Cuba no se decide en Díaz-Canel: el poder real es el modelo y su aparato de poder

El adversario real no es un hombre. Es un modelo: el socialismo de partido único, defendido y administrado por una élite que aprendió a sobrevivir a todo

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Miguel Díaz-Canel (REUTERS/Norlys Pérez)
Miguel Díaz-Canel (REUTERS/Norlys Pérez)

La conversación pública sobre Cuba tiene una debilidad recurrente: necesita un rostro para explicar un sistema. En tiempos de crisis, apagones, escasez, inflación, éxodo masivo, ese reflejo se intensifica y termina concentrando la indignación en Miguel Díaz-Canel, como si su salida fuese sinónimo de cambio. Es comprensible: los símbolos simplifican. Pero en Cuba esa simplificación funciona, con demasiada frecuencia, como una distracción conveniente.

Porque el adversario real no es un hombre. Es un modelo: el socialismo de partido único, defendido y administrado por una élite que aprendió a sobrevivir a todo, incluso a sus propios fracasos. En Cuba, el poder no se define en la Plaza de la revolución, ni en la televisión, sino en la cúspide del Partido, en el aparato de seguridad y en un entramado militar-empresarial que controla la economía real. Si Díaz-Canel desapareciera mañana, el régimen no se quedaría sin sistema: se quedaría sin su vocero actual.

La clave está en el diseño. El régimen cubano no se concibió para que el destino del país dependiera de una figura civil expuesta al desgaste. Se concibió para que la figura visible sea intercambiable, mientras lo esencial permanezca intacto: monopolio político, control social, represión selectiva y administración vertical de recursos. Por eso, cuando la opinión pública reduce Cuba a la pregunta «¿cuándo cae Díaz-Canel?», el castrismo respira aliviado: la conversación gira en torno a nombres, no a mecanismos.

El gran mecanismo tiene apellido. Raúl Castro no es un residuo histórico ni un anciano retirado al que se respeta por protocolo. Es el arquitecto de la continuidad y el garante de la línea dura. La transición hacia Díaz-Canel no fue una cesión de poder: fue una transferencia de visibilidad. De hecho, el propio Díaz-Canel ha reconocido públicamente que consultaría a Raúl en «decisiones estratégicas». En un sistema como el cubano, lo estratégico no es una nota al pie; es la totalidad del mando.

Raúl Castro (REUTERS/Norlys Pérez)
Raúl Castro (REUTERS/Norlys Pérez)

Raúl, además, aparece cuando hace falta recordarlo. Su presencia pública en momentos específicos cumple una función que el régimen entiende perfectamente: reafirmar jerarquía, disciplinar filas, marcar límites. No es nostalgia; es control.

El castrismo nunca ha sido un gobierno civil con apoyo militar. Ha sido, en su esencia, un poder de matriz militar, con estética de partido. Por eso la cúpula alterna del traje al uniforme con una naturalidad reveladora: porque su identidad real no es institucional, es corporativa. La revolución se les volvió ejército; el ejército se les volvió Estado; y el Estado, empresa.

En ese perímetro de seguridad aparece otro elemento que muchos analistas mencionan de pasada: Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y figura asociada al aparato de inteligencia. En democracias funcionales, que el hijo de un líder tenga influencia sería escándalo. En una dictadura de seguridad, es casi un método: la continuidad se blinda por dentro, lejos del foco público, en el lugar donde se decide qué se vigila, qué se neutraliza, qué se tolera y qué se aplasta.

Pero el miedo, por sí solo, no sostiene un régimen durante siete décadas. Hace falta caja. Y ahí entra el corazón económico del poder: el complejo militar-empresarial que controla la divisa. Cuba no opera como una economía normal; opera como un sistema de racionamiento estratégico donde el acceso al dólar y a los sectores rentables no se asigna por eficiencia, sino por supervivencia política.

Por eso GAESA no es un acrónimo técnico: es una clave para entender quién manda. Quien controla el turismo duro, las importaciones, las remesas, la infraestructura y los circuitos de moneda fuerte controla el oxígeno del país. Y el oxígeno, en Cuba, se administra. Se reparte. Se niega. Se usa para premiar obediencia y castigar disidencia.

En paralelo, el régimen conserva una maquinaria propagandística extraordinaria, quizá una de las más eficaces en el último siglo. Ha hecho una labor excepcional en convertir reveses en victorias, ruinas en «resistencia», escasez en «heroísmo» y represión en «soberanía». Y, sobre todo, domina un arte crucial: desplazar la atención del modelo hacia el enemigo externo, usando un vocabulario cuidadosamente construido para instalar culpa ajena y limpiar responsabilidad propia. Ese relato no es un adorno: es un escudo.

La profesora de inglés Ana
La profesora de inglés Ana Ibis, de 53 años, prepara su cena mientras Miguel Díaz-Canel aparece en un programa de noticias de la televisión local en La Habana, Cuba (REUTERS/Alexandre Meneghini)

Hoy, sin embargo, el castrismo enfrenta un enemigo que no se derrota con consignas: la pérdida de su benefactor. Durante décadas, la Unión Soviética sostuvo a la isla con subsidios que maquillaban la improductividad del modelo y mantenían a flote una economía que, sin respiración externa, mostraba su fragilidad.

Tras ese colapso, Caracas ocupó el lugar del patrocinador: petróleo en condiciones preferenciales a cambio de servicios, asesoría y apoyo político, un trueque que funcionó como respirador durante años. Pero por primera vez en mucho tiempo el régimen se encuentra en una situación desastrosa y sin una fuente comparable que financie su existencia. México, aunque sea aliado ideológico y haya ofrecido gestos, no puede ni remotamente sustituir lo que Cuba recibía de Venezuela: ni por volumen, ni por estructura, ni por sosténibilidad.

En ese contexto, Cuba está en ruinas y el deterioro ya no es solo material, es humano. Décadas de control, dependencia inducida y castigo al mérito han producido un daño profundo: pérdida de capital humano, ruptura de confianza cívica, resignación, éxodo.

Ese es el «daño antropológico» de un experimento que prometía fabricar un hombre nuevo y terminó dejando una sociedad exhausta, obligada a sobrevivir o huir. El régimen conserva capacidad para intimidar, sobre todo a su propio pueblo, pero cada vez tiene menos músculo para producir, persuadir y gobernar.

Aun así, hay una ventaja que el castrismo domina: la paciencia táctica. Dilatar, aguantar, estirar crisis, esperar cambios externos, especialmente en Washington, reciclar interlocuciones, buscar nuevas fuentes de financiamiento y volver a encender la máquina.

Para ellos, el reloj no es enemigo: es herramienta. Mientras afuera se debate el nombre del portavoz, adentro la cúpula gana tiempo, reorganiza lealtades, recalibra propaganda y reescribe el desastre como épica.

Por eso es urgente ajustar el foco. Criticar a Díaz-Canel es legítimo; convertirlo en el centro del tablero es un error. El verdadero adversario es el modelo socialista-militar que lo sostiene y los hombres que lo encarnan: Raúl Castro como titiritero principal, su entorno de seguridad, incluido su hijo, y la cúpula del Partido fusionada con el estamento militar-empresarial que controla la economía real. Lo demás son rostros y escenografía. El castrismo, en escenografía, siempre ha sido campeón.