Matar es cosa fea. Matar a un presidente es “complicado”. Y matar -o intentar matar- a un presidente hipermediático es dinamita política. La muerte, en sí, es siempre la misma: la suya, la mía, la de Donald Trump. Lo que cambia -y cambia todo- son las consecuencias.
Que Donald Trump tenga el monopolio de la categoría del individuo más amenazado del planeta no es una curiosidad estadística: es un síntoma. Los intentos de asesinato no son anécdotas repetidas; son señales de un clima. Y ese clima no surge de la nada. No es que él busque ese riesgo como quien busca el vértigo; es que no juega a empatar y acelera en las curvas. No negocia con la tibieza. Y en ese modo de ejercer el poder -áspero, frontal, provocador- se expone. No es una defensa: es una descripción.
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Ese mundo en el que se mueve Donald Trump -incómodo para muchos- no fue el de Barack Obama, ni el de Joe Biden que no les pasó un balazo cerca jamás. Le toca a un republicano de este tiempo, con rasgos de nacionalismo furioso, que concibe la política global como un tablero donde Estados Unidos compite, sin disimulo, con China, ser el blanco a dinamitar. Y China (no nos equivoquemos por ignorancia) no es una abstracción: es un poder que avanza, como avanzan todos los imperios cuando pueden, solo revisar la historia demuestra quien es quien. Tampoco actuemos con ingenuidad ante lo obvio por ese prejuicio eterno que inunda el ambiente sudamericano de “antiyanquismo” generalizado.
Estados Unidos, además, es un país saturado de armas. Más armas que habitantes. Millones en circulación. Y una cultura donde la violencia no es excepción sino recurrencia. Brotes periódicos de individuos desbordados -alienados, resentidos, fracturados, rotos, psicopateados- que convierten el enojo en balas. Hasta adolescentes arman desastres de manera regular y cada vez más seguido. No siempre hay una lógica comprensible; sí hay un patrón. La historia política estadounidense está atravesada por la sangre: Abraham Lincoln en un teatro, John F. Kennedy en una caravana presidencial, Martin Luther King en un balcón. La lista no es corta ni accidental. (Hollywood no inventa, solo recrea la realidad, ahora lo hacen las plataformas). Hace poco vimos en vivo como mataban a Charlie Kirk. El horror es mediático y eso -en parte- lo banaliza.
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Pero hay algo más. Algo que no se mide en estadísticas. Un estado de ánimo. Una temperatura social al rojo vivo. Cuando el discurso público se vuelve una máquina de indignación permanente, cuando la política se convierte en una fábrica de enemigos a erradicar como sea, cuando el desacuerdo muta en deshumanización, el paso siguiente deja de ser impensable. Se vuelve posible y allí la muerte no es la de Shakespeare sino que es real y presente como la que se asoma por estos días. Ser enemigos o adversarios está bien, declararnos la muerte por ello está mal. El tema siempre son los límites.

¿Estamos frente a una incubación de violencia alimentada por cierta narrativa política? Sí. Es incómodo afirmarlo, pero es más incómodo ignorarlo. Parte del progresismo estadounidense -no todo, pero sí una franja radical y dogmática- ha sustituido la persuasión por la demonización. Y cuando se pierde en las urnas, compensa impostar una intensidad moral insoportable. No dispara, pero calienta el ambiente. No ejecuta, pero legitima un clima donde el otro deja de ser adversario y pasa a ser amenaza. Es más, la propia existencia de Donald Trump como opción real de poder fue hija de mucho odio y animadversión que encontró en él un muro de contención. El ciclo hegeliano nunca es perfecto.
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La paradoja de esta época cínica es brutal: muchos de los que condenan el atentado al presidente Donald Trump lo hacen con una mueca protocolar. Cumplen. Escriben. Declaran. Pero, en lo profundo, no lamentarían demasiado el desenlace fatal. No lo dirán -no pueden-, pero se percibe y todos sabemos que piensa cada uno de los que dice lamentar lo sucedido. Y ese doble discurso no es inocuo: erosiona el límite moral que separa la política de la barbarie porque todo el mundo entiende todo.
Vivimos en una era donde el odio se consume, se comparte, se amplifica y todos somos cómplices al retuitear y al compartir enojos varios. Donde las redes no solo reflejan la ira: la organizan y el imbecilismo es hipnotizado. Donde unos pocos, decididos y coordinados, pueden producir un desastre. Y donde cada vez es más fácil aprender a hacerlo con inteligencia artificial a borbotones. El resultado es un cóctel inestable: tecnología disponible, emociones desbordadas y justificaciones listas para usar.
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El problema ya no es solo quién aprieta el gatillo. Es quién fabrica el clima en el que apretar el gatillo parece, para algunos, un acto de justicia. Me hace acordar los revolucionarios juveniles de los setenta en esta región del planeta donde matar, secuestrar y robar eran causas de “justicia popular” al influjo de Fidel Castro y su planetario embuste. Luego, los arrepentimientos son siempre tardíos y no le sirven a las víctimas jamás.
El desafío que entra en escena -en el presente- es viejo y, sin embargo, ahora es urgente: cómo sostener la libertad dentro de la democracia sin sacrificar la seguridad. Ese trípode -libertad, democracia, seguridad- está bajo presión. La negación es cómoda. Las consignas, tranquilizadoras. Pero la realidad no cede ante eslóganes. (Ahora que está de moda Peter Thiel convendría leer bien sus planteos porque algo de lo que considera ya lo estamos viviendo, guste o no).
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Una parte grande de la derecha continental está dispuesta a recortar libertades en nombre del orden. Una parte grande de la izquierda continental reprocha el desborde y acusa para salir del brete. Y en el medio, la sensatez se esconde, como si fuera culpable.
No lo es. Pero está perdiendo por paliza.
Estamos en problemas, Houston. Y esta vez no es una metáfora ingeniosa: es un diagnóstico.
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