
El 3 de febrero de 2026 será recordado no por los insultos previos ni por las acusaciones cruzadas, sino por algo que muchos creían improbable. Donald Trump y Gustavo Petro dándose la mano en la Oficina Oval después de casi dos horas de conversación. Lo notable no es la foto en sí, sino el camino recorrido para llegar a ella. Ese camino dice mucho sobre una faceta de Trump que sus críticos suelen pasar por alto, a saber, su capacidad para pivotear del conflicto a la negociación cuando identifica un interés concreto.
Hace solo meses, el presidente estadounidense llamó a Petro “un hombre enfermo” y sugirió públicamente que el mandatario colombiano podría ser el siguiente en su lista después de Maduro. La administración Trump llegó a revocar la visa de Petro, lo acusó de vínculos con el narcotráfico y lo colocó en el mismo nivel de descrédito que al líder venezolano. Las tensiones escalaron al punto de que Trump insinuó la posibilidad de intervención militar en Colombia. El escenario era, por decir lo menos, explosivo.
Sin embargo, en lugar de profundizar el conflicto, Trump optó por la mesa de negociación. La reunión del martes pasado no fue un gesto de cortesía diplomática rutinaria, sino el resultado de un cálculo político donde Trump identificó que mantenerse en conflicto permanente con Colombia no servía a los intereses estadounidenses. Aquí es donde se revela una de sus mayores habilidades, es decir, la capacidad de dejar el orgullo a un lado cuando hay algo concreto que ganar.
No se trata de minimizar las diferencias ideológicas entre ambos líderes. Petro, ex guerrillero del M-19 y presidente de izquierda, representa todo lo que Trump históricamente ha combatido en el hemisferio. Sus visiones sobre narcotráfico, política energética y el papel de Estados Unidos en América Latina son diametralmente opuestas. El propio Petro lo reconoció en su rueda de prensa cuando afirmó que “Él no cambió de manera de pensar en muchos temas, yo tampoco”.
Precisamente ahí radica el mérito del encuentro. Trump no buscó un converso ideológico ni un aliado incondicional, sino resultados prácticos. Durante la reunión se discutieron temas neurálgicos como la cooperación en seguridad, datos sobre cultivos ilícitos, decomisos de drogas y la crisis venezolana. Petro entregó a Trump una lista de grandes capos del narcotráfico que operan fuera de Colombia. Ambos acordaron verificar conjuntamente las cifras sobre lucha antidrogas, reconociendo que hay discrepancias en los datos que manejan sus respectivos gobiernos.
Este enfoque transaccional, tan característico de Trump, tiene sus críticos. Muchos lo acusan de carecer de principios ideológicos firmes, de ser demasiado errático o de priorizar las apariencias sobre la sustancia. Sin embargo, lo cierto es que logró algo que parecía imposible. Después de acusar públicamente a Petro de casi todo lo imaginable, consiguió sentarlo en la Oficina Oval para una conversación productiva que duró más de lo previsto. Además, lo hizo sin que ninguno de los dos sacrificara su posición pública ante sus respectivas bases.
La habilidad no está en evitar el conflicto, dado que Trump claramente no lo evita, sino en saber cuándo transformarlo en algo útil. Su estilo de negociación, que combina presión máxima con apertura súbita al diálogo, puede parecer caótico desde fuera, aunque tiene una lógica interna que busca crear suficiente incomodidad para que la contraparte valore la alternativa de negociar.
Con Petro, esa estrategia funcionó. Trump le ofreció una salida digna mediante un encuentro entre iguales, sin humillaciones públicas, donde ambos pudieron presentar sus posiciones y buscar terreno común en temas específicos.
El resultado no es una luna de miel diplomática ni un cambio radical en las posturas de fondo. Trump mismo reconoció que no son “exactamente los mejores amigos”, pero que hablaron “por un largo rato y muy bien”. Esa honestidad pragmática es, paradójicamente, refrescante en un mundo diplomático a menudo atrapado en formalidades vacías y comunicados conjuntos que dicen mucho sin decir nada.
La foto firmada que Trump le entregó a Petro con la dedicatoria “Gustavo, un gran honor. Amo a Colombia” puede parecer un gesto trivial, pero simboliza algo más profundo. Refleja la disposición de Trump a dejar atrás el conflicto personal cuando hay un objetivo nacional que perseguir. No es que Trump haya cambiado de opinión sobre Petro, sino que decidió que mantener una relación funcional con Colombia vale más que sostener una pelea ideológica.
Esta capacidad de desescalamiento pragmático contrasta con la imagen de Trump como un líder puramente confrontacional. Ciertamente amenazó, insultó e impuso sanciones. Pero cuando llegó el momento de buscar resultados concretos en temas que importan a su base electoral, como el control del narcotráfico, tuvo la flexibilidad de abrir la puerta al diálogo sin que eso se percibiera como debilidad.
Los críticos de Trump señalarán, con razón, que este estilo tiene costos, puesto que genera incertidumbre en los aliados, puede dañar la confianza a largo plazo y a veces roza peligrosamente la irresponsabilidad. Pero también hay que reconocer que logró algo que administraciones anteriores, con toda su experiencia diplomática tradicional, muchas veces no consiguen. En concreto, hacer que un adversario ideológico se siente a negociar en términos relativamente equitativos.
La reunión Trump-Petro no resuelve las diferencias de fondo entre Estados Unidos y Colombia, ni marca el inicio de una alianza estratégica profunda. Pero demuestra que Trump posee una habilidad política que sus detractores tienden a subestimar, específicamente la capacidad de identificar cuándo el conflicto ha cumplido su propósito como herramienta de presión y es momento de cambiarlo por conversación.
En un hemisferio donde las relaciones Estados Unidos-América Latina han oscilado históricamente entre la imposición y la retórica vacía, esta aproximación, por más imperfecta que sea, introduce un elemento de pragmatismo descarnado que, paradójicamente, puede ser más honesto que décadas de diplomacia convencional.
Lo ocurrido en la Casa Blanca este 3 de febrero no fue simplemente un encuentro más entre mandatarios. Fue una lección sobre el ejercicio del poder en el siglo XXI, donde la rigidez ideológica cede espacio a la flexibilidad estratégica. Trump demostró que es posible mantener posiciones firmes sin quedar atrapado en ellas, que la confrontación puede ser un instrumento pero no un fin en sí mismo, y que la verdadera habilidad de liderazgo radica en saber leer el momento preciso para cambiar de táctica.
Esta reunión también envía un mensaje más amplio a la región latinoamericana. En un momento donde muchos gobiernos buscan redefinir su relación con Washington, el caso colombiano muestra que incluso los líderes más antagónicos pueden encontrar espacios de entendimiento si ambas partes priorizan intereses nacionales sobre egos personales. Trump no necesitó que Petro se retractara de sus críticas previas, ni Petro tuvo que renunciar a su discurso soberanista. Ambos simplemente reconocieron que sus países ganan más cooperando que confrontándose indefinidamente.
Asimismo, el encuentro desafía las narrativas simplistas sobre Trump. No se trata de pintarlo como un estadista visionario ni como un mero provocador sin rumbo. Más bien, lo que emerge es el retrato de un político que entiende el poder como algo fluido, que se construye tanto en la amenaza como en la oferta, tanto en la confrontación como en la negociación. Esta ambivalencia puede incomodar a quienes prefieren certezas absolutas, pero es precisamente esa imprevisibilidad la que le permite maniobrar donde otros se estancarían.
Para América Latina, acostumbrada a décadas de predecibilidad en la política exterior estadounidense, este estilo exige una adaptación. Los gobiernos de la región ya no pueden confiar en protocolos diplomáticos tradicionales ni en la expectativa de coherencia ideológica. En cambio, deben aprender a navegar un entorno donde las reglas cambian rápidamente y donde la capacidad de negociar bajo presión se convierte en una habilidad esencial.
Lo que quedó de la reunión no fue solo un apretón de manos entre dos líderes antagónicos, sino una demostración de que Trump entiende algo fundamental sobre el poder. La verdadera fortaleza no está en la rigidez, sino en saber cuándo pivotear del conflicto al diálogo sin perder la posición de negociación. Esa habilidad, reconozcámoslo o no, es la que define a los líderes efectivos en un mundo cada vez más complejo e interconectado.
El tiempo dirá si este acercamiento genera frutos duraderos o si fue apenas un paréntesis en un conflicto más largo. Pero esa reunión quedará como prueba de que incluso en las relaciones más turbulentas, el pragmatismo bien aplicado puede abrir caminos donde parecía no haberlos.
*El autor es empresario y comentarista político ecuatoriano. Fue Presidente de BanEcuador.
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