Uruguay en su laberinto

La posición del gobierno uruguayo en el escenario internacional evidencia tensiones entre su histórica cercanía con Estados Unidos y un reciente acercamiento a Brasil y China, generando interrogantes sobre el rumbo estratégico del país

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El presidente de Uruguay, Yamandú
El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. REUTERS/César Olmedo

Uruguay empieza a enfrentar en solitario su política exterior. Mientras que su hermano mayor, Paraguay se mueve con celeridad en la amistad con los Estados Unidos, ni que hablar de la apuesta frontal que ha hecho Argentina (ambos con rendimientos notorios en base a ese posicionamiento), los orientales optaron por pendular hacia la amistad con Brasil dentro del bloque Mercosur. Lo ideológico pesó.

Uruguay, además, ha estado en la cabeza del Grupo de los 77 y ahora, en poco tiempo, se ubicará en la presidencia de CELAC, espacio donde la regla es hablarle siempre a Estados Unidos en clave de reproche.

CELAC es un ámbito internacional de 33 países del continente que no integra la administración norteamericana, justamente para poder regañarlos con el dedo acusador.

Esa ha sido la tónica de México y Colombia en lo discursivo (en la intimidad de esos vínculos: México dicta cátedra de sutileza). Inclusive se recibieron siempre con beneplácito los videos de Nicolás Maduro remitiendo sus discursos chavistas hasta casi en su final. No tuvo mejor idea Uruguay -en estos tiempos- que buscar la presidencia de este organismo.

En la OEA no se ha sido rotundamente frontal con la dictadura venezolana. O con la redemocratización o en el otro club. Estados Unidos está atento a esto y Christopher Landau (que participó de la última Asamblea de la OEA) no es un diplomático de los que leen instrucciones encriptadas. Es mano derecha de Marco Rubio en estos asuntos. Y Uruguay en ese ámbito había construido una narrativa principista.

El presidente de Argentina, Javier
El presidente de Argentina, Javier Milei, y el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. REUTERS/César Olmedo

Tampoco se entiende la postura del Uruguay en el territorio multilateral -cuando la cancillería declama que pretende ser un “actor de paz”- porque un protagonismo vigoroso en la OEA le permitiría reclamarle a Estados Unidos, en términos diplomáticos de confianza, celeridad en el armado de la transición en Venezuela con fecha concreta del nuevo acto electoral (de ser necesario esto) y con participación, quizás, del organismo en algo mucho más comprometido que un rol de mero observador. Nada de lo que viene en Venezuela es fácil y asumir responsabilidades es la única forma de ayudar en serio. O seguiremos viendo discursos pueriles que se los lleva el viento.

Ya ni vale la pena recordar las declaraciones del Uruguay en relación con Venezuela junto a otros países de la región apenas cayó Nicolás Maduro. Gusto a poco. O los encuentros del Uruguay con Pedro Sánchez con aroma a sintonía ideológica en una escenificación mucho más partidaria que institucional. En realidad, se advierten pocas señales de mínima química hacia la patria de George Washington.

A poco que se rasque el gobierno uruguayo aparece esa alergia demodé. Repitamos todos juntos: los países tienen intereses, no amigos. Repitamos ahora: si tengo que hacer amigos que le sirven a mi país, los hago por mi país. Es la versión remasterizada de lo primero. ¿Se puede ser amigo de potencias autocráticas extrarregionales y no se puede hacer el esfuerzo en lo continental con la nación de 250 años de democracia ininterrumpida?

Uruguay quedó embretado en una lista de países que no tienen derecho a obtener estatus migratorio laboral para ingresar Estados Unidos. Toda una señal. No afecta a la visa turista este menester, pero no acelera el sistema de dicha visa, lo que se venía trabajando con ahínco desde la administración anterior.

La visa a la chilena Waiver Program es rápida, pero lo principal de ella es que demuestra una vinculación fuerte y limpia entre ambas naciones. Confianza y amistad migratoria. Se quería eso. En realidad, es más que eso, es una visa que demuestra los buenos términos en que se está con Estados Unidos. Ojalá que esto se siga adelante. Tener preocupación por esto -como tenemos muchos- es lo lógico. Esto debería empujarse activamente por lo que representa, no por lo que es en términos reales. Estar en una lista con Cuba y Somalia parece insensato, pero es toda una señal. No estoy seguro de que se entienda la relevancia de este asunto. Y, por cierto, el tema desborda al rol de los embajadores, lo ubica dentro del Departamento de Estado y la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos.

El gobierno uruguayo parece no tener vocación por aumentar su intensidad en las relaciones con Estados Unidos o si tiene semejante interés lo disimula muchísimo. Quizás algún protagonista del gobierno entienda la verdadera importancia de este problema para inversiones norteamericanas a futuro. El costo de oportunidad en términos económicos es tan grave como la oportunidad que se pierde. La mayoría quieren jugar el juego de Brasil, sin saber que Lula construye retórica, pero está ansioso por salir del brete en el que estuvo por razones económicas con el norte. No se puede estar en la misa y en la procesión. Y digámoslo todo, Brasil va a encontrar la forma de salir del desafío norteamericano y Uruguay corre el riesgo de quedar con la rueda empantanada sin auxilio de nadie.

Uruguay no es Brasil que puede darse el lujo de ser autárquico y endogámico. Es, además, la primera vez que hay un canciller latino en Estados Unidos, lo que es una oportunidad única. Sumemos el hecho de que el embajador uruguayo de Estados Unidos es amigo íntimo del presidente Donald Trump. Y -por si fuera poco- Christopher Landau vivió en la región y habla el español perfecto. Desaprovechar todo sería imperdonable, pero enfrentarlo, mucho peor.

Esta es la clave: Uruguay tiene que estar bien con los centros decisores planetarios, pero lo obvio es no estar lejos del que incide geopolíticamente de manera directa e indirecta en el continente. Esto lo entendía a las mil maravillas el Dr. Jorge Batlle que salvó al país de un default por su amistad con George Bush. Lo entendió estupendamente Tabaré Vázquez que (si no hubiese tenido un canciller dogmático) firmaba corriendo un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y hasta narró que hubiera pedido “apoyo” de otro tipo si el conflicto por las papeleras con Argentina escalaba en su época. Y lo entendió perfecto también José Mujica que en el salón oval intercambió reciprocidades con Barack Obama que terminaron con sirios de Guantánamo en Uruguay. Ninguno de los mandatarios uruguayos mascó vidrio, es más lo reciclaron sin anteojeras ideológicas entendiendo el dos más dos. Ni que hablar del presidente Luis Lacalle Pou que desde el primer día creyó en el acuerdo Transpacífico cuando otros ignoraban semejante empuje.

Para peor el destino juega malas pasadas porque el viaje del presidente Yamandú Orsi a China es en pocos días. Todos los actores políticos del Uruguay quieren más vinculación con el gigante de Asia, es el principal comprador de los productos uruguayos de exportación, pero una misión allí, ahora, en un mundo tenso, convengamos que no es lo ideal en términos de coyuntura internacional.

¿Alguien del servicio exterior (o del primer nivel de gobierno del Uruguay) le ha dicho, por debajo de la mesa, al gobierno norteamericano que la Banda Oriental, si no tiene más mercado en EEUU o mecanismos de estímulo, no tiene otra opción por delante, y por eso se va a China porque estamos urgidos de vender lo nuestro? ¿Se han tomado con seriedad y a primer nivel hacer lobby -como lo hacen nuestros dos hermanos del Mercosur en el norte- para concretar asuntos prácticos que le sirvan al país? ¿Qué no se entiende que el modelo tradicional de negocios hoy se llama buenas vinculaciones a primer nivel y no tratados que ya nadie suscribe? ¿Y cuándo será el viaje que hará el presidente Yamandú Orsi a Estados Unidos para reunirse con el presidente Donald Trump? Todas obviedades de un mundo que conviene prevenir antes que remediar.