
Su look era jocoso, pero no era ninguna broma.
Terry Gene Bollea, también conocido como Hulk Hogan, el famoso luchador fallecido el jueves, no era solo, como han señalado muchos de sus obituarios, el rostro más famoso de su deporte. También fue, durante un tiempo en la década de 1980, el rostro de un cierto tipo de masculinidad estadounidense --gozosamente grandilocuente, golpeador, rebosante de músculos-- que parecía encarnar literalmente el espíritu mitológico del país. Era tanto un animador como un protagonista: tan hype-man como he-man.
Puede que no vistiera de rojo, blanco y azul (aunque probó ese atuendo más adelante en su carrera), pero irrumpió en escena --o, mejor dicho, en las pantallas de televisión de todo el mundo-- vestido de rojo y dorado, con un pañuelo alrededor de su melena platino y el bigote de herradura colgante: un Superman que había recorrido la ruta de los Hell's Angels.
Ronald Reagan pedía a Rusia que derribara el Muro de Berlín, Estados Unidos pregonaba su papel de superpotencia mundial, y en el ring Hogan se enfrentaba a los enemigos del país (oponentes diseñados para representar a enemigos históricos): Iron Sheik (iraní), Nikolai Volkoff (ruso) y Yokozuna (japonés). ¡Y ganaba!
Era una pantomima de triunfo nacional en forma de un guerrero de dibujos animados que se tambaleaba entre la caricatura y lo camp. Hogan incluso inspiró un dibujo animado real, Hulk Hogan's Rock 'n' Wrestling, en el que luchadores buenos triunfaban frente a malhechores todos los sábados por la mañana en la CBS (aunque más tarde su realidad resultara más complicada).
Era la época del peinado grande, los hombros grandes y los héroes de acción aún más grandes: Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Mr. T. Sin embargo, de todos los musculosos que eran realmente hombres espectáculo, Hogan fue el más indeleble a nivel visual, en parte porque era imposible separar al hombre de su aspecto. Representaba su papel tanto dentro como fuera del ring; dentro y fuera de la pantalla.
Siempre era un personaje, y siempre iba disfrazado, incluso cuando decía a los niños que comieran sus vitaminas y rezaran sus oraciones. Por eso, cuando actuó como estrella invitada en Los magníficos y en Gremlins 2, no pudo interpretar a nadie más que a sí mismo.
Tanto si alguien le veía arrancarse la camiseta para liberar sus pectorales en el estelar sabatino Saturday Night's Main Event como si no, se le reconocía al instante como el avatar de la Federación Mundial de Lucha Libre, más tarde rebautizada como World Wrestling Entertainment. Trascendió la lucha libre para convertirse en un arquetipo comercial, tanto por su aspecto como por su capacidad para aumentar de volumen. Podía parecer una parodia, pero no era ninguna broma; de hecho, era un acto comprometido de marca personal.
En parte por eso, de todos los personajes que Hogan probó más tarde --Hulk Hollywood, el heel, vestido de blanco y negro; Hulk-a-merica, con patrióticos pantalones de estrellas y barras--, el rojo y dorado original fue el más resonante y memorable. El que se convirtió en un disfraz de Halloween al alcance de todos (y aún lo es).
No es de extrañar, en realidad, que Hogan se convirtiera en una especie de mascota MAGA durante el regreso de Donald Trump: la Hulkamanía derivó en la Trumpmanía, que a su vez anunció un Hulk-renacimiento. Su marca de virilidad exagerada, basada en la lucha, es una parte clave de la plataforma política de Trump, una de las muchas características exageradas de la década de 1980 que el presidente aprecia, al igual que la capacidad de Hogan para dominar en pantalla o actuar ante el público.
La última gran actuación de Hogan, después de todo, puede haber sido aquel momento que complació al público en la Convención Nacional Republicana, cuando se arrancó la chaqueta del traje y la camisa para mostrar un top rojo brillante de Trump/Vance.
Sin mangas, por supuesto.
Vanessa Friedman ha sido la directora de moda y la crítica jefe de moda del Times desde 2014.
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