
Joe Biden me llamó por sorpresa el mes pasado. Algo le preocupaba. Fue unas semanas antes de que se sometiera a unas pruebas por un pequeño bulto que le habían encontrado en la próstata y recibiera el duro diagnóstico que se hizo público el domingo. “Señor presidente, ¿qué pasa?“, le pregunté al salir de un restaurante de Washington D. C. para oírle mejor, dejando a mi familia en la mesa.
¿Qué pasaba? Quería hablar sobre “el futuro de la alianza de la OTAN”.
Me dijo que tenía pensado dar un discurso para recordar a la gente lo increíblemente valiosa que ha sido la alianza atlántica durante décadas para preservar la paz y la prosperidad mundiales, y lo descabellado que era pensar que la Administración Trump y sus aliados en el Congreso se arriesgarían a romperla. Quería barajar algunas ideas. Dijo que llamaría unos días más tarde, pero nunca hubo seguimiento, porque, sospecho, el cáncer se interpuso.
No voy a entrar hoy en la discusión sobre si Biden debería haberse retirado antes de la carrera presidencial de 2024. Inmediatamente después de su desastrosa actuación en el debate con Donald Trump, le insté a hacerlo, pero con gran pesar.
El pesar no se debía solo a que nos conocíamos desde que viajamos juntos a Afganistán tras la caída de Kabul en 2001.
Es porque Biden tiene una conexión visceral inquebrantable con la importancia que Estados Unidos tiene para el mundo, una conexión que yo comparto profundamente.
Biden entiende algo que, aunque no pueda expresarlo tan bien como él y nosotros siempre quisiéramos, está profundamente arraigado en su alma: que el mundo es como ha sido desde 1945, es decir, una de las épocas más relativamente pacíficas y prósperas de la historia para más personas en el planeta que nunca, porque Estados Unidos era como era.
Esos Estados Unidos son unos Estados Unidos comprometidos con el estado de derecho en el país y con una misión universal en el extranjero de trabajar constantemente, dentro de nuestras posibilidades, para hacer del mundo un lugar más libre, más democrático, más decente y más saludable para más personas.
Así que lo que les dije a mi familia y amigos cuando me preguntaron qué había dicho Biden cuando llamó fue esto: Joe Biden, incluso en su momento más inarticulado y con la voz debilitada por la edad, tiene más compromiso visceral y comprensión de lo que Estados Unidos en su mejor momento significa para el mundo, y de quiénes son y deben ser siempre nuestros verdaderos amigos, que todos los miembros de la administración Trump juntos.
Echaremos de menos su coraje cuando ya no esté. Por eso, señor presidente, le deseo una pronta recuperación. No importa lo débil que sea su voz, lo inestable su paso o débil su corazón, usted tiene el instinto de un joven de 20 años en lo que se refiere a expresar cuál debe ser siempre la misión de Estados Unidos en el mundo. Necesitamos oírlo, el mundo necesita oírlo, ahora más que nunca.
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