque él no estuvo asociado al estudio.
"Este artículo tiene un mensaje bastante poderoso", dijo S. Jay Olshansky, profesor emérito de epidemiología de la Universidad de Illinois, Chicago, quien no participó en el estudio. "No tienes tanto control como crees".
"Algunos de nosotros conducimos un Mercedes y otros un Yugo", dijo, en referencia al coche compacto de bajo costo de la antigua Yugoslavia.
Las conclusiones del estudio --que los genes son potentes impulsores de la longevidad de las personas-- son coherentes con lo que se sabe de otras especies, dijo Daniela Bakula, de la Universidad de Copenhague. Bakula, coautora de una perspectiva externa publicada por Science junto al trabajo de Alon, añadió que la duración de la vida de todos los demás organismos estudiados "tiene un fuerte componente genético".
El nuevo trabajo utilizó modelos estadísticos y matemáticos para eliminar las causas de muerte que no parecían estar asociadas al envejecimiento en las cohortes que estudiaron.
Ese tipo de análisis, dijo Olshansky, es difícil y está "excepcionalmente bien hecho" en el artículo.
Los investigadores utilizaron datos de mortalidad de gemelos suecos nacidos entre 1900 y 1935, un periodo en el que, a pesar de las guerras mundiales, la Gran Depresión y una pandemia de gripe, se produjeron mejoras en el saneamiento y la atención médica. Se trataba, dijo Alon, de "un experimento natural": una serie de factores extrínsecos que afectaban la mortalidad había disminuido.
Eso llevó a su grupo a estudiar los efectos de esos factores. Para comprobar sus resultados, los compararon con la duración de la vida en otro estudio, de gemelos daneses nacidos entre 1870 y 1900. En aquellos años, hubo muchas muertes a edades tempranas por enfermedades infecciosas como la difteria y el cólera.
Los estudios suecos incluyeron unas pocas causas de muerte: cáncer, enfermedades cardiovasculares y demencia. Alon y sus colegas descubrieron que el cáncer tenía menos probabilidades de verse afectado por la genética, mientras que la demencia tenía más.
En última instancia, sus análisis llevaron a estimar que los genes son responsables de más del 50 por ciento de las diferencias en la duración de la vida de una población, frente al 25 por ciento o menos que se había sugerido en investigaciones anteriores.
La razón de la disparidad con respecto a estudios anteriores, dijo Alon, es que en esos estudios se incluyó a personas que habían muerto a edades más tempranas, por causas como accidentes o enfermedades que no estaban relacionadas con sus genes. Entonces, si los genes desempeñaban un papel menor, se suponía que el estilo de vida desempeñaba uno mayor.
Alon no discute que el estilo de vida sea importante. Calculó que ciertos hábitos saludables o no saludables pueden añadir o restar unos 5 años a una esperanza de vida determinada por el "azar del destino" que representan los genes. Una persona con predisposición genética a vivir hasta los 80 años podría morir a los 75 si no tuviera ningún hábito saludable. Si tuviera todos los hábitos saludables, podría vivir hasta los 85 años.
O, como dijo Olshansky, llegar a una edad muy avanzada "no es posible a menos que ya te haya tocado la lotería genética de la longevidad al nacer".
Bradley J. Willcox, director de investigación geriátrica de la Universidad de Hawái, quien dirige los estudios sobre el envejecimiento en el Centro Médico Kuakini de Honolulú, calificó el artículo de "provocador". Pero dijo que no estaba del todo convencido.
"Trazar una línea clara y nítida entre las causas intrínsecas y extrínsecas de la muerte no es posible", dijo. "Muchas muertes viven en una zona gris en la que la biología y el entorno se encuentran".
Por ejemplo, dijo, los genes pueden influir en la letalidad de una infección. "Si cambias la forma de etiquetar esos casos límite", añadió, "cambias los resultados".
El fuerte efecto de los genes en la duración de la vida no significa que pueda ignorarse el estilo de vida, dijo Perls, sobre todo para quien no tiene los genes de los centenarios. Seguir una buena dieta, no fumar, mantener un peso normal y hacer ejercicio con regularidad pueden marcar una diferencia notable en la duración de la vida de una persona. Añadió que los buenos hábitos pueden ser incluso más útiles de lo que sugirió Alon cuando dijo que la diferencia en la edad de fallecimiento entre quienes tienen buenos hábitos y quienes no los tienen puede ser de 10 años.
Perls señaló que estudios observacionales de Harvard descubrieron que una mujer de 50 años, con hábitos saludables, podría vivir hasta los 93 años. Si no tuviera ninguno de esos hábitos --si fumara, tuviera una dieta poco saludable, no hiciera ejercicio y bebiera sin moderación-- viviría hasta los 79 años. Para un hombre de 50 años, un estilo de vida saludable podría permitirle vivir hasta los 88 años en vez de hasta los 76.
Pero, dijo Perls, cuando se trata de vivir hasta una edad muy avanzada --mucho más de 90, incluso 100, o más-- los genes contribuyen de forma importante.
Sin embargo, incluso para quien ha ganado la lotería genética, dijo Olshansky, "es fácil acortar la vida, pero muy difícil alargarla".
Gina Kolata escribe sobre enfermedades y tratamientos, cómo se descubren y prueban los tratamientos y cómo afectan a las personas.
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